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    El descubrimiento del Sol eléctrico.

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    El descubrimiento del Sol eléctrico.

    Mensaje por FranciscoBU el Dom Feb 05, 2012 1:25 pm

    El descubrimiento del Sol eléctrico.




    El descubrimiento del Sol eléctrico.

    En el siglo XX, los pioneros de la cosmología del plasma empezaron a identificar el papel fundamental de las corrientes eléctricas en el espacio interestelar e intergaláctico. La hipótesis del "universo eléctrico" se extiende a la cosmología del plasma en unos dominios que eran, en el mejor de los casos, sólo parcialmente tocadas por sus pioneros.

    En este documento se presenta un breve resumen del "sol eléctrico", el tema central del universo eléctrico. Además, ofreceremos algunos enlaces a los últimos aportes interdisciplinarios que apuntan hacia una nueva comprensión de la electricidad en el espacio.

    1. El Sol y el Cosmos

    La comprensión teórica del Sol y su dominio, siempre ha reflejado varias ideas acerca de los eventos a gran escala, como la formación de galaxias y las nebulosas planetarias. Por el contrario, a medida que aprendemos más sobre el Sol, este conocimiento tiene el potencial de desafiar las ideas establecidas sobre el universo como un todo. Durante más de un siglo, la opinión comúnmente aceptada entre los astrónomos y cosmólogos era categórica: la gravedad es el rey, regula los cielos, y es el motor primario que hay detrás de la evolución de las galaxias y las estrellas.

    Conforme se fue afianzando este dogma central, se fue haciendo más complicado con el advenimiento de la teoría de la relatividad, y más complicado aún, por el continuo flujo de sorpresas sobre la edad del espacio, aún así, la gravedad se mantuvo suprema. Es la más débil de las fuerzas fundamentales conocidas por la ciencia, pero el anterior "consenso" teorético continuó tratando a la gravedad como la única fuerza fundamental capaz de actuar a través de las distancias cosmológicas. Por el contrario, la hipótesis revisada aquí, propone que la fuerza eléctrica desempeña un papel más importante en el cosmos que nunca ha sido reconocido por la teoría estándar astronómica del siglo XX. Ahora sabemos que el espacio no está vacío, que está lleno de partículas cargadas, un mar de plasma conductivo, aunque extremadamente enrarecido.

    El cúmulo de evidencias sugiere que las corrientes de electricidad fluyen por todo el espacio intergaláctico, interestelar e interplanetario, contribuyendo directamente —y a menudo, de forma decisiva—, en la evolución de la estructura cósmica. Tal como los teóricos vienen a reconocer este papel en la actualidad, la imagen del espacio ha cambiado para siempre. La perspectiva emergente eléctrica ve una conexión integral de las estrellas y las galaxias con su medio ambiente externo. Conforme la observación comenzó a revelar unas energías inesperadamente altas y fuertemente concentradas en el espacio, la anterior teoría necesitaba que su motor viniese desde el interior de las estructuras observadas, iniciadas directa o indirectamente por la gravedad. Este requisito, a su vez, sólo podía disuadir a los cosmólogos de hacer la pregunta más fundamental: ¿Es posible que las corrientes eléctricas externas, impulsadas por la carga almacenada en el espacio profundo, pudiese conducir a gran parte de la evolución estructural observada?

    Dada nuestra proximidad al Sol y la inmanente oportunidad de tomar mediciones eléctricas cercanas de la actividad dinámica del Sol, tal vez ningún tema ofrezca una ventana más completa para las funciones del plasma y de las corrientes eléctricas asociadas en el espacio. ¿Qué resultados dará esta manera de pensar acerca de la más remota expansión cósmica?

    2. El universo de plasma

    El siglo XX nos trajo numerosos avances en el conocimiento de las partículas cargadas del "vacío" en el espacio. Los nuevos telescopios y sondas han extendido las fronteras del conocimiento humano, el espacio ha cobrado vida con la actividad electromagnética.





    Los técnicos e ingenieros de la era espacial, entregados a las ciencias teóricas, buscan las pruebas necesarias para confirmar la existencia de esas corrientes eléctricas y campos magnéticos que produzcan tales corrientes a través de los más lejanos confines del espacio.

    La nueva imagen elimina los supuestos previos a la era espacial de los libros de texto de la cosmología. Ahora, el flujo constante de sorpresas nos recuerda a la de los primeros visionarios, desde Kristian Birkeland, Nikola Tesla e Irving Langmuir hasta el fundador de la cosmología de plasma, Hannes Alfvén, todos ellos anticiparon el papel de la electricidad en los acontecimientos cósmicos. La mayoría de astrónomos y cosmólogos, trabajando con unas hipótesis formuladas mucho antes de la era espacial, aprendieron a ignorar la electricidad.

    El supuesto "vacío" del espacio no permitiría las corrientes eléctricas. Pero entonces, cuando se descubrió que todo el espacio es un mar de plasma conductor, los teóricos cambiaron su postura, afirmando que cualquier separación de carga sería inmediatamente neutralizada. Este punto fue declarado sin rodeos por el eminente físico solar Eugene Parker, «[...] No hay ningún campo eléctrico significativo que puede surgir en el marco de referencia del movimiento de plasma». Sin embargo, Alfvén y sus colegas, reconocieron que la intrincada estructura cósmica y los eventos de alta energía del espacio son testigos de las corrientes eléctricas que se enhebran en ese mar de plasma interestelar e intergaláctico. Por ejemplo, ahora detectamos el "zumbido" de esas líneas de energía cósmica a través de sus señales de radio. Cuando fluyen las corrientes de plasma en el espacio, los campos magnéticos producidos tienden a confinar el flujo en constreñidos y retorcidos filamentos, conocidos como z-pinch de plasma. Eso es lo que ahora observamos llenando el "vacío" del espacio, tal como Alfvén prodijo en su momento. Cuanto más intenso se focaliza este flujo de corriente más a menudo generará descargas eléctricas explosivas, y la consecuente radiación electromagnética puede incluir, en la más alta energía, la radiación sincrotrón, con la abundancia observada en el espacio. Tales intensos campos eléctricos siguen siendo la única explicación plausible; sin embargo, cuando Alfvén predijo la radiación de sincrotrón galáctico, los astrónomos no respondieron. Los campos eléctricos del espacio aún no habían entroducido su léxico.

    3. ¿Cómo se forman las galaxias en la cosmología del plasma?

    El largo trabajo experimental de Alfvén sentó las bases para un nuevo enfoque de la formación de galaxias. Las galaxias están a menudo eclipsadas por la magnitud de la radiación electromagnética de sus alrededores, y la fuente de estas energías deben ser tenida en cuenta. En el universo de plasma, las corrientes eléctricas interseccionan en puntos críticos que controla un vórtice eléctrico, dando origen a las galaxias espirales. Este comportamiento previsto de la electricidad en el espacio, está basado en observaciones de laboratorio de las corrientes eléctricas y la descarga eléctrica en el plasma, junto con simulaciones en supercomputadoras para ver la forma en que las partículas cargadas interactúan bajo la influencia de las corrientes eléctricas. Este modelo fue elaborado durante mucho tiempo por uno de los estudiantes y colaboradores de Alfvén, el principal investigador del plasma fue Anthony Peratt, en 1986, un experto en las inestabilidades del plasma de alta energía y autor del libro "El Universo de plasma", Peratt utilizó un superordenador para simular el comportamiento de una nube de carga (la simulación de una partícula en una celda), que ilustra la manera en que las corrientes eléctricas generan en el plasma esa forma tan familiar de las galaxias espirales y de otras estructuras galácticas.

    Basado en un diligente trabajo de laboratorio durante décadas, Alfvén desarrolló un modelo de circuitos galácticos en el que los flujos de corrientes eléctricas se interiorizaban a lo largo de los brazos de las galaxias, generando un campo magnético circunvalante. Al llegar al centro de la galaxia, la carga eléctrica que impulsa estas corrientes se almacena en un plasmoide electromagnético compacto —como una figura de toro en rotación o una estructura con forma de donut—, que episódicamente libera su energía almacenada en chorros a lo largo del eje de rotación de la galaxia. Alfvén concluyó que era así como nacía el "núcleo galáctico activo" (AGN= active galactic nucleus).

    Desde esta perspectiva, el comportamiento eléctrico del plasmoide galáctica, aunque oculto a menudo por el polvo, es la confirmación del inmenso potencial eléctrico. Por otra parte, en esta ruptura radical con la teoría anterior, las galaxias recién nacidas podría de hecho estar iluminadas con luces eléctricas, las estrellas alineadas a lo largo de los filamentos galácticos son como testigos de las líneas de energía interestelar o de los flujos de corriente.





    4. ¿Por qué brilla el Sol?

    ¿Podría el universo de plasma abrir una puerta a una visión más exacta del Sol? A mediados del siglo XX, los astrónomos se habían asentado por completo en una idea: un horno nuclear en el núcleo del Sol. Antes de la aparición del modelo de fusión, la teoría de "consenso" había sobrevivido durante cien años. A principios del siglo XIX, Sir William Herschel, argumentó que el calor y la luz del Sol se debían al colapso gravitacional de una nube primordial nebular. Los libros de texto describen la teoría como un gran logro. "Como concepción científica es quizás la más grande que jamás haya concebido la mente humana", escribió Edward Holden en 1881.

    Unas décadas más tarde, la teoría pierde su credibilidad cuando unos astrónomos se dieron cuenta que no podía explicar durante mil millones de años la emergencia de los escenarios de evolución de la Tierra. En 1920, el matemático Arthur Eddington, anunció la creación de un nuevo modelo, basado en la hipótesis de la energía nuclear en el núcleo del sol. Posteriormente, en 1938, el astrofísico Hans Bethe, ofreció una formulación matemática rigurosa del proceso de fusión previsto, por la que ganó el Premio Nobel 29 años después. Y un nuevo consenso surgió, la convicción de que solamente un reactor de fusión en el mismo núcleo del Sol podría explicar las emisiones tan poderosas de calor y luz del Sol.

    Hoy día, todos los estudiantes de ciencias leen acerca de esta hipótesis como un hecho. Hans Bethe "descubrió la energía de fusión nuclear del Sol y otras estrellas". Pero ahora, es posible una visión nueva y radical. ¿Podría la luz del Sol, y su todo su rango de actividad electromagnética ser en parte, o en su totalidad, causadas por el flujo de las corrientes eléctricas dentro y a través de la heliosfera? La hipótesis del "sol eléctrico" cuestiona la suposición de un horno nuclear solar, y sus raíces llegan tan profundo dentro de la historia intelectual como las del modelo nuclear; sin embargo, usted no verá que lo mencionen en ningún texto de astronomía estándar.

    5. El Sol eléctrico: Una breve historia

    Para tener una perspectiva histórica, es importante ver el sol eléctrico como una extensión lógica del "universo de plasma", formulado por Alfvén y sus alumnos y colegas, como Anthony Peratt. El trabajo de otros también se introducen en el presente concepto. En 1941 el Dr. Charles E. R. Bruce, de la Electrical Research Association, en Inglaterra, empezó a desarrollar una nueva perspectiva sobre el sol. El punto de vista de Bruce comenzó cuando centró su atención en una prominencia solar que viajaba a 1,6 mil millones km/h., aproximadamente a la velocidad de propagación de un rayo de tormenta. Esta observación fue la que abrió el camino de la obra de su vida, que le llevó a la conclusión de que la aparición de las erupciones solares, su temperatura y su espectro, encajaban de maner perfecta con un rayo.

    La superficie visible, o fotosfera del Sol, parece estar animada por descargas eléctricas. En la década de 1960, el trabajo de Bruce inspiró a un ingeniero estadounidense, Ralph Juergens, a llevar a cabo una investigación independiente del Sol. Durante la siguiente década, Juergens publicó una serie de artículos donde afirmaba que el modelo termonuclear "se contradice con casi todos los aspectos observables del Sol". Su respuesta a estas contradicciones fue la de sugerir que el Sol es el centro de una "descarga radiante" de energía galáctica. Con esto, Juergens fue efectivamente el primero en argumentar que el Sol está realmente impulsado por electricidad en lugar de por fusión nuclear.

    El trabajo de Juergens "tuvo un profundo efecto entre quienes lo consideraban más cercano. Uno de ellos fue el fallecido Earl Milton, profesor de física en la Universidad de Lethbridge, en Canadá, que dedicó varios años a la exploración de un modelo eléctrico del Sol. Por aquella misma época, el físico australiano Wallace Thornhill, también encontró la inspiración en la hipótesis de Juergens", acuñando la frase de "Universo Eléctrico" en la mitad de los noventa. Thornhill ha dedicado gran parte de su vida a investigar este nuevo paradigma y la tesis central de un Sol eléctrico.

    La obra de Thornhill y sus colegas, llevaron a una amplia síntesis interdisciplinaria que atrajo a investigadores de todo el mundo. Uno de tales investigadores fue un profesor jubilado de ingeniería eléctrica, Donald Scott, autor del libro recientemente publicado, "El cielo eléctrico". La parte central del libro trata la hipótesis de Sol eléctrico.

    6. Descarga radiante (el tubo de Geissler)




    ¿Es posible que los misterios sin resolver de la formación de las estrellas encuentre una explicación unificada más cerca nosotros, en la hipótesis de un sol eléctrico? Este concepto extiendería el universo de plasma a las características observadas de las estrellas individuales. Desde esta perspectiva, las corrientes eléctricas que fluyen a lo largo de los brazos galácticos son penetradas dentro de los centros de actividad de la formación estelar (el efecto Z-pinch). Las estrellas, entonces, pueden tener una conexión eléctrica con las energías almacenadas en los océanos de plasma, a través de los cuales, se mueven las galaxias y los cúmulos de galaxias.

    La hipótesis eléctrica prevé que el Sol está inmerso en un medio de extrema baja densidad de plasma. Su descarga incandescente es similar a la de un tubo de Geissler. Solamente muy cerca del Sol la concentración de átomos sería suficiente para excitarlos a emitir luz visible. Vemos la luz de la fotosfera y de la corona, pero la "atmósfera" del Sol se extiende hacia fuera como en medio de plasma, y a su través se mueven los planetas, todos ellos influidos por las corrientes heliosféricas, el invisible movimiento de carga. Junto al Sol mismo, la actividad eléctrica dentro de la heliosfera y más allá proporciona un laboratorio en el espacio que nos permite evaluar la hipótesis del Sol eléctrico.


    Puesto que esta hipótesis sugiere que las corrientes eléctricas fluyen dentro de la heliosfera, la investigación ha de considerar todas las evidencias que atañen esta posibilidad, desde el comportamiento de la superficie visible del Sol y la corona hasta las auroras de la Tierra, desde los mundos de Júpiter y Saturno hasta la frontera de la heliosfera, el pretendido límite de influencia del Sol. Debe extenderse también a la vecindad galáctica, donde fluyen las corrientes a lo largo de los brazos galácticos. E incluso debe ir más allá de la Vía Láctea hasta la insondable energía, ahora evidente, del espacio intergaláctico. Prácticamente todas las consideraciones aquí discutidas, llegaron después de que el consenso de la comunidad científica abrazara el modelo de fusión del Sol. Como se ha señalado, los astrónomos lo consideraban un tema muy básico (la fuente del calor y la luz del Sol) que aún no estaba plenamente resuelto, conforme se iban lanzando satélites y sondas al espacio. Ciertamente, nadie creyó necesaria una aplicación retroactiva del modelo de fusión. Y nadie pareció parpadear cuando el único y cuantitativo argumento sobre la base nuclear del Sol falló, cuando el número de neutrinos era de un tercio a la mitad del número que requería la teoría.

    7. El papel de la evidencia empírica
    Cuando los teóricos proponen una perspectiva científica totalmente nueva, lo que están pidiendo es que se considere como un punto de partida útil. Un modelo útil que explique en detalle las relaciones propuestas entre causas y efectos. Las causas están teorizadas y los efectos mencionados. El nuevo modelo puede ser generalizado para comprobar qué tal se correlacionan sus supuestos fundamentales con las observaciones más detalladas y una gama aún más amplia de medidas que afectan a la cuestión. Con la creciente especialización de las ciencias, los más crasos errores implican normalmente un fallo a la hora de generalizar el argumento original, pese a su poder predictivo dentro de un campo suficientemente amplio de vista. Realizado correctamente, esta fase esencial mostraría un manifiesto de deficiencias o fallos rotundos de una teoría, si es que existen. Aquí es donde vemos las contradicciones, las cosas que no encajan en los supuestos de fondo. "Si se prueba su equivocación, es incorrecto", esto es lo ideal cuando se declara una teoría. De hecho, la mayoría de modelos útiles serían fácilmente falsables, y la cuestión de la correlación entre la teoría y observación puede ser explícitamente testeada frente a un rango completo de datos críticos. No puede haber ninguna justificación racional para un cortocircuito en esta etapa fundamental.

    En el caso que nos ocupa, donde una teoría afecta a la manera en que vemos nuestro entorno celeste en su totalidad, la generalización de un argumento cualitativo es indispensable, requiere que el campo de visión sea tan amplio como las implicaciones lógicas de la teoría. Si se acogiera un punto de vista más estrecho, prácticamente garantizaría la falsabilidad de al menos algunas observaciones, que en caso de existir, serían ignoradas.

    En 1950, la hipótesis del Sol como "horno nuclear" reposaba por completo en fundamentos matemáticos. Prácticamente sin pruebas evidenciales de dicha conjetura del horno nuclear ya se daban por hecho.

    La corriente científica ignoraba el profundo papel de las corrientes eléctricas en el espacio del universo de plasma. Hoy, después de décadas de exploración solar, el acuerdo entre los hechos y la teoría que los teóricos habían esperado brilla por su ausencia. Si queremos ver que esto es así, sólo es necesario revisar el continuo de sorpresas que han ido surgiendo de la exploración del Sol, la exclamación colectiva apunta a gran brecha entre la teoría y la observación. Sin ajustes siquiera de las expectativas originales.

    El modelo original no anticipó, y nunca fue capaz de explicar la espectacular aceleración de partículas cargadas a distancia desde el Sol. Nadie imaginaba el "imposible" incremento de temperatura más arriba de la superficie solar, que culminó en 2 millones de grados Kelvin en la corona solar. En los albores de la era espacial, un toro de plasma electrificado que rodea al Sol habría parecido bastante ridí***. Los chorros energéticos en sus polos nunca habrían entrado en la imaginación de los teóricos de la energía solar.

    Las manchas solares se supone que son corrientes de convección, y no corrientes eléctricas sujetas y guiadas por los campos magnéticos. Y el dogma establecido, ejemplificado en la obra del matemático Sydney Chapman, ha excluido categóricamente la posibilidad de que las auroras de la Tierra pudieran ser originadas por las corrientes eléctricas del sol penetrando en la atmósfera superior de la Tierra.

    La historia aún no se ha pronunciado acerca de que después de más de 50 años de investigación de la era espacial, tan sólo se hayan producido anti-correlaciones con estos supuestos establecidos por la ciencia del sol.


    Referencia: ThunderBolts.info, 5 de diciembre 2011 por David Talbott Imagen 1) Conferencia El Universo Eléctrico . Imagen 2) RadioGalaxia 3C31. Crédito NRAO/AUI 2006. Imagen 3) Erupción del Sol. Crédito: SOHO (ESA & NASA). Imagen 4) Tubos Geissler. Al reducir la presión dentro del tubo, ocurren cambios en la descarga radiante. fuente/bitnavegante.blogspot.com

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    Re: El descubrimiento del Sol eléctrico.

    Mensaje por luisma el Dom Feb 05, 2012 2:45 pm


    LA TIERRA


    1. LA EPOPEYA DE LA CREACIÓN

    2. "GUERRAS PLANETARIAS" EN LAS TRADICIONES ANTIGUAS

    3. LA PLASMASFERA DE LA TIERRA

    Parte I


    Es evidente que los efectos
    eléctricos, universales, han afectado y afectan por igual a todos los
    cuerpos celestes. También, por supuesto, a la Tierra, el tercer planeta
    del Sistema solar, nuestro planeta. ¿En qué medida? No dudo que en igual
    medida que en los demás planetas. ¿Existen rastros ó pruebas de ello?
    Por supuesto, como vamos a ver en esta página. Pero no hay que olvidar
    que nuestro planeta es peculiar y diferente al resto: Su imparable
    dinamismo geológico y atmosférico erosiona y transforma la superficie,
    por lo que esperaremos encontrar efectos eléctricos en menor medida que
    en otros planetas, como Marte o la Luna.



    Los geólogos y geofísicos modernos consideran que la edad de la Tierra es de unos 4.500 millones de años.
    ¿Cómo
    se formó la Tierra? ¿Quizás mediante la compactación durante millones
    de años de una nube ingente polvo gitrando en torno al Sol? ¿Quizás por
    la expulsión de materia desde el Sol? ¿quizás a través del choque de
    otros cuerpos exteriores y/o cometas?


    ¿Existen relatos históricos tan antiguos que describan su formación?


    Existen restos arqueológicos
    documentales atribuidos a antiguas cilivilizaciones, como Acadia,
    Sumeria ó Babilonia, que decriben con asombroso detalle la creación del
    Sistema Solar. ¿De dónde obtuvieron este conocimiento? Sin duda que
    ellos, a su vez, lo heredaron de anteriores civilizaciones, o quizás de
    alguna "ayuda" exterior. Es una posibilidad.

    Sumeria comenzó en la baja Mesopotamia (Oriente Medio) aproximadamente
    en el año 3.000 a.C. y es considerada la cuna de todas las
    civilizaciones conocidas, la cuna de la Historia. Nos ha dejado un
    impresiosante e interesantísimo legado: un conocimiento reflejado en
    miles de tablillas de arcilla, exhaustivamente estudiadas por numerosos
    científicos, arqueólogos, lingüistas, historiadores y estudiosos. Entre
    ellos hay que destacar al eminente Zecharia Sitchin (1920-2010), que
    dedicó su vida a un profundo estudio de estas civilizaciones, su
    sociedad, su religión, su cultura, escritura y lenguaje.


    En el Génesis, en el Antiguo
    Testamento, por supuesto también existen referencias al origen de los
    Tiempos, pero nada comparable con la "Epopeya de la Creación" sumeria.
    Vamos a centrarnos en ella, extrayendo fragmentos de la obra de Sitchin
    "El 12º planeta".


    ¿Por qué traigo aquí, a "El
    Universo Eléctrico", la obra épica/histórica sumeria "La Epopeya de la
    Creación"? La razón es que las pasajes, referencias y citas a efectos
    eléctricos planetarios son asombrosos. He marcado en azul dichas
    referencias, que no son pocas. ¿Acaso los sumerios ya habían
    desarrollado la teoría o modelo de Universo Eléctrico? ¿o acaso
    simplemente, de forma objetiva, traspasaron los conocimientos históricos
    ancestrales?.


    LA EPOPEYA DE LA CREACIÓN



    ("El 12ª Planeta", primer volumen de la serie "Crónicas de la Tierra", 1976. Zecharia Sitchin)


    En la mayoría de los antiguos
    sellos cilindricos que se han encontrado, los símbolos de determinados
    cuerpos celestes, miembros de nuestro sistema solar, aparecen por encima
    de las figuras de dioses o humanos.


    Un sello acadio del tercer
    milenio a.C, ahora en el Vorderasiatische Abteilung del Museo del Estado
    de Berlín Este (catalogado VA/ 243), se aparta de la forma habitual de
    representar los cuerpos celestes. No los muestra individualmente, sino
    como un grupo de once globos que circundan a una estrella grande y con
    rayos. Evidentemente, es una representación del sistema solar, tal como
    lo conocían los sumerios: un sistema consistente en doce cuerpos
    celestes.






    Normalmente, nosotros
    representamos el sistema solar de forma esquemática, como una línea de
    planetas que se aleja del Sol a distancias crecientes. Pero si
    representáramos los planetas, no en una línea, sino uno después de otro
    en un círculo (el más cercano, Mercurio, en primer lugar, después Venus,
    luego la Tierra, etc.), el resultado se parecería al de la figura
    (todos los dibujos siguientes son esquemáticos y no a escala; las
    órbitas planetarias en los dibujos que siguen son circulares en vez de
    elípticas para facilitar la representación).


    Si echamos un segundo vistazo a
    la ampliación del sistema solar representado en el sello cilíndrico
    VA/243, veremos que los «puntos» que circundan la estrella son, en
    realidad, globos cuyos tamaños y orden se adecuan al sistema solar
    representado en la siguiente figura,






    El Pequeño Mercurio viene
    seguido por un Venus más grande. La Tierra, con el mismo tamaño de
    Venus, está acompañada por la Pequeña Luna. A continuación, en el
    sentido contrario al de las agujas del reloj, Marte se muestra
    correctamente, algo más pequeño que la Tierra pero más grande que la
    Luna o Mercurio.




    La antigua representación nos
    muestra después un planeta desconocido para nosotros, considerablemente
    más grande que la Tierra, aunque más pequeño que Júpiter y Saturno, que
    se ven con toda claridad a continuación. Aún más lejos, otro par se
    corresponde perfectamente a nuestros Urano y Neptuno. Por último, el
    pequeño Plutón está también ahí, pero no donde lo situamos nosotros
    ahora (después de Neptuno), sino entre Saturno y Urano.


    Tratando a la Luna como a un
    cuerpo celeste más, esta representación sumeria da cuenta plena de todos
    los planetas que conocemos, los sitúa en el orden correcto (con la
    excepción de Plutón), y los muestra por tamaño.


    Sin embargo, esta representación
    de 4.500 años de edad insiste también en que había -o ha habido- otro
    planeta importante entre Marte y Júpiter. Como mostraremos después, éste
    es el duodécimo planeta, el planeta de los nefilim.


    Si este mapa celeste sumerio se
    hubiera descubierto y estudiado hace dos siglos, los astrónomos habrían
    pensado que los sumerios estaban totalmente desinformados, al imaginar,
    estúpidamente, que había más planetas después de Saturno. Ahora, no
    obstante, sabemos que Urano, Neptuno y Plutón están realmente ahí.
    ¿Imaginaron los sumerios las otras discrepancias, o estaban
    correctamente informados por los nefilim de que la Luna era un miembro
    del sistema solar por derecho propio, Plutón estaba situado cerca de
    Saturno y había un Duodécimo Planeta entre Marte y Júpiter?


    La teoría largo tiempo
    sustentada de que la Luna no era más que «una pelota de golf helada» no
    se descartó hasta después de la conclusión de varias misiones Apollo a
    la Luna. Hasta aquel momento, las mejores conjeturas consistían en que
    la Luna era un trozo de materia que se había separado de la Tierra
    cuando ésta era aún de material fundido y maleable. Si no hubiera sido
    por el impacto de millones de meteoritos, que dejaron cráteres en la
    superficie de la Luna, ésta habría sido un trozo de materia sin rostro,
    sin vida y sin historia que se solidificó y sigue a la Tierra desde
    siempre.


    Sin embargo, las observaciones
    hechas por satélites no tripulados han comenzado a poner en duda estas
    creencias tanto tiempo manejado. Al final, se llegó a la conclusión de
    que la composición química y mineral de la Luna era suficientemente
    diferente de la de la Tierra como para poner en duda la teoría de la
    «separación». Los experimentos realizados en la Luna por los astronautas
    norteamericanos, y el estudio y análisis del suelo y de las muestras de
    rocas que trajeron, han determinado, más allá de toda duda, que la
    Luna, aunque en la actualidad estéril, fue alguna vez un «planeta vivo».



    Al igual que la Tierra, tiene
    diferentes capas, lo que significa que se solidificó desde su propio
    estadio original de materia fundida. Al igual , que la Tierra, generaba
    calor, pero mientras que el calor de la Tierra proviene de sus
    materiales radiantes, «cocidos» en el interior de la Tierra bajo una
    tremenda presión, el calor de la Luna proviene, según parece, de capas
    de materiales radiantes que se encuentran muy cerca de la superficie.
    Sin embargo, estos materiales son demasiado pesados para haber ascendido
    hasta ahí. Entonces, ¿cómo se llegaron a depositar tan cerca de la
    superficie de la Luna?


    El campo gravitatorio lunar
    parece ser errático, como si inmensos trozos de materias pesadas (como
    el hierro) no se hubieran hundido de modo uniforme hasta su centro, sino
    que estuvieran dispersos. Pero, ¿podríamos preguntar a través de qué
    proceso o fuerza? Existen evidencias que indicarían que las antiguas
    rocas de la Luna estuvieron magnetizadas. También existen evidencias de
    que los campos magnéticos se cambiaron o invirtieron. ¿Ocurrió esto a
    través de algún proceso interno desconocido, o por medio de alguna
    influencia externa indeterminada?


    Los astronautas del Apollo 16
    descubrieron que las rocas lunares (llamadas brechas) eran el resultado
    de la destrucción de la roca sólida y su posterior soldadura gracias a
    un calor extremo y repentino. ¿Cuándo y cómo se hicieron añicos y se
    refundieron estas rocas? Otros materiales de la superficie de la Luna
    son ricos en los poco frecuentes potasio y fósforo radiactivos,
    materiales que en la Tierra se encuentran a grandes profundidades.


    Reuniendo todos estos
    descubrimientos, los científicos afirman ahora que la Luna y la Tierra,
    formadas más o menos con los mismos elementos y más o menos por el mismo
    tiempo, evolucionaron como cuerpos celestes separados. En opinión de
    los científicos de la Administración Nacional de la Aeronáutica y el
    Espacio de los Estados Unidos (N.A.S.A.), la Luna evolucionó
    «normalmente» durante sus primeros 500 millones de años. Luego, dijeron
    (tal como se informó en The New York Times) que el período más
    catastrófico llegó hace 4.000 millones de años, cuando cuerpos celestes
    del tamaño de grandes ciudades y pequeños países se estrellaron en la
    Luna y formaron sus inmensas cuencas y sus altísimas montañas.


    Las ingentes cantidades de
    materiales radiactivos dejados por las colisiones comenzaron a calentar
    la roca por debajo de la superficie, fundiendo enormes cantidades de
    ésta y forzando mares de lava a través de las grietas de la superficie.


    El Apollo 15 encontró un
    deslizamiento de rocas en el cráter Tsiolovsky seis veces más grande que
    cualquier deslizamiento de rocas en la Tierra. El Apolo 16 descubrió
    que la colisión que creó el Mar de Néctar depositó escombros hasta a
    1.600 kilómetros de distancia.


    El Apollo 17 alunizó cerca de un
    acantilado ocho veces más alto que cualquiera de la Tierra, lo que
    significa que se formó por un terremoto ocho veces más violento que
    cualquier otro terremoto en la historia de la Tierra.


    Las convulsiones que siguieron a
    este suceso cósmico continuaron durante unos 800 millones de años, de
    modo que la composición y la superficie de la Luna adoptaron por fin su
    forma helada hace alrededor de 3.200 millones de años.


    Así pues, los sumerios tenían
    razón al representar a la Luna como un cuerpo celeste por derecho
    propio. Y, como pronto veremos, también nos dejaron un texto que explica
    y describe la catástrofe cósmica a la que se refieren los expertos de
    la NASA.


    Al planeta Plutón se le ha
    denominado «el enigma». Mientras que las órbitas de los demás planetas
    alrededor del Sol se desvían sólo un poco del círculo perfecto, la
    desviación («excentricidad») de Plutón es tal que tiene la órbita más
    extensa y elíptica del sistema solar. Mientras que los demás planetas
    orbitan al Sol más o menos dentro del mismo plano, la órbita de Plutón
    tiene una inclinación nada menos que de 17 grados. Debido a estos dos
    rasgos atípicos de su órbita, Plutón es el único planeta que corta la
    órbita de otro planeta, Neptuno.


    En tamaño, Plutón se encuentra
    en realidad dentro de la clase «satélite». Su diámetro, 5.800
    kilómetros, no es mucho mayor que el de Tritón, un satélite de Neptuno, o
    Titán, uno de los diez satélites de Saturno. Debido a sus inhabituales
    características, se ha llegado a sugerir que este «inadaptado» podría
    haber comenzado su vida celeste como un satélite que, de algún modo,
    escapó a su dueño y tomó por sí mismo una órbita alrededor del Sol.


    Y esto, como vamos a ver, es realmente lo que sucedió, según los textos sumerios.


    Y ahora llegamos al clímax de
    nuestra búsqueda de respuestas a antiquísimos sucesos celestes: la
    existencia del Duodécimo Planeta.


    Por asombroso que parezca,
    nuestros astrónomos han estado buscando evidencias que indiquen que,
    ciertamente, existió una vez un planeta entre Marte y Júpiter.


    A finales del siglo XVIII, antes
    incluso del descubrimiento de Neptuno, varios astrónomos demostraron
    que «los planetas estaban situados a determinadas distancias del Sol,
    según una ley definida». Este planteamiento, que llegó a ser conocido
    como Ley de Bode, convenció a los astrónomos de que debió de haber un
    planeta dando vueltas en un lugar donde, hasta entonces, no se sabía que
    hubiera existido un planeta -es decir, entre las órbitas de Marte y
    Júpiter.


    Animados por estos cálculos
    matemáticos, los astrónomos se pusieron a explorar los cielos en la zona
    en la que debería de estar «el planeta perdido». En el primer día del
    siglo XIX, el astrónomo italiano Giuseppe Piazzi descubrió, exactamente
    en la distancia indicada, un planeta muy pequeño (776 kilómetros de un
    extremo a otro) al que llamó Ceres. Hacia 1804, el número de asteroides
    («planetas pequeños») encontrados allí ascendía a cuatro; hasta la
    fecha, se han contado cerca de 3.000 asteroides en órbita alrededor del
    Sol, en lo que ahora llamamos el cinturón de asteroides. Sin duda, son
    los restos de un planeta que se hizo añicos. Los astrónomos rusos le han
    llamado Faetón («cuadriga»).


    Aunque los astrónomos están
    seguros de la existencia de tal planeta, no son capaces de explicar su
    desaparición. ¿Acaso estalló él solo? Pero, entonces, los pedazos
    habrían salido despedidos en todas direcciones y no habrían conformado
    un simple cinturón. Si fue una colisión lo que destruyó al planeta
    desaparecido, ¿dónde está el cuerpo celeste responsable de tal colisión?
    ¿Se hizo añicos también? Pero los restos que siguen dando vueltas
    alrededor del Sol en el cinturón de asteroides, si se suman no son
    suficientes para formar ni siquiera un planeta, y mucho menos dos. Por
    otra parte, si los asteroides son los restos de dos planetas, deberían
    de haber conservado la revolución axial de los dos planetas. Pero todos
    los asteroides tienen la misma rotación axial, con lo que se indica que
    todos ellos provienen del mismo cuerpo celeste. Así pues, ¿cómo se hizo
    pedazos el planeta desaparecido, y qué fue lo que lo destruyó?


    Las respuestas a estos misterios se nos han transmitido desde la antigüedad.


    Hace cosa de un siglo, cuando se
    descifraron los textos encontrados en Mesopotamia, se tomó conciencia
    inesperadamente de que allí, en Mesopotamia, había textos que no sólo
    eran equiparables a algunas secciones de las Sagradas Escrituras, sino
    que también las precedían. En 1872, con Die Keilschriften und das alte
    Testament, Eberhard Schráder dio inicio a una avalancha de libros,
    artículos, conferencias y debates que se prolongaron durante medio
    siglo. ¿Hubo algún lazo, en alguna época ancestral, entre Babilonia y la
    Biblia? Los titulares afirmaban provocativamente: BABEL UND BIBEL.


    Entre los textos descubiertos
    por Henry Layard en las ruinas de la biblioteca de Assurbanipal en
    Nínive, había uno que hacía un relato de la Creación no muy diferente
    del Libro del Génesis. Las tablillas rotas, las primeras que consiguió
    recomponer y publicar George Smith en 1876 (The Chaldean Génesis),
    demostraban concluyentemente que sí había existido un texto acadio,
    escrito en el antiguo dialecto babilonio, que relataba cómo cierta
    deidad había creado el Cielo y la Tierra, y todo sobre la Tierra,
    incluido el Hombre.


    En la actualidad, hay una vasta
    bibliografía que compara el texto mesopotámico con la narración bíblica.
    La deidad babilonia hizo su trabajo, si no en seis «días», sí, al
    menos, en lo que abarcan seis tablillas; y en paralelo al bíblico
    séptimo día de descanso de Dios, en el que disfrutó de su obra, la
    epopeya mesopotámica dedica una séptima tablilla a la exaltación de la
    deidad babilonia y de sus logros. No en vano, L. W. King tituló su
    autorizada obra sobre el tema The Seven Tablets of Creation, Las Siete
    Tablillas de la Creación.


    Conocido ahora como «La Epopeya
    de la Creación», este texto fue conocido en la antigüedad por las
    palabras con las que comienza, Enuma Elish («Cuando en las
    alturas»). El relato bíblico de la Creación comienza con la creación del
    Cielo y la Tierra; el relato mesopotámico es una verdadera cosmogonía,
    pues trata de los eventos previos y nos lleva hasta el comienzo de los
    tiempos:
    Enuma elish la nabu shamamu
    Cuando, en las alturas, el Cielo no había recibido nombr
    Shaplitu ammatum shunta la zakrat
    Y abajo, el suelo firme [la Tierra] no había sido llamado


    Fue entonces, según nos cuenta
    la epopeya, cuando dos cuerpos celestes primigenios dieron a luz a una
    serie de «dioses» celestes. A medida que el número de seres celestes
    aumentaba, hacían más ruido y causaban más conmoción, perturbando al
    Padre Primigenio. Su fiel mensajero le urgió a que adoptara fuertes
    medidas disciplinarias con los dioses jóvenes, pero éstos se
    confabularon contra él y le robaron sus poderes creadores. La Madre
    Primigenia intentó vengarse. El dios que dirigió la revuelta contra el
    Padre Primigenio tuvo una nueva idea: invitar a su joven hijo a unirse a
    la Asamblea de los Dioses y darle la supremacía, para que fuera a
    combatir así, sin ayuda, al «monstruo» en que se había convertido su
    madre.


    Aceptada la supremacía, el joven
    dios -Marduk, según la versión babilonia- se enfrentó al monstruo y,
    tras un feroz combate, la venció y la partió en dos. Con una parte de
    ella hizo el Cielo, y con la otra la Tierra.


    Después, proclamó un orden fijo
    en los cielos, asignando a cada dios celeste una posición permanente. En
    la Tierra, creó las montañas, los mares y los ríos, estableció las
    estaciones y la vegetación, y creó al Hombre. Babilonia y su altísimo
    templo se construyeron como un duplicado de la Morada Celeste en la
    Tierra. A dioses y a mortales se les dieron encargos, mandatos y
    rituales a seguir. Entonces, los dioses proclamaron a Marduk como la
    deidad suprema, y le concedieron los «cincuenta nombres» -las
    prerrogativas y el rango numérico de la Enlildad.


    A medida que se iban encontrando
    y traduciendo más tablillas y fragmentos, se fue haciendo evidente que
    el texto no era una simple obra literaria, sino el relato épico histórico-religioso
    más sagrado de Babilonia, que se leía como parte de los rituales del
    Año Nuevo. La versión babilonia pretendía propagar la supremacía de
    Marduk al convertirle en el héroe del relato de la Creación. Sin
    embargo, esto no fue siempre así. Existen bastantes evidencias que
    indican que la versión babilonia de la epopeya fue una falsificación por
    motivos político-religiosos de una versión sumeria anterior en la que
    Anu, Enlil y Ninurta eran los héroes.


    Sin embargo, a despecho del
    nombre de los actores de este drama celeste y divino, el relato es,
    ciertamente, tan antiguo como la civilización sumeria. La mayoría de los
    expertos lo ven como una obra filosófica -la versión más antigua de la
    eterna lucha entre el bien y el mal-, o como un cuento alegórico del
    invierno y el verano en la naturaleza, del amanecer y el ocaso, de la
    muerte y la resurrección.


    Pero, ¿por qué no tomarse
    literalmente este relato épico, ni más ni menos que como la declaración
    de hechos cosmológicos tal como los conocían los sumerios, tal como se
    los habían transmitido los nefilim? Si utilizamos este audaz enfoque,
    nos encontraremos con que «La Epopeya de la Creación» explica a la
    perfección los eventos que, probablemente, tuvieron lugar en nuestro
    Sistema Solar.


    El escenario en el que se despliega el drama celeste de Enuma Elish es el universo primigenio. Los actores celestes son los que crean, así como los que son creados.

    Primer Acto:
    Cuando, en las alturas, el Cielo no había recibido nombre,
    y abajo, el suelo firme [la Tierra] no había sido llamado;
    nada, salvo el primordial APSU, su Engendrador,
    MUMMU y TIAMAT -la que les dio a luz a todos;
    sus aguas se entremezclaron.


    Ninguna caña se había formado aún, ni tierra pantanosa había aparecido.
    Ninguno de los dioses había sido traído al ser aún,
    nadie llevaba un nombre, sus destinos eran inciertos;
    fue entonces cuando se formaron los dioses en medio de ellos.


    Con unos cuantos trazos hechos
    con el estilo de caña sobre la primera tablilla de arcilla -con nueve
    cortas líneas-, el antiguo cronista-poeta se las ingenia para sentarnos
    en el centro de la primera fila, y, de forma audaz y dramática, sube el
    telón del espectá*** más majestuoso que se haya visto: la Creación de
    nuestro Sistema Solar.


    En la inmensidad del espacio,
    los «dioses» -los planetas- estaban aún por aparecer, por ser nombrados,
    por tener sus «destinos» -sus órbitas- fijados. Sólo existían tres
    cuerpos: «el primordial AP.SU» («el que existe desde el principio»),
    MUM.MU («el que nació») y TIAMAT («la doncella de la vida»). Las «aguas»
    de Apsu y Tiamat se mezclaron, y el texto aclara que no se refiere a
    las aguas en las que crecen las cañas, sino más bien a las aguas
    primordiales, los elementos básicos generadores de vida del universo.


    Apsu, por tanto, es el Sol, «el que existe desde el principio».


    El más cercano a él es Mummu. El
    relato deja claro más adelante que Mummu era el ayudante de confianza y
    emisario de Apsu: una buena descripción de Mercurio, el pequeño planeta
    que gira con rapidez alrededor de su gigante señor. De hecho, ésta era
    la idea que los antiguos griegos y romanos tenían del dios-planeta
    Mercurio: el rápido mensajero de los dioses.


    Bastante más lejos estaba
    Tiamat. Ella era el «monstruo» que Marduk despedazaría más tarde, el
    «planeta desaparecido», pero en los tiempos primordiales fue la
    verdadera Virgen Madre de la primera Trinidad Divina. El espacio entre
    ella y Apsu no estaba vacío; estaba henchido con los elementos
    primordiales de Apsu y Tiamat. Estas «aguas» «se entremezclaron», y se
    formaron dos dioses celestes -planetas- en el espacio entre Apsu y
    Tiamat.
    Sus aguas se entremezclaron...
    Los dioses se formaron en medio de ellos:
    el dios LAHMU y el dios LAHAMU nacieron;
    por su nombre se les llamó.


    Etimológicamente, los nombres de
    estos dos planetas provienen de la raíz LH.M («hacer la guerra»). Los
    antiguos nos legaron la leyenda de que Marte era el Dios de la Guerra y
    Venus la Diosa tanto del Amor como de la Guerra. LAHMU y LAHAMU eran, de
    hecho, nombres masculino y femenino respectivamente, con lo que la
    identidad de los dos dioses de la epopeya y los planetas Marte y Venus
    se confirman tanto etimológica como mitológicamente. También se confirma
    astronómicamente, dado que el «planeta desaparecido» Tiamat estaba
    situado más allá de Marte. Ciertamente, Marte y Venus están situados en
    el espacio que hay entre el Sol (Apsu) y «Tiamat». Podemos ilustrar esto
    siguiendo el mapa celeste sumerio.







    Después, prosiguió el proceso de formación del Sistema Solar. Lahmu y Lahamu -Marte y Venus- nacieron pero, incluso
    Antes de que hubieran crecido en edad
    y en estatura hasta el tamaño señalado,
    el dios ANSHAR y el dios KISHAR fueron formados,
    sobrepasándoles [en tamaño].
    Cuando se alargaron los días y se multiplicaron los años,
    el dios ANU se convirtió en su hijo -de sus antepasados un rival.
    Entonces, el primogénito de Anshar, Anu,
    como su igual y a su imagen engendró a NUDIMMUD.


    Con una sequedad sólo igualada
    por la precisión narrativa, el Primer Acto de la epopeya de la Creación
    ha sido rápidamente representado ante nuestros ojos. Se nos ha informado
    que Marte y Venus iban a crecer sólo hasta un tamaño limitado; pero,
    incluso antes de que su formación se completara, otros dos planetas se
    formaron. Los dos eran planetas majestuosos, como lo evidencian sus
    nombres -AN.SHAR («príncipe, el primero de los cielos») y KI.SHAR («el
    primero de las tierras firmes»). Éstos aventajaban en tamaño al primer
    par, «sobrepasándoles» en estatura. La descripción, los epítetos y la
    situación de este segundo par los identifica fácilmente como Saturno y
    Júpiter.






    Después, pasó algún tiempo («se
    multiplicaron los años»), y nació un tercer par de planetas. Primero
    llegó ANU, más pequeño que Anshar y Kishar («su hijo»), pero mayor que
    los primeros planetas («de sus antepasados un rival» en tamaño).
    Después, Anu engendró, a su vez, a un planeta gemelo, «su igual y a su
    imagen». La versión babilonia nombra al planeta NUDIMMUD, un epíteto de
    Ea/Enki. Una vez más, las descripciones de tamaño y situación se adecúan
    al siguiente par de planetas de nuestro sistema solar, Urano y Neptuno.


    Pero aún hubo otro planeta que
    se sumó a estos planetas exteriores, aquel al que llamamos Plutón. «La
    Epopeya de la Creación» ya se ha referido a Anu como «primogénito de
    Anshar», dando a entender que aún había otro dios planetario «nacido» de
    Anshar/ Saturno.


    La epopeya alcanza a esta deidad
    celeste más adelante, cuando relata cómo Anshar envió a su emisario
    GAGA en varias misiones a otros planetas. En función y en estatura, Gaga
    tiene el aspecto del emisario de Apsu, Mummu; esto nos recuerda las
    muchas similitudes que hay entre Mercurio y Plutón. Gaga, por tanto, era
    Plutón; pero los sumerios, en su mapa celeste, no situaban a Plutón más
    allá de Neptuno, sino junto a Saturno, del que era su «emisario» o
    satélite.






    Cuando el Primer Acto de «La
    Epopeya de la Creación» tocaba a su fin, había un Sistema Solar
    compuesto por el Sol y nueve planetas:
    SOL -Apsu, «aquel que existía desde el principio».
    MERCURIO -Mummu, consejero y emisario de Apsu.
    VENUS -Lahamu, «dama de las batallas».
    MARTE - Lahmu, «deidad de la guerra».
    ¿? -Tiamat, «doncella que dio la vida».
    JÚPITER -Kishar, «el primero de las tierras firmes».
    SATURNO -Anshar, «el primero de los cielos».
    PLUTÓN -Gaga, consejero y emisario de Anshar.
    URANO -Anu, «él de los cielos»
    NEPTUNO -Nudimmud (Ea), «creador ingenioso».


    ¿Dónde estaban la Tierra y la Luna? Todavía tenían que crearse, como producto de una futura colisión cósmica.


    Los hermanos divinos se agruparon;
    perturbaban a Tiamat con sus avances y retiradas.
    Alteraban el «vientre» de Tiamat
    con sus cabriolas en las moradas del cielo.
    Apsu no podía rebajar el clamor de ellos;
    Tiamat había enmudecido con sus maneras.
    Sus actos eran detestables...
    Molestas eran sus maneras.


    Nos encontramos aquí con
    referencias obvias a órbitas erráticas. Los nuevos planetas «avanzaban y
    se retiraban»; se acercaban demasiado entre ellos («se agruparon»);
    interferían con la órbita de Tiamat; se acercaban demasiado a su
    «vientre»; sus «maneras» eran molestas. Aunque era Tiamat la que estaba
    en mayor peligro, Apsu también encontró «detestables» las maneras de los
    planetas, y anunció su intención de «destruir, destrozar sus maneras».
    Se reunió con Mummu y consultó con él en secreto. Pero los dioses oyeron
    por casualidad «todo lo que habían tramado entre ellos», y el complot
    para destruirles les hizo enmudecer. El único que no perdió su ingenio
    fue Ea. Pensó en una estratagema para «verter el sueño en Apsu». A los
    otros dioses celestes les gustó el plan, y Ea «dibujo un mapa preciso
    del universo», lanzando un hechizo divino sobre las aguas primordiales del sistema solar.


    ¿En qué consistió este «hechizo»
    o fuerza ejercida por «Ea» (el planeta Neptuno) -entonces, el planeta
    más externo- mientras orbitaba al Sol y circundaba a todos los demás
    planetas? ¿Acaso su propia órbita alrededor del Sol afectó al magnetismo
    solar y, con ello, sus emisiones radiactivas? ¿O es que el mismo
    Neptuno emitió, al ser creado, ingentes radiaciones de energía? Fueran
    cuales fuesen los efectos, en la epopeya se les comparó con algo así
    como «verter el sueño» -un efecto calmante- en Apsu (el Sol). Incluso,
    «Mummu, el Consejero, fue incapaz de moverse».


    Como en el relato bíblico de
    Sansón y Dalila, el héroe, vencido por el sueño, se convirtió en presa
    fácil y le robaron sus poderes. Ea se movió con rapidez para quitarle a
    Apsu su papel creador. Apagando, según parece, las ingentes emisiones de
    materia primordial del Sol, Ea/Neptuno «le arrancó la tiara a Apsu y le
    quitó el manto de su halo». Apsu fue «vencido». Mummu ya no pudo
    deambular. Fue «atado y abandonado», un planeta sin vida al lado de su
    señor.


    Al privar al Sol de su
    creatividad -al detener el proceso de emisión de energía y materia para
    formar más planetas-, los dioses trajeron una paz temporal en el sistema
    solar. Más tarde, la victoria se simbolizó cambiando el significado y
    la situación de Apsu. A partir de entonces, este epíteto se le aplicó a
    la «Morada de Ea». Cualquier planeta adicional podría venir solamente a
    través del nuevo Apsu -desde «lo Profundo»- desde los lejanos reinos del
    espacio que vislumbraba el más lejano de los planetas.


    ¿Cuánto tiempo pasó antes de que
    la paz celeste se rompiera de nuevo? La epopeya no lo dice, pero
    prosigue, casi sin pausas, y sube el telón del

    Tercer Acto:
    En la Cámara de los Hados, el lugar de los Destinos,
    un dios fue engendrado, el más capaz y sabio de los dioses;
    en el corazón de lo Profundo fue MARDUK creado.


    Un nuevo «dios» celeste -un
    nuevo planeta- se une ahora al reparto. Se formó en lo Profundo, lejos,
    en el espacio, en una zona donde se le había conferido movimiento
    orbital -un «destino» de planeta. Fue atraído hasta el Sistema Solar por
    el planeta más lejano: «El que lo engendró fue Ea» (Neptuno). El nuevo
    planeta era digno de contemplar:


    Su silueta era encantadora, brillante el gesto de sus ojos;
    Nobles eran sus andares, dominantes como los de antaño...
    Grandemente se le exaltó por encima de los dioses, rebasándolo todo.
    Era el más noble de los dioses, el más alto;
    sus miembros eran enormes, era excesivamente alto.
    Surgiendo desde el espacio exterior, Marduk era aún un planeta recién nacido, que escupía fuego y emitía radiaciones. «Cuando movía los labios, estallaba el fuego».


    A medida que Marduk se acercaba a los demás planetas, «éstos lanzaban sobre él sus impresionantes relámpagos», y él brillaba con fuerza, «vestido con el halo de diez dioses». Su aproximación levantó emisiones eléctricas
    y de otros tipos de entre los otros miembros del Sistema Solar. Y una
    sola palabra aquí nos confirma el proceso de descifrado de la epopeya de
    la Creación: Diez cuerpos celestes le esperaban -el Sol y sólo nueve
    planetas.


    El relato épico nos lleva ahora a
    lo largo de la veloz carrera de Marduk. En primer lugar, pasa cerca del
    planeta que le ha «engendrado», que ha tirado de él hacia el sistema
    solar, el planeta Ea/Neptuno. A medida que Marduk se acerca a Neptuno,
    la atracción gravitatoria de éste sobre el recién llegado crece en
    intensidad. Neptuno tuerce el sendero de Marduk, «haciéndolo bueno para
    sus objetivos».


    Marduk debía de estar todavía en
    una fase muy dúctil en aquella época. Cuando pasó junto a Ea/Neptuno,
    el tirón gravitatorio provocó una protuberancia en el costado de Marduk,
    como si tuviera «una segunda cabeza». No obstante, este fragmento de
    Marduk no se desgajó de la masa principal durante el tránsito; pero,
    cuando Marduk llegó a las inmediaciones de Anu/Urano, algunos trozos de
    materia se desprendieron de él, dando como resultado la formación de
    cuatro satélites de Marduk. «Anu extrajo y dio forma a los cuatro lados,
    relegando su poder al líder del grupo». Llamados «vientos», los cuatro
    fueron lanzados en una rápida órbita alrededor de Marduk,
    «arremolinándose como un torbellino».


    El orden del tránsito -primero
    por Neptuno, después por Urano-indica que Marduk estaba entrando en el
    Sistema Solar no en la dirección orbital del sistema (en sentido
    contrario a las manecillas del reloj), sino en dirección opuesta, en el
    sentido de las manecillas del reloj. Siguiendo el nuevo sendero, el
    recién llegado no tardó en verse atrapado por las inmensas fuerzas
    gravitatorias y magnéticas del gigante Anshar/Saturno y, luego, de
    Kishar/Júpiter. Su sendero se curvó aún más hacia dentro, hacia el
    centro del Sistema Solar, hacia Tiamat.




    La aproximación de Marduk pronto
    comenzó a alterar a Tiamat y a los planetas interiores (Marte, Venus,
    Mercurio). «Él produjo corrientes, alteró a Tiamat; los dioses no
    descansaban, llevados como en una tormenta».


    Aunque las líneas de este texto
    tan antiguo están parcialmente deterioradas en este punto, aún podemos
    leer que el planeta que se acercaba «diluyó las vitales de aquellos...
    pellizcó sus ojos». La misma Tiamat «iba de un lado a otro muy turbada»
    -su órbita, evidentemente, se alteró.


    La atracción gravitatoria del
    gran planeta que se acercaba no tardó en despojar de trozos a Tiamat. De
    mitad de ella emergieron once «monstruos», un tropel «rugiente y
    furioso» de satélites que «se separaron» de su cuerpo y «marcharon junto
    a Tiamat». Preparándose para afrontar el embate de Marduk, Tiamat «los coronó con halos», dándoles el aspecto de «dioses» (planetas).


    De especial importancia para la
    epopeya y la cosmogonía mesopotámica fue el principal satélite de
    Tiamat, que recibió el nombre de KINGU, «el primogénito entre los dioses
    que formaron la asamblea de ella».
    Ella elevó a Kingu,
    en medio de ellos lo hizo grande...
    El alto mando en la batalla
    confió a su mano.


    Sujeto a las conflictivas
    fuerzas gravitatorias, este gran satélite de Tiamat comenzó a moverse
    hacia Marduk. El que se le concediera a Kingu una Tablilla de Destinos
    -un sendero planetario propio- es lo que más disgustó a los planetas
    exteriores. ¿Quién le había concedido a Tiamat el derecho de dar a luz
    nuevos planetas?, preguntó Ea. El le llevó el problema a Anshar, el
    gigante Saturno.
    Todo lo que Tiamat había conspirado, a él se lo repitió:
    «...ella ha creado una Asamblea y ha montado en cólera...
    les ha dado armas incomparables, ha dado a luz monstruos-dioses...
    además once de esta clase ha dado a luz;
    de entre los dioses que formaban su Asamblea,
    ella ha elevado a Kingu, su primogénito, le ha hecho jefe...
    le ha dado una tablilla de destinos, se la ha sujetado al pecho».


    Volviéndose a Ea, Anshar le
    preguntó si podría ir a matar a Kingu. La respuesta se ha perdido debido
    a una rotura en las tablillas; pero parece ser que Ea no satisfizo a
    Anshar, pues lo siguiente que tenemos del relato nos muestra a Anshar
    dirigiéndose a Anu (Urano) para averiguar si él aceptaría «ir y
    enfrentarse a Tiamat». Pero Anu «fue incapaz de enfrentarla y se
    volvió».


    En los agitados cielos, crece la
    confrontación; un dios después de otro se apartan a un lado. ¿Acaso
    nadie va a darle batalla a la furiosa Tiamat?


    Marduk, después de pasar Neptuno
    y Urano, se acerca ahora a Anshar (Saturno) y sus amplios anillos. Esto
    le da a Anshar una idea: «Aquel que es potente será nuestro Vengador;
    aquel que es agudo en la batalla: ¡Marduk, el héroe!» Al ponerse al
    alcance de los anillos de Saturno («él besó los labios de Anshar»),
    Marduk responde:
    «¡Si yo, realmente, como vuestro Vengador
    he de vencer a Tiamat, he de salvar vuestras vidas,
    convoca una Asamblea para proclamar mi Destino supremo!»


    La condición era atrevida pero
    simple: Marduk y su «destino» -su órbita alrededor del Sol- debían tener
    la supremacía entre todos los dioses celestes. Fue entonces cuando
    Gaga, el satélite de Anshar/ Saturno -y futuro Plutón-, se desvió de su
    curso:
    Anshar abrió la boca,
    a Gaga, su Consejero, una palabra dirigió...
    «Ponte en camino, Gaga,
    toma tu puesto ante los dioses,
    y lo que yo te cuente
    repíteselo a ellos».


    Acercándose a los otros
    dioses/planetas, Gaga les instó a «fijar su veredicto para Marduk». La
    decisión fue la que se preveía: lo único que ansiaban los dioses era que
    alguien diera la cara por ellos. «¡Marduk es rey!», gritaban, y le
    instaron a que no perdiera más tiempo: «¡Ve y acaba con la vida de
    Tiamat!»


    El telón se levanta ahora para el

    Cuarto Acto, la batalla celeste.


    Los dioses habían decretado el
    «destino» de Marduk; la combinación de fuerzas gravitatorias había
    determinado que el sendero orbital de Marduk no tuviera más que una
    salida: hacia la «batalla», una colisión con Tiamat.


    Como corresponde a un guerrero, Marduk se preparó con diversas armas. Llenó su cuerpo con una «llama ardiente»; «construyó un arco... al que sujetó una flecha... frente a sí puso al rayo»;
    y «después hizo una red con la que envolver a Tiamat». Todo esto no
    eran más que nombres comunes para lo que sólo podían ser fenómenos
    celestes -las descargas eléctricas que se darían los planetas mientras convergían o el tirón gravitatorio (una «red») de uno sobre otro.


    Pero las principales armas de
    Marduk eran sus satélites, los cuatro «vientos» con los que Urano le
    proveyó cuando Marduk pasó junto a él: Viento Sur, Viento Norte, Viento
    Este, Viento Oeste. Al pasar junto a los gigantes, Saturno y Júpiter, y
    sujeto a sus tremendas fuerzas gravitatorias, Marduk «sacó» tres
    satélites más -Viento del Mal, Torbellino y Viento Incomparable.


    Utilizando sus satélites como
    una «cuadriga tormenta», «lanzó los vientos que había hecho nacer, los
    siete». Los adversarios estaban dispuestos para la batalla.
    El Señor salió, siguió su curso;
    Hacia la furiosa Tiamat dirigió su rostro...
    El Señor se acercó para explorar el lado interno de Tiamat-
    los planes de Kingu, su consorte, apreciar.


    Pero a medida que los planetas se iban acercando entre sí, el curso de Marduk se hizo errático:
    Mientras observaba, su curso se vio afectado,
    su dirección se distrajo, sus actos eran confusos.


    Incluso los satélites de Marduk comenzaron a virar fuera de curso:
    Cuando los dioses, sus ayudantes,
    que marchaban a su lado,
    vieron al valiente Kingu, su visión se hizo borrosa.
    ¿Acaso los combatientes no iban a encontrarse después de todo?


    Pero la suerte estaba echada,
    los cursos llevaban inevitablemente a la colisión. «Tiamat lanzó un
    rugido»... «el Señor levantó la desbordante tormenta, su poderosa arma».
    Cuando Marduk estuvo más cerca, la «furia» de Tiamat creció; «las
    raíces de sus piernas se sacudían adelante y atrás». Ella empezó a
    lanzar «hechizos» contra Marduk -el mismo tipo de ondas celestes que Ea había usado antes contra Apsu y Mummu. Pero Marduk siguió acercándose.

    Tiamat y Marduk, los más sabios de los dioses,
    avanzaban uno contra otro;
    prosiguieron el singular combate,
    se aproximaron para la batalla.


    El relato nos lleva ahora a la descripción de la batalla celeste, en los momentos previos a la creación del Cielo y la Tierra.

    El Señor extendió su red para atraparla;
    el Viento del Mal, el de más atrás, se lo soltó en el rostro.
    Cuando ella abrió la boca, Tiamat, para devorarlo-
    él le clavó el Viento del Mal para que no cerrara los labios.
    Los feroces Vientos de tormenta cargaron entonces su vientre;
    su cuerpo se dilató; la boca se le abrió aún más.
    A través de ella le disparó él una flecha, le desgarró el vientre;
    le cortó las tripas, le desgarró la matriz.
    Teniéndola así sojuzgada, su aliento vital él extinguió.






    Aquí, por tanto, está la teoría
    más original para explicar los enigmas celestes con los que aún nos
    enfrentamos. Un Sistema Solar inestable, compuesto por el Sol y nueve
    planetas, fue invadido por un gran planeta del espacio exterior, En
    primer lugar se encontró con Neptuno; al pasar junto a Urano, el gigante
    Saturno y Júpiter, su curso se desvió en gran medida en dirección hacia
    el centro del sistema solar, al tiempo que sacaba siete satélites. Y
    entró en un curso inalterable de colisión con Tiamat, el siguiente
    planeta en línea.


    Pero los dos planetas no
    chocaron entre sí, un hecho de cardinal importancia astronómica: fueron
    los satélites de Marduk los que chocaron con Tiamat, y no el mismo
    Marduk. Ellos «dilataron» el cuerpo de Tiamat, haciéndole una amplia
    hendidura. A través de estas fisuras en Tiamat, Marduk
    disparó una «flecha», un «rayo divino», una inmensa descarga eléctrica
    que saltó como una chispa desde el energéticamente cargado Marduk, el
    planeta que estaba «lleno de brillantez»
    . Haciéndose camino
    hasta las tripas de Tiamat, este rayo «extinguió su aliento vital»
    -neutralizó las fuerzas y campos eléctricos y magnéticos de Tiamat y los
    «extinguió».


    El primer encuentro entre Marduk
    y Tiamat dejó a ésta resquebrajada y sin vida; pero su destino final
    estaba aún por determinar en futuros encuentros entre los dos. Kingu,
    líder de los satélites de Tiamat, se enfrentaría por separado. Pero el
    destino de los otros diez satélites más pequeños de Tiamat se determinó
    en aquel momento.
    Después de matar a Tiamat, la líder,
    su grupo fue destruido, su hueste hecha pedazos.
    Los dioses, los auxiliares que marchaban al lado de ella,
    temblando de miedo,
    dieron la espalda para salvar y preservar sus vidas.
    ¿Acaso
    podemos identificar a esta hueste «destruida... rota» que temblaba y
    «daba la espalda» -es decir, invertía sus direcciones?


    Quizás así podamos ofrecer una
    explicación a otro misterio más de nuestro Sistema Solar: el fenómeno de
    los cometas. Pequeños globos de materia, los cometas vienen a ser los
    «miembros rebeldes» del sistema solar, pues no parecen obedecer a
    ninguna de las normas de circulación. Las órbitas de los planetas
    alrededor del Sol son (con la excepción de Plutón) casi circulares; las
    órbitas de los cometas están estiradas, y, en la mayoría de los casos,
    lo están mucho -hasta el punto de que algunos de ellos desaparecen de
    nuestra vista durante cientos o miles de años. Los planetas (con la
    excepción de Plutón) orbitan al Sol en el mismo plano general; las
    órbitas de los cometas se sitúan en muchos planos diferentes. Y lo más
    significativo es que, mientras que todos los planetas que conocemos
    circundan al Sol en la misma dirección (contraria a las manecillas del
    reloj), muchos cometas se mueven en sentido inverso.


    Los astrónomos no pueden
    decirnos cuál fue la fuerza o cuál fue el suceso que creó a los cometas y
    los arrojó a sus inusuales órbitas.


    Nuestra respuesta: Marduk.
    Barriendo en sentido inverso, en su propio plano orbital, despedazó,
    destruyó la hueste de Tiamat hasta convertirla en pequeños cometas,
    afectándoles con su campo gravitatorio, con la llamada red:
    Al echarles la red, se encontraron atrapados...
    A todo el grupo de demonios que había marchado junto a ella
    les puso grilletes, sus manos ató...
    Estrechamente rodeados, no podían escapar.
    Después
    de acabar la batalla, Marduk le quitó a Kingu la Tablilla de los
    Destinos (la órbita independiente de Kingu) y se la puso en su propio
    pecho: su curso se había desviado hasta convertirse en una órbita solar
    permanente. De cuando en cuando, Marduk estaba obligado a volver al
    escenario de la batalla celeste.


    Después de «vencer» a Tiamat,
    Marduk navegó por los cielos, en el espacio exterior, alrededor del Sol,
    para volver a pasar por los planetas exteriores: Ea/Neptuno, «cuyo
    deseo realizó Marduk», Anshar/Saturno, «cuyo triunfo estableció Marduk».
    Después, su nuevo sendero orbital devolvió a Marduk al escenario de su
    triunfo, «para afianzar su presa sobre los dioses vencidos», Tiamat y
    Kingu.


    Cuando el telón está a punto de levantarse para el Quinto Acto
    es el momento en el cual el relato bíblico del Génesis se une al relato
    mesopotámico de «La Epopeya de la Creación» -aunque, hasta ahora, no se
    había tomado conciencia de ello; pues es justo en este punto donde
    comienza realmente el relato de la Creación de la Tierra y el Cielo.


    Al completar su primera órbita alrededor del Sol, Marduk «volvió entonces a Tiamat, a la que había sometido».
    El Señor se detuvo a ver su cuerpo sin vida.
    Dividir al monstruo él, entonces, ingeniosamente planeó.
    Después, como un mejillón, la desgarró en dos partes.


    El mismo Marduk golpeó esta vez
    al derrotado planeta, partiendo en dos a Tiamat, separándole el «cráneo»
    o parte superior. Después, otro de los satélites de Marduk, el llamado
    Viento Norte, se estrelló contra la mitad separada. El fuerte golpe se
    llevó a esta parte destinada a convertirse en la Tierra- hasta una
    órbita donde ningún planeta había orbitado antes:
    El Señor puso su pie sobre la parte posterior de Tiamat;
    con su arma le separó el cráneo;
    cercenó los canales de su sangre;
    e hizo que el Viento Norte lo llevara
    a lugares que habían sido desconocidos.
    ¡La Tierra había sido creada!


    La parte inferior tuvo otra suerte: en la segunda órbita, Marduk golpeó convirtiéndola en pedazos:






    La [otra] mitad la levantó como pantalla para los cielos:
    encerrándolos juntos, como vigías los estacionó...
    Dobló la cola de Tiamat para formar la Gran Banda como un brazalete.


    Los trozos de esta mitad rota
    fueron repujados hasta convertirlos en un «brazalete» en los cielos,
    actuando como una pantalla entre los planetas interiores y los
    exteriores. Se extendieron en una «gran banda». Se había creado el cinturón de asteroides.


    Astrónomos y físicos reconocen
    la existencia de grandes diferencias entre los planetas interiores o
    «terrestres» (Mercurio, Venus, la Tierra y su Luna, y Marte) y los
    planetas exteriores (Júpiter, etc.), dos grupos separados por un
    cinturón de asteroides. También encontramos en la epopeya sumeria el
    antiquísimo reconocimiento de estos fenómenos.


    Pero, además, se nos ofrece por
    primera vez una explicación cosmogónica-científica coherente de los
    acontecimientos celestes que llevaron a la desaparición del «planeta
    perdido» y a la resultante creación del cinturón de asteroides (además
    de los cometas) y de la Tierra. Después de que Marduk partiera a Tiamat
    en dos con sus satélites y sus descargas eléctricas,
    otro satélite le empujó la mitad superior a una nueva órbita, dando
    origen así a la Tierra; después, Marduk, en su segunda órbita, hizo
    pedazos la parte inferior y la esparció en una gran banda celeste.


    Todos los enigmas que se han
    mencionado tienen respuesta en «La Epopeya de la Creación», descifrada
    de este modo. Además, también disponemos de respuesta a la pregunta de
    por qué los continentes de la Tierra se concentran en uno de sus lados
    mientras, en el lado opuesto, queda una enorme cavidad (el lecho del
    Océano Pacífico). Las referencias constantes a las «aguas» de Tiamat son
    también esclarecedoras. A ella se le llamó el Monstruo del Agua, y esto
    explicaría por qué la Tierra, como parte de Tiamat, fue dotada también
    con esta agua. De hecho, algunos estudiosos modernos denominan a la
    Tierra «Planeta Océano», pues es el único de los planetas conocidos del
    sistema solar que ha sido bendecido con estas aguas dadoras de vida.


    Por novedosas que puedan parecer
    estas teorías cosmológicas, fueron hechos aceptados por los profetas y
    sabios cuyas palabras pueblan el Antiguo Testamento. El profeta Isaías
    recordó «los días de antaño» cuando el poder del Señor «partió a la
    Altiva, hizo dar vueltas al monstruo del agua, secó las agua de
    Tehom-Raba»-Llamando al Señor Yahveh «mi rey de antaño», el salmista
    interpretó en unos cuantos versos la cosmogonía de la epopeya de la
    Creación. «Por tu poder, las aguas tú dispersaste; al líder de los
    monstruos del agua quebraste».


    Tiamat ha sido desgarrada: su
    mitad despedazada es el Cielo -el Cinturón de Asteroides; la otra mitad,
    la Tierra, es empujada a una nueva órbita por el «Viento Norte», uno de
    los satélites de Marduk. El principal satélite de Tiamat, Kingu, se
    convierte en la Luna de la Tierra; el resto de satélites componen ahora
    los cometas.


    Y Job rememoraba al Señor
    celestial cuando hirió a «los esbirros de la Altiva»; y, con una
    sofisticación agronómica impresionante, ensalzó al Señor, que:
    El dosel repujado extendió en el lugar de Tehom,
    la Tierra suspendió en el vacío...
    Su poder detuvo las aguas,
    su energía partió a la Altiva;
    su Viento extendió el Brazalete Repujado;
    su mano extinguió al sinuoso dragón.


    Los expertos bíblicos reconocen
    ahora que el hebreo Tehom («profundidad del agua») proviene de Tiamat,
    que Tehom-Raba significa «gran Tiamat», y que la comprensión bíblica de
    los acontecimientos primitivos se basa en las épicas cosmológicas
    sumerias. Habría que aclarar también que, por encima de todos estos
    paralelos, se encuentran los primeros versículos del Libro del Génesis,
    donde se dice que el Viento del Señor se cernía sobre las aguas de
    Tehom, y que el relámpago del Señor (Marduk en la versión babilonia)
    iluminó la oscuridad del espacio al golpear y quebrar a Tiamat, creando a
    la Tierra y a Rakia (literalmente, «el brazalete repujado»). Esta banda
    celeste (hasta ahora traducida como «firmamento») recibe el nombre de
    «el Cielo».


    El Libro del Génesis (1:Cool
    afirma explícitamente que es a este «brazalete repujado» a lo que el
    Señor llamó «cielo» (shamaim). Los textos acadios también denominan a
    esta zona celeste «el brazalete repujado» (rakkis), y dicen que Marduk
    extendió la parte inferior de Tiamat hasta que junto los extremos,
    uniéndolos para formar un gran círculo permanente. Las fuentes sumerias
    no dejan lugar a dudas cuando hablan del «cielo», en concreto, como algo
    diferente del concepto general de cielos y espacio. Para ellos, el
    «cielo» era el cinturón de asteroides.


    La Tierra y el cinturón de
    asteroides son «el Cielo y la Tierra» que aparecen tanto en las
    referencias bíblicas como mesopotámicas, creados cuando Tiamat fue
    desmembrada por el Señor celeste.


    Tras el empujón que le dio a la
    Tierra el Viento Norte de Marduk para llevarla a su nueva posición
    celeste, la Tierra obtuvo su propia órbita alrededor del Sol (dando como
    resultado las estaciones) y recibió su rotación axial (dándonos el día y
    la noche). Los textos mesopotámicos afirman que una de las tareas de
    Marduk después de crear la Tierra fue que «asignó [a la Tierra] los días
    del Sol y estableció los recintos del día y la noche». El concepto
    bíblico es idéntico:

    Dijo Dios:
    «Haya Luces en el Cielo repujado,
    para dividir entre el Día y la Noche;
    y que sean señales celestes
    para las Estaciones, para los Días y para los Años».


    En la actualidad, los expertos
    creen que, tras convertirse en un planeta, la Tierra era una esfera
    ardiente de volcanes en erupción que llenaban la atmósfera de brumas y
    nubes. Cuando la temperatura descendió, los vapores se convirtieron en
    agua, separando la faz de la Tierra en tierra seca y océanos.


    La quinta tablilla del Enuma
    Elish, desgraciadamente mutilada, proporciona exactamente la misma
    información científica. Al describir los chorros de lava como la
    «saliva» de Tiamat, la epopeya de la Creación sitúa correctamente este
    fenómeno antes de la formación de la atmósfera, de los océanos de la
    Tierra y de los continentes. Después de que «las aguas de las nubes se
    reunieron», se formaron los océanos, y los «fundamentos» de la Tierra
    -los continentes- se elevaron.


    Cuando tuvo lugar «la
    realización del frío» -la bajada de temperaturas-, aparecieron la lluvia
    y la niebla. Mientras tanto, la «saliva» seguía manando, «haciendo
    capas», conformando la topografía de la Tierra.


    Una vez más, el paralelismo bíblico es evidente:
    Y dijo Dios:
    «Que se reúnan las aguas bajo los cielos,
    en un lugar, y que aparezca la tierra seca».
    Y así fue.


    La Tierra, con océanos,
    continentes y atmósfera, estaba preparada ahora para la formación de
    montañas, ríos, manantiales y valles. Atribuyendo la totalidad de la
    Creación al Señor Marduk, el Enuma Elish prosigue la narración:
    Poniendo la cabeza de Tiamat [la Tierra] en posición,
    él elevó las montañas encima.
    Abrió manantiales, y torrentes para sacar el agua.
    De los ojos de ella dejó salir el Tigris y el Eufrates.
    Con sus ubres formó las altas montañas,
    perforó manantiales para pozos, para sacar agua.


    En perfecto acuerdo con los descubrimientos actuales, tanto el Libro del Génesis como el Enuma Elish,
    y otros textos mesopotámicos, sitúan el comienzo de la vida en las
    aguas, seguido por «criaturas vivientes que bullan» y «aves que vuelen».


    No antes de esto aparecieron en
    la Tierra «criaturas vivientes de cada especie: ganado, cosas reptantes y
    bestias», culminando con la aparición del Hombre, el último acto de la
    creación.


    Como parte del nuevo orden
    celeste sobre la Tierra, Marduk «hizo aparecer al divino Luna...
    nombrándolo para señalar la noche y definir los días cada mes».


    ¿Quién era este dios celeste? El
    texto le llama SHESH.KI («dios celeste que protege a la Tierra»). En la
    epopeya, no existe mención previa de un planeta con este nombre; no
    obstante, éste dios está «dentro de su (de ella) presión celeste [campo
    gravitatorio]». ¿Y a quién se refiere ese «su»: a Tiamat o Tierra?


    Los papeles de, y las
    referencias a, Tiamat y la Tierra parecen ser intercambiables. La Tierra
    es Tiamat reencarnada. De la Luna se dice que es el «protector» de la
    Tierra; que es exactamente el papel que le asignó Tiamat a Kingu, su
    satélite jefe. La epopeya de la Creación excluye concretamente a Kingu
    de la «hueste» de Tiamat que fue destruida y diseminada, poniéndolos en
    movimiento inverso alrededor del Sol como cometas. Tras completar su
    primera órbita y volver al escenario de la batalla, Marduk decretó la
    suerte de Kingu:
    Y a Kingu, que había sido el principal entre ellos,
    lo hizo encoger;
    como al dios DUG.GA.E lo consideró.
    Le quitó la Tablilla de los Destinos,
    que no era legítimamente suya.
    Marduk,
    por tanto, no destruyó a Kingu. Lo castigó quitándole su órbita
    independiente, órbita que Tiamat le había concedido cuando creció en
    tamaño. A pesar de ser encogido, empequeñecido, Kingu siguió siendo un
    «dios» -un miembro planetario del sistema solar. Sin una órbita, no
    podía hacer otra cosa que volver a ser satélite. Y nos atrevemos a
    sugerir que Kingu se fue en compañía de la parte superior de Tiamat
    cuando éste fue arrojado a su nueva órbita (como el nuevo planeta
    Tierra). Así pues, creemos que la Luna es Kingu, el antiguo satélite de
    Tiamat.


    Convertido en un duggae
    celeste, Kingu fue despojado de sus elementos «vitales» -atmósfera,
    aguas, materiales radiactivos; encogió en tamaño y se convirtió en «una
    masa de arcilla sin vida». Estos términos sumerios describen a la
    perfección a la Luna, a su historia, recientemente descubierta, y a la
    suerte que recayó sobre este satélite que comenzó siendo KIN.GU («gran
    emisario») y terminó siendo DUG.GA.E («olla de plomo»).


    L. W. King (The Seven Tablets of
    Creation) informó de la existencia de tres fragmentos de una tablilla
    astronómica-mitológica que ofrecían otra versión de la batalla de Marduk
    con Tiamat, y en los que había algunos versos que trataban del modo en
    que Marduk despachó a Kingu. «Kingu, su esposo, con un arma no de guerra
    cortó las Tablillas del Destino del Kingu cogió en sus manos». En una
    revisión y traducción posterior del texto, hecha por B. Landesberger (en
    1923, en el Archiv für Keilschriftforschung), se demostró que los
    nombres Kingu/Ensu/Luna eran intercambiables.


    Estos textos no sólo confirman
    nuestra conclusión de que el principal satélite de Tiamat se convirtió
    en la Luna; también explican los descubrimientos de la NASA referentes a
    una inmensa colisión en la que «cuerpos celestes del tamaño de grandes
    ciudades se estrellaron en la Luna». Tanto los descubrimientos de la
    NASA como el texto descubierto por L. W. King describen a la Luna como
    «el planeta que quedó desolado».


    Se han encontrado también sellos
    cilindricos que representan la batalla celeste, que muestran a Marduk
    luchando con una feroz deidad femenina. En una de tales representaciones
    se ve a Marduk disparando su relámpago a Tiamat, con Kingu, claramente
    identificado como la Luna, intentando proteger a Tiamat, su creadora.






    Esta evidencia gráfica de que la
    Luna y Kingu eran el mismo satélite se reforzó más tarde con el hecho
    etimológico de que el nombre del dios SIN, asociado en épocas tardías
    con la Luna, provenía de SU.EN («señor de la tierra desolada»).


    Habiendo dispuesto de Tiamat y
    de Kingu, Marduk, una vez más, «cruzó los cielos e inspeccionó las
    regiones». Esta vez, su atención se centró en «la morada de Nudimmud»
    (Neptuno), para determinar un «destino» final a Gaga, el antiguo
    satélite de Anshar/Saturno que fue convertido en «emisario» para los
    demás planetas.


    La epopeya nos informa que, como
    uno de sus últimos actos en los cielos, Marduk asignó a este dios
    celeste «a un lugar oculto», a una órbita desconocida hasta entonces que
    daba a «lo profundo» (el espacio exterior), y le confió «la consejería
    de la Profundidad de las Aguas». En la línea de su nueva posición, el
    planeta se renombró como US.MI («aquel que muestra el camino»), el
    planeta más exterior, nuestro Plutón.


    Según la epopeya de la Creación,
    Marduk alardeó en cierto instante diciendo: «Los caminos de los dioses
    celestes voy a alterar ingeniosamente... en dos grupos se dividirán».


    Y, ciertamente, lo hizo. Eliminó
    de los cielos a la primera pareja-en-la-Creación del Sol, Tiamat. Trajo
    a la existencia a la Tierra, llevándola a una nueva órbita, más cercana
    al Sol. Repujó un «brazalete» en los cielos -el cinturón de asteroides
    que separa al grupo de los planetas interiores del grupo de los planetas
    exteriores. Convirtió a la mayoría de los satélites de Tiamat en
    cometas, y a su satélite principal, Kingu, lo puso en órbita alrededor
    de la Tierra para convertirse en la Luna. Y cambió de lugar un satélite
    de Saturno, Gaga, para convertirlo en el planeta Plutón, confiriéndole
    algo de sus propias características orbitales (como la de su plano
    orbital diferente).


    Los enigmas de nuestro sistema
    solar -las cavidades oceánicas de la Tierra, la devastación de la Luna,
    las órbitas inversas de los cometas, los misteriosos fenómenos de
    Plutón- son perfectamente explicables a través de la epopeya de la
    Creación mesopotámica, si la desciframos del modo en que lo hemos hecho
    aquí.


    Así pues, habiendo «elaborado
    las posiciones» de los planetas, Marduk tomó para sí la «Posición
    Nibiru», y «cruzó los cielos e inspeccionó» el nuevo sistema solar.
    Ahora se componía de doce cuerpos celestes, con doce Grandes Dioses como
    homólogos.




    [url=https://lh3.googleusercontent.com/-_YFkGg-03Ec/TW6dmgRqFHI/AAAAAAAAADE/Aa1mifB1YBo/s1600/fig110.jpg][img:a6a1][Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

    luisma
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    Re: El descubrimiento del Sol eléctrico.

    Mensaje por luisma el Dom Feb 05, 2012 2:47 pm

    Parte II

    "GUERRAS" PLANETARIAS EN TODAS LAS TRADICIONES ANTIGUAS
    [Traducido y adaptado por universoelectrico.blogspot.com a partir del artí*** original "Scars Of The Planetary Wars"]



    Es necesario recurrir a la Mitología griega para encontrar las mismas
    referencias de batallas planetarias, batallas entre Dioses poderosos.

    Cuando los dioses de la antigüedad entraron en guerra, toda la humanidad
    sucumbió al terror. Los titanes se alzaron sobre toda la Creación,
    acribillándose entre ellos con rayos y truenos,
    y la Tierra se agitó y los cielos se incendiaron. El Cielo fue el
    teatro de esta terrible lucha, y para los que observaban desde abajo..
    esto fue el fin del mundo.

    Esas fueron las guerras entre los Dioses, tal como nos relata la épica
    de la mitología. En su Teogonía ("Los orígenes de los Dioses"), el poeta
    Griego Hesíodo describió a Zeus en sus batallas con los Titanes.

    ¿Quiénes fueron los Dioses Griegos que pelearon en los Cielos? La
    tradición astronómica Griega identificó a sus Dioses más importantes con
    los PLANETAS: Zeus con Júpiter, Kronos con Saturno y Ares con Marte.

    ¿Por qué los antiguos astrónomos insistían sin cesar en que en los
    tiempos primitivos los planetas no seguían trayectorias o rumbos
    regulares y predecibles?

    Ideas similares las encontramos en escrituras Taoístas e Hindúes, en la
    Tradición Iraní y en las primeras fuentes astronómicas Chinas. En el Bundahish iraní, "los planetas corrían contra el Cielo y creaban confusión" (igual que decían los Sumerios!!). Tanto en los Libros Bamboo Chinos como en la Carta Astronómica Soochow, se nos relata que una gran catástrofe ocurrió cuando los planetas se movieron "fuera de sus trayectorias".

    Esta fue una profunda cuestión que puso encima de la mesa Immanuel
    Velikovsky (1895-1979) hace más de 50 años. En su best seller "Mundos en
    colisión", argumenta que el sistema planetario tal como lo conocemos
    ahora, es RECIENTE. Defendía que no más allá de unos pocos miles de
    años, la Tierra fue perturbada por acercamientos, casi colisiones, con
    otros planetas (Venus, Marte), dando como resultado la devastación de
    las culturas ancestrales sobre nuestro planeta.

    Sorprendentemente esto está en línea con los registros antiguos. En su Timaeus,
    Platón habla de que "un feroz fuego destruyó todas las cosas sobre la
    Tierra". Relata esta catástrofe que alteró el mundo como "un
    desplazamiento de los cuerpos en los Cielos, que se movieron alrededor
    de la Tierra".

    Pero Velikovsky fue desacreditado por la ciencia oficial. Los astrónomos
    argumentaron que Velikovsky consideraba un comportamiento de los
    planetas que desafiaba las "Leyes de la Gravedad". Y en cierto sentido
    tenían razón. Velikovsky no creía en el papel principal más importante
    de la gravedad en la historia del sistema solar. Y es, según él, por lo
    que los relatos ancestrales mencionaban a los RELÁMPAGOS
    en manos de los Dioses, que agitaban los Cielos. Velikovsky estaba
    convencido de que los planetas son cuerpos cargados eléctricamente, de
    modo que en épocas de inestabilidad, la aproximación de los planetas
    unos a otros causaban arcos eléctricos devastadores que pasaban de un cuerpo a otro. Son los "Relámpagos de los Dioses".

    (Fuente: Jeff Rense, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]



    LA PLASMASFERA DE LA TIERRA


    [Traducido y adaptado por universoelectrico.blogspot.com a partir del artí*** original "Plasma, Plasma, Everywhere"]


    Cuando
    se fotografía desde el espacio, la Tierra parece flotando en un negro
    vacío. Pero, invisible a nuestros ojos y a la mayoría de las cámaras,
    la Tierra está rodeada realmente de un complicado sistema de campos
    eléctricos y magnéticos interactuando entre sí, de corrientes eléctricas
    y de partículas cargadas. Todo esto constituye la "Magnetosfera".


    La magnetosfera proporciona una
    eficaz barrera entre el planeta y el viento solar, que no es mas que
    partículas cargadas expulsadas por el Sol. Estas partículas constituyen
    un plasma -una mezcla de electrones (partículas cargadas
    negativamente) e iones (átomos que han perdido electrones, por lo que
    se convierten en partículas con carga eléctrica positiva).


    "El 99,9% del Universo está constituido por plasma", declara el Dr. Dennis Gallagher, físico del plasma, del NASA's Marshal Space Flight Center. "Realmente, poquísimo material en el espacio está hecho de roca, como en la Tierra".


    El plasma de la magnetosfera
    tiene varios niveles de temperatura y de concentración. El más frío s
    encuentra a menudo en la llamada "Plasmasfera", una región toroidal
    (con forma de donut) que rodea a la Tierra por su ecuador. Pero el
    plasma de la plasmasfera puede detectarse por toda la magnetosfera, ya
    que es expandido por fuerzas eléctricas y magnéticas.


    La siguiente figura representa
    de forma artística a la magnetosfera. La región redondeada con forma de
    proyectil representa el "bow shock", lugar más externo en donde se
    confrontan la magnetosfera y el viento solar. El área en gris oscuro,
    entre la magnetosfera y el "bow shock", se denomina "Magnetopausa". La
    magnetopausa de la Tierra se extiende a unos 10 radios terrestres en
    dirección al Sol y quizás a similares distancias hacia los lados. La
    "Magnetotail" (con forma de cola) se cree que se extiende incluso a
    unos 1.000 radios terrestres en dirección opuesta al Sol.


    Magenetosfera y plasmasfera. El Sol, que no representa, estaría a la izquierda.



    Gallagher desarrolló un modelo
    general para describir la densidad del plasma que rodea a al Tierra. En
    su publicación "Global Core Plasma Model", a través del Journal of Geophysical Research,
    utiliza la expresión "Core Plasma" para referirse al plasma de
    energía-cero (en realidad desde 0 a 100 electron voltios) que
    constituye la plasmasfera.


    La
    plasmasfera se extiende a tan solo unos 2 o 3 radios terrestres y, bajo
    condiciones tranquilas en el lado nocturno quizás hasta más de 6 radios
    terrestres. La extensión de la plasmasfera depende de la actividad
    “climatológica” del espacio. Por ejemplo, largos periodos de estabilidad
    y quietud, permiten a la plasmasfera expandirse mucho.


    Plasmasfera de la Tierra



    “A través de
    cohetes, satélites y transbordadores espaciales hemos estado volando a
    través del plasma durante más de 40 años, por lo que poco a poco hemos
    ido adquiriendo conocimiento de sus propiedades, tal como la densidad y
    proporción de oxígeno, hidrógeno y helio”, declara Gallagher.


    El modelo de
    plasmasfera de Gallagher combina el modelo de Ionosfera de Referencia
    Internacional (IRI) a baja altitud con los modelos a altitudes mayores.
    La parte de nuestra atmósfera que contiene plasma –la ionosfera- está
    generalmente entre 90 y 1.000 Km sobre el suelo.


    Las
    longitudes de onda más cortas, desde el ultravioleta hasta los rayos-X,
    ionizan la atmósfera superior arrancando electrones de los átomos.
    Estos iones y electrones no se recombinan fácilmente en la ionosfera
    debido a su baja densidad, es decir, las colisiones entre partículas son
    muy poco frecuentes en esta atmósfera tan enrarecida.


    Desde el
    ecuador hasta las latitudes medias de la Tierra, la ionosfera se une
    suavemente con la plasmasfera. Más allá de los límites de la
    plasmasfera, la densidad de plasma en la magnetosfera puede caer hasta
    valores tan bajos como 0,01 partículas/cm3 (por ejemplo en la ionosfera
    la densidad varía entre unos miles hasta incluso 1 millón de
    partículas/cm3).


    “El plasma
    que rodea a la Tierra es una extensión natural de la atmósfera,
    ionizada por el Sol”, declara Gallagher. “Cualquier planeta que tenga
    una atmósfera recibirá del Sol una energía que se trasferirá a los
    átomos. La consecuencia será que los elementos más ligeros escaparán.
    Pero los campos magnéticos de la Tierra atrapan mucho de este gas que
    escapa. Un planeta como Marte que tiene, en el mejor de los casos, un
    campo magnético débil, también posee una atmósfera muy fina. Algunos
    investigadores han especulado con que el campo magnético de la Tierra
    pueden tener que ver con la lenta pérdida de nuestra atmósfera en el
    espacio.


    En la
    siguiente imagen, se representa la interacción de la magnetosfera con
    el Sol. El campo magnético de la Tierra proporciona una barrera de
    protección contra el viento solar.


    La magnetosfera interactuando con el Sol. Representación artística.



    Nuestra
    atmósfera proporciona presión, una temperatura apropiada y oxígeno
    –fundamentales para la vida en la Tierra. Sin la atmósfera, una parte de
    nuestro planeta se congelaría mientras que la otra se asaría bajo la
    intensa radiación solar.


    El modelo de
    Gallagher puede contribuir a nuestra comprensión de cómo el plasma de
    la Tierra afecta a nuestra calidad de vida. Las ondas de radio y las
    líneas de alta tensiones se ven afectadas por la presencia de plasma,
    así como también los satélites y los transbordadores espaciales. El
    plasma puede causar una acumulación de carga eléctrica en un lado de
    una nave espacial pero no en el otro, provocando a veces una descarga o
    arco eléctrico. Estos arcos eléctricos pueden cortocircuitar o destruir
    componentes electrónicos sensibles.

    Fuente: [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

    FranciscoBU
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    Re: El descubrimiento del Sol eléctrico.

    Mensaje por FranciscoBU el Dom Feb 05, 2012 3:23 pm

    study study

    Gracias luisma como siempre por tu gran trabajo cheers


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    Re: El descubrimiento del Sol eléctrico.

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