PROYECTO HUMANO

Estimado Visitante , este es un foro de estudio y preparación para el Nuevo Proyecto Humano , el de aprender a Pensar .
Verás que hacemos un especial incapie en las enseñanzas provenientes del Librepensamiento , debido a la compleja interrelación entre la realidad y lo que verdaderamente percibimos . Y la capacidad de éste , en poder develar el funcionamiento de ambas .
" El Nuevo Paradigma es no seguir sosteniendo ideas heredadas por obligación , inculcadas mediante el miedo y por reiteración , debemos crear nuestro propio pensamiento e ideas dentro de una Libertad Humana y Espiritual "
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    Hace muchos años que el Genocidio Mundial está sucediendo ...

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    Carol
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    Hace muchos años que el Genocidio Mundial está sucediendo ...

    Mensaje por Carol el Lun Feb 21, 2011 12:17 pm

    “Una cosa es la paternidad responsable, que nace de un profundo respeto a la vida, otra cosa son los planes que, en nombre del problema demográfico, son utilizados para la esterilización. Así, bajo el pretexto de reducir los nacimientos se lleva al genocidio a muchos pueblos pobres”. Adolfo Esquivel


    ¿Excedentes de población en Brasil, donde hay 17 habitantes por kilómetro cuadrado, o en Colombia donde hay 29? Holanda tiene 400 habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés muere de hambre; pero en Brasil y Colombia un puñado de voraces se queda con todo.” Eduardo Galeano


    El Informe de la Montaña de Hierro
    El discurso del miedo. El Informe de la Montaña de Hierro

    Fernando Hernández Holgado – Lunes.24 de octubre de 2005

    1. Los Iron Mountain Boys.

    En 1967 la aparición de un pequeño libro, El informe de Iron Mountain. Sobre la posibilidad y conveniencia de la paz, originó un considerable escándalo en un momento ciertamente delicado para el gobierno estadounidense, asediado por el movimiento de los derechos civiles de los negros y el de contestación a la guerra del Vietnam. No era para menos, ya que el texto se presentaba como un informe de carácter confidencial, encargado por altas esferas del Gobierno, que había sido finalmente filtrado al público.

    En la introducción, Leonard Lewin relataba su encuentro con “John Doe”, profesor de una conocida universidad del Medio Oeste y especialista en ciencias sociales, que le transmitió su deseo de ver publicadas las conclusiones de una investigación secreta en la que había participado junto con otros catorce científicos. Según Doe, todo empezó en agosto de 1963, cuando recibió una misteriosa llamada telefónica informándole de que había sido seleccionado para participar en una comisión investigadora formada por el gobierno. El objetivo no era otro que el de analizar un hipotético escenario de “paz permanente” y estudiar las diversas implicaciones de distinto orden -político, económico, social- que ello acarrearía para la sociedad estadounidense. La idea no era descabellada, ya que por aquellas fechas, solucionada la crisis de los misiles con Cuba y en los albores de la nueva fase de distensión entre los dos bloques, un progresivo desarme como consecuencia de las conversaciones con la URSS en curso se presentaba como una seria posibilidad a tener en cuenta.

    La primera cita a la que acudió John Doe en compañía de sus colegas, en agosto de 1966, tuvo lugar en Iron Mountain, en el Estado de Nueva York, un gigantesco refugio antinuclear que alojaba las sedes de cientos de grandes corporaciones multinacionales -entre las que se encontraban la Shell y la Standard Oil- preparadas para sobrevivir y continuar funcionando tras una hipotética hecatombe atómica. Fue allí donde quedó constituida formalmente la comisión con el nombre de Special Estudy Group, formada por quince destacados miembros de la comunidad científica, todos hombres. El énfasis en la metodología interdisciplinar de sus impulsores aparecía claramente de manifiesto en sus criterios de selección: el que hacía las veces de presidente del grupo en las reuniones, se encargaba de los contactos con la agencia gubernamental de la que dependía la comisión y facilitaba los honorarios a sus miembros era un conocido historiador y teórico político, con experiencia de gobierno. Los restantes científicos abarcaban prácticamente todas las disciplinas académicas: un psicólogo-educador; un psiquiatra; un sociólogo; un economista y crítico social; un abogado, profesor de derecho internacional y asesor del Gobierno; un antropólogo cultural; un químico; un bioquímico; un matemático; un físico y astrónomo; un analista de sistemas y planificador militar y un crítico literario. El decimoquinto miembro era un empresario relacionado con la Administración.

    Al parecer, siempre según John Doe, el proyecto se remontaba a 1961, en los comienzos del gobierno Kennedy, y había sido concebido por la nueva generación de funcionarios de mentalidad tecnócrata que accedieron al poder por aquel entonces -Robert Mcnamara, Dean Rusk, George McBundy- y que poco después se significarían como grandes impulsores de la guerra del Vietnam. Doe suponía que el grupo de científicos había sido nombrado por una comisión gubernamental adhoc, dependiente del departamento de Defensa, del de Estado o del Consejo de Seguridad Nacional. El objetivo del estudio encargado era claro: analizar de una manera racional y objetiva las consecuencias de un escenario de paz permanente en los Estados Unidos, con una perspectiva última de desarme total en el horizonte -abolición del ejército, desmantelamiento del servicio militar obligatorio y de la industria de armamentos- y prever, llegado el caso, las diferentes medidas que sería deseable adoptar. La metodología utilizada encajaba perfectamente en el modelo científico neopositivista dominante en la época: una exacerbada pasión por una racionalidad y un objetivismo pretendidamente absolutos, a salvo de cualquier interferencia subjetiva o juicio de valor alguno, moral o social. De hecho, en el informe final que posteriormente fue elaborado, se subrayaba como principal criterio de estudio una objetividad de “estilo militar”: esto es, el análisis de un hipotético escenario de desarme como si fuera una “contingencia de guerra”, aplicando las mismas técnicas con que hasta el momento se habían estudiado los escenarios previstos de guerra nuclear.

    Durante dos años y medio, los Iron Mountain Boys mantuvieron citas regulares hasta que a finales de marzo de 1966 quedó redactado el informe final, destinado en principio a funcionarios gubernamentales de alto rango. Inmediatamente el grupo pasó a debatir la conveniencia de su ocultación o publicación, algo que solamente podía explicarse por el carácter informal que desde el principio había tenido el proyecto: aunque los científicos no se habían comprometido formalmente a guardar secreto sobre la investigación, en la práctica se habían comportado como si así hubiera sido. La mayoría argumentó en contra de su publicación por miedo a los “explosivos efectos políticos” que pudiera generar en la sociedad estadounidense. John Doe fue el único que se opuso, ya que consideraba su difusión un deber cívico, de manera que entregó el texto a una editorial -a través de Leonard Lewin- sin desvelar la identidad de sus antiguos compañeros.

    2. Un informe escandaloso.

    Quizá uno de los aspectos más escandalosos del estudio fueran las premisas teóricas de las que se servían los autores para analizar las funciones de la guerra -militares y no militares- y su significado en las sociedades occidentales. En el informe, frente a la concepción tradicional de la guerra como un instrumento al servicio de la política de los Estados -según la famosa frase de Clausewitz como “continuación de la política por otros medios”- se afirmaba que…

    “La guerra no es, como se suele pensar, principalmente un instrumento de la política utilizado por las naciones para extender o defender sus proclamados valores políticos o sus intereses económicos. Al contrario, es en sí misma la principal base de organización sobre la cual están edificadas todas las sociedades modernas. La causa inmediata común de todas las guerras es la aparente oposición de una nación a las aspiraciones de otra. Pero en la raíz de cualquier ostensible diferencia entre los intereses nacionales descansan las exigencias dinámicas del sistema fundado sobre la guerra misma, que obligan a recurrir periódicamente a los conflictos armados. La disposición para la guerra caracteriza a los sistemas sociales contemporáneos de una manera mucho más exacta que las estructuras económicas y políticas bajo las cuales se subsumen”.

    Esto es, que la guerra constituye el principal eje vertebrador de las sociedades modernas, desempeñando una serie de funciones militares y, sobre todo, no militares -económicas, políticas, sociales, culturales- indispensables para su estabilidad y supervivencia. Bien entendido que los autores no se referían única y específicamente a las sociedades en estado actual de guerra, sino a las sociedades organizadas en torno a la posibilidad -en tanto que amenaza constante- de un conflicto armado, como era la propia nación estadounidense sumida en el largo período de guerra fría y de enfrentamiento con el bloque soviético. Según estas premisas teóricas, todo quedaba invertido: los conflictos políticos no son causa de la guerras, sino al contrario. La guerra -o más específicamente el sistema social fundamentado en la preparación de la misma- genera los conflictos que necesita:

    “Las guerras no son causadas por los conflictos de interés internacionales. Según un razonamiento lógico adecuado, sería más acertado afirmar que las sociedades guerreras exigen, y por consiguiente suscitan, tales conflictos”.

    Desde esta perspectiva, y a partir del estudio de las diversas “funciones no militares de la guerra” todo lo que antes podía carecer de sentido desde planteamientos de simple sentido común -como el exorbitado gasto militar de Estados Unidos, a todas luces socialmente inútil- se justificaba en función de una racionalidad o de una lógica propia, aunque desquiciada. Así, el ejemplo citado se explicaba por las llamadas funciones económicas de la guerra, pergeñadas en el estudio: el aparente “despilfarro” de las inversiones en armamento no solamente permitía dar salida a los excedentes de producción, sino que además funcionaba en la práctica como un mecanismo regulador de la economía, indispensable para los poderes públicos. La posibilidad de inducir demanda privada, de equilibrar la economía con inversiones públicas -mayoritariamente de gasto militar- o de estimular ciertas industrias que carecerían de impulso privado suficiente -como la del acero- otorgarían una singular utilidad social a lo que en apariencia no era más que un derroche sin sentido.

    Las funciones políticas de la guerra, apuntadas en el estudio, no resultaban menos sorprendentes, al asociar inextricablemente los términos “guerra” y “nación”:

    “En primer lugar, la existencia de una sociedad como “nación política” requiere, como parte de su definición, una actitud de relación hacia las otras “naciones”. Esto es lo que generalmente llamamos la política exterior. Pero la política exterior de una nación no puede tener entidad alguna si carece de medios para hacer valer su actitud frente a las otras naciones. Esto se puede conseguir de una manera creíble solamente si ello implica la amenaza de utilizar la máxima organización política para este propósito, es decir, si está organizada en mayor o menor grado para la guerra. La guerra, por tanto, definida de manera que incluya todas las actividades de una nación que reconozcan la posibilidad de un conflicto armado, es en sí misma el elemento definidor de la existencia de cualquier nación frente a otra.”

    Así, dada la virtual relación de sinonimia entre “guerra” y “nación”, “la eliminación de la guerra implicaría la inevitable eliminación de la soberanía nacional y del Estado-nación tradicional”. Pero el sistema social fundamentado en la guerra no solamente hacía posible, según los autores del estudio, la existencia y el mantenimiento de un Estado frente a otros en la arena internacional, sino también la propia estabilidad interna de la estructura política de la sociedad en cuestión. Presentaba, pues, tanta utilidad en términos de política interior como exterior, habida cuenta de que un Estado siempre podía recurrir a una amenaza externa, de guerra, para cohesionar a su propio cuerpo social en situaciones de crisis:

    “La posibilidad de una guerra proporciona la sensación de necesidad externa sin la cual ningún gobierno puede conservar durante mucho tiempo el poder. La historia recoge numerosos ejemplos de que el fracaso de un régimen a la hora de mantener la credibilidad de una amenaza de guerra ha llevado a su disolución, por la acción de fuerzas de intereses privados, de reacciones ante la injusticia social, o de otros elementos desintegradores. La organización de una sociedad en función de la posibilidad de una guerra es la fuente principal de su estabilidad política”.

    Las funciones sociológicas de la guerra, por su parte, se cifraban, expresado en el lenguaje más frío y antiséptico posible, en el control de los sectores más “rebeldes y peligrosos” de la población joven de una sociedad dada a través de la institución del servicio militar obligatorio. Los autores del informe se apoyaban principalmente en el caso estadounidense, esto es, en el Selective Service System, que discriminaba claramente a la población susceptible de ser movilizada en función de criterios sociales, reclutando en primer lugar a jóvenes desempleados, sin estudios o de escasa cualificación laboral: de ahí la gran presencia de minorías negras o hispanas en el contingente movilizado a la sazón en Vietnam. Desde esta perspectiva, la verdadera justificación del servicio militar para un Estado-nación cualquiera no descansaba tanto en su presunta necesidad para defender la patria en tiempo de guerra sino en su propia utilidad en tiempo de paz, como instrumento de control social.

    Pero, aparte de esto, el sistema social fundamentado en la guerra no sólo servía, según el informe, para controlar a sus elementos más díscolos, sino para vertebrar y asegurar todo el cuerpo social. Entroncando con las funciones políticas de la guerra más arriba apuntadas, la amenaza, o el propio concepto de enemigo, se convertía en el resorte fundamental, en la clave de arco de una sociedad dada:

    “En general, el sistema fundamentado en la guerra proporciona el móvil básico para una organización social fundamental. De esta forma refleja, al nivel de la sociedad, los incentivos del comportamiento humano individual. El más importante de estos incentivos, para los intereses sociales, es la motivación psicológica individual de lealtad a una sociedad y a sus valores. La lealtad requiere una causa; una causa requiere un enemigo. Esto es obvio; el punto decisivo es que el enemigo que define la causa debe ser realmente temible. Por así decirlo, el presunto poder del “enemigo” capaz de asegurar un sentido individual de lealtad a una sociedad, debe ser proporcional al tamaño y la complejidad de la sociedad. Hoy, por supuesto, ese poder debe poseer una magnitud y una capacidad aterradora sin precedentes”.

    De este modo, y aunando las funciones políticas y sociológicas de la guerra,

    “(…) La existencia de una amenaza externa aceptada es, por consiguiente, esencial tanto para la cohesión social como para la aceptación de la autoridad política. La amenaza debe ser creíble, de una magnitud adecuada a la complejidad de la sociedad amenazada, y debe ser presentada, cuando menos, como pesando sobre la sociedad entera”.

    Habría sido imposible leer este texto en 1967 y no relacionarlo con la amenaza de un hostil universo comunista pendiendo sobre las cabezas del “mundo libre”, por utilizar la jerga oficial del gobierno. Fue precisamente en aquel año cuando la OTAN, por inspiración de Estados Unidos, adoptó la llamada estrategia de “respuesta flexible”, que preveía un complejo escenario de pequeñas guerras limitadas -con posible uso de armamento nuclear táctico-en diversos lugares del mundo: desde Vietnam -donde tropas estadounidenses venían combatiendo desde 1963- hasta la propia Europa Occidental, llegado el caso de una hipotética invasión de tropas soviéticas. Y esto era así porque las amenazas al poder estadounidense, desde finales de los años cincuenta, parecían haberse multiplicado y diversificado en todos los continentes: incluso la emergencia de gobiernos más o menos autónomos en antiguos territorios coloniales -el Egipto de Nasser, el Irán de Mossadegh, la Indonesia de Sukarno- se contemplaban como enemigos más o menos asociados al poder soviético.

    Pero las conclusiones del informe de la Montaña de Hierro destilaban una terrible sospecha: que tales enemigos quizá no fueran realmente tan horrendos y peligrosos como proclamaba el gobierno. O que tal vez ni siquiera fueran reales -como amenazas para la seguridad de los ciudadanos estadounidenses- aunque convenía, sin embargo, que fueran percibidos como tales. Lo cual insinuaba una distinción fundamental entre la entidad real de la amenaza y la percepción de la misma que el gobierno procuraba inocular en sus ciudadanos. De hecho, el propio informe incidía en su carácter artificioso y alambicado:

    “Debe subrayarse que la prioridad otorgada por una sociedad a su capacidad para hacer la guerra, por delante de sus otras características, no es el resultado de la presunta “amenaza” que pueda existir en un momento dado por parte de otras sociedades. Es lo contrario de la situación de partida; la “amenaza” contra el “interés nacional” es habitualmente creada o acelerada para adaptarse a las necesidades en continuo cambio del sistema de guerra. Sólo en tiempos relativamente recientes se ha juzgado políticamente útil recurrir al eufemismo de necesidades de “la defensa” para nombrar los presupuestos de guerra. La necesidad por parte de los gobiernos de distinguir entre “agresión” -mala- y “defensa -buena- ha sido un subproducto de la extensión de la educación y de la aceleración de las comunicaciones. La distinción es solamente táctica, una concesión a la creciente inadaptación de las antiguas justificaciones políticas del sistema fundamentado sobre la guerra”.

    La explicación cuestionaba de paso un concepto, el de “defensa”, manipulado para justificar y legitimar ante la opinión pública de una sociedad determinada todo tipo de aventuras bélicas. En apoyo de esta afirmación podría citarse el fenómeno generalizado del cambio de nombre de los antiguos Ministerios de la Guerra de los países occidentales, que tras la II Guerra Mundial, y sin excepción alguna, habían pasado a llamarse “Ministerios de Defensa”. El tono cínico del informe alcanzaba, sin embargo, sus mayores cotas en el estudio de las llamadas funciones ecológicas de la guerra, como medio de combate contra la superpoblación mundial, sobre todo a partir de la invención y uso de armamento de destrucción masiva. O en los comentarios de tintes grotescos sobre las llamadas funciones culturales o científicas, donde los autores se extendían sobre las relaciones entre ciencia y guerra, destacando los avances científicos que acompañaban cada conflicto armado, por ejemplo en medicina:

    “Sólo la guerra de Vietnam ha conducido a progresos espectaculares en técnicas de amputación de miembros, de transfusiones sanguíneas y logística quirúrgica. Ha incentivado nuevas y amplias investigaciones sobre la malaria y otras enfermedades parasitarias típicas…”

    El informe concluía, como no podía ser menos después de lo apuntado, que un escenario de paz permanente a partir de unas hipotéticas conversaciones exitosas con el bloque soviético, generaría unos efectos absolutamente demoledores sobre la sociedad estadounidense, amenazando con desintegrar sus propios fundamentos. A cada una de las funciones mencionadas de la guerra, le correspondería un efecto pernicioso en los diversos órdenes: crisis de la economía, pérdida de legitimidad de la autoridad política de turno, inestabilidad social, desaparición de incentivos científicos y culturales… De ahí que, frente a las múltiples utilidades del sistema social basado en la guerra, el establecimiento de otro sistema distinto fundado en la paz, asumiendo que ello fuera posible…

    “(…) significaría una aventura en lo desconocido que comportaría los inevitables riesgos de lo imprevisto, por muy pequeños que fueran éstos y muchas las precauciones que se tomasen”.

    La paz, por tanto, no era plato de buen gusto. De hecho, representaba una mayor amenaza -real, no virtual, ilusoria o prefabricada- que cualquier guerra, fuera fría o caliente. 1

    3. La impostura de Lewin.

    Aparte del escándalo que suscitaron tales conclusiones, de inmediato surgió la polémica sobre la autenticidad del informe. Una polémica que el propio gobierno contribuyó a alimentar al mostrarse excesivamente cauto en la negativa de toda relación con el mismo, y que desempeñó un papel decisivo en su éxito editorial. El libro fue traducido a varios idiomas, y de alguna forma todo el mundo se sintió impulsado a tomar posición. El prestigioso economista John Kenneth Galbraith dio fe de su autenticidad en varios artículos, incluido un prólogo a la traducción francesa del texto, publicada en 1968. El propio Galbraith fue uno de los nombres que se manejaron como posible autor del falso informe, al lado del de Leonard Lewin, responsable de la edición. En general, los comentaristas tendieron a verlo como una ingeniosa obra de sátira política, y al margen del debate sobre su autenticidad o impostura, la mayor parte valoró el esfuerzo del autor por llevar al terreno de la discusión pública asuntos que tradicionalmente habían estado en manos de expertos: los expertos del gobierno, de la seguridad, de la guerra, de la paz.

    No lo vieron así, ni mucho menos, aquellos que formaban parte de estos círculos de expertos y que se sintieron, por tanto, atacados: desde Herman Kahn -a la sazón famoso analista y autor de estudios estratégicos sobre las implicaciones de una eventual guerra nuclear para los Estados Unidos- hasta diversos asesores de la Fundación RAND -ligada al gobierno y al Pentágono- pasando por Henry Kissinger, que calificó de “idiota y petulante” directamente a su autor. No era de extrañar: la poderosa carga crítica del Informe de la Montaña de Hierro no solamente cuestionaba la política militarista estadounidense de la época -de una manera sutil, en forma de sátira- sino que además se servía de la polémica de su autoría para trascender el estrecho círculo de especialistas de la seguridad y acceder a capas más amplias de la población. Al fin y al cabo, la paz y la guerra eran asuntos demasiado valiosos para dejarlos exclusivamente en manos de expertos.

    Satisfecho este objetivo, varios años después el propio Lewin zanjaría dicha polémica al reconocer públicamente la autoría del informe en un artí*** publicado en el New York Times. Según sus propias palabras,

    “Lo que yo pretendí fue simplemente presentar los temas de la guerra y de la paz de una forma provocativa. Abordar el carácter esencialmente absurdo del hecho de que el sistema fundamentado en la guerra, por muy vengonzoso que resulte, es no obstante aceptado como parte de un necesario orden de cosas. Caricaturizar el fracaso de una mentalidad de gabinete estratégico (think tank) llevando su estilo de pensamiento científico hasta sus últimas consecuencias. Y quizá, con suerte, ampliar el ámbito de la discusión pública de “la planificación de la paz” más allá de sus habituales y aburridos límites”.

    Lewin era consciente de que un ensayo de crítica política jamás habría gozado de tanta difusión de no haberse apoyado en la polémica de su autoría, a partir de su apariencia de informe gubernamental. En cuanto al impacto que desencadenaron sus atrevidas conclusiones, en 1972, más de cuatro años después de la publicación del libro, para Lewin resultaba más que evidente que su sátira-ficción había sido superada por la realidad. Y se preguntaba si documentos oficiales indudablemente reales que finalmente fueron filtrados a la prensa y publicados, como los famosos Pentagon Papers -que descubrieron con toda crudeza los objetivos geoestratégicos de la intervención estadounidense en Indochina, bajo un discurso formal de defensa de los derechos humanos del pueblo vietamita- no resultaban, en sí mismos, mucho más escandalosos que el de los quince falsos científicos de la Montaña de Hierro. 2

    4. Una ficción muy real.

    En 1729, Jonathan Swift publicaba una obrita titulada Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al público. Su forma era la de una propuesta elevada a los gobernantes ingleses de Irlanda, con el fin de aliviar el problema que para los poderosos representaba la realidad de la mendicidad infantil en la isla, siguiendo un estricto criterio de utilidad económica. Para acabar con el exceso de población infantil molesta e improductiva, beneficiando al mismo tiempo a la sociedad, el autor proponía vender a los bebés de mendigos y otras gentes empobrecidas,

    (…) a las personas de calidad y fortuna del reino, aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa”.

    De esta manera, y calculado el costo de cría de un hijo de mendigo en unos dos chelines al año, “harapos incluidos”,

    “(…) creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual (…) sacará cuatro fuentes de carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el caballero aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios, y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.”

    “Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo, cuya piel, artificiosamente preparada, constituirá admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros delicados”.

    La sátira de Swift se apoyaba en un sencillo recurso: el de llevar a sus últimas consecuencias la misma lógica que pretendía criticar, esto es, la del poder británico dominante en la empobrecida Irlanda del siglo XVIII, basada en los principios del utilitarismo económico -los del naciente liberalismo- más descarnado y ajeno a toda consideración ética o social. Lo mismo hizo Leonard Lewin en su Informe de la Montaña de Hierro, y en su caso lo que terminó describiendo fue el complejo mecanismo del militarismo estadounidense durante el período central de la guerra fría. Para ambos, el formato de falso documental, o de ficción emboscada, representaba el medio más efectivo de multiplicar el alcance de su crítica de la realidad actual.

    Cuando en su ficticio informe Lewin describía “la utilidad de la amenaza” como eje vertebrador de todo sistema social fundamentado en la guerra, estaba aludiendo de hecho a realidades muy concretas, referidas a la historia del propio militarismo estadounidense. Una de ellas era la propia configuración del imaginario de “enemigo soviético” una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos se habían erigido en la primera potencia económica y militar del planeta. En 1946 o en 1947 habría sido difícil identificar una amenaza exterior para la sociedad estadounidense lo suficientemente creíble y poderosa -según la descripción de Lewin- como para generar un efecto de firme cohesión social interna en torno al proyecto político de turno. Pero si de lo que se trata es de diseñar o perfilar una amenaza de estas características, existen dos vías para hacerlo, perfectamente complementarias: la magnificación del presunto peligro exterior y la exageración de la debilidad de la posición propia, inerme ante dicho enemigo. Esto último fue lo que hizo el sovietólogo George Kennan, uno de los grandes valedores del discurso estadounidense de la guerra fría, al justificar de esta forma la novedosa “doctrina de contención” del enemigo soviético:

    “En la actualidad los Estados Unidos somos una potencia sola y amenazada en el mundo. Nuestros amigos se han agotado y han sacrificado su potencial en la causa común. Fuera de ellos -fuera del círculo de quienes comparten nuestra lengua y tradiciones-, nos enfrentamos con un mundo hostil, resentido en el mejor de los casos. Una parte de este mundo está subyugado al servicio de una gran fuerza política que busca nuestra destrucción. El resto es por naturaleza celoso de nuestra abundancia natural, ignora o menosprecia los valores de nuestra vida nacional y se muestra escéptico respecto a nuestra capacidad para gobernar nuestro propio destino y hacer frente a las responsabilidades de la grandeza nacional”.

    Kennan pronunciaba estas palabras en 1947, cuando las tropas estadounidenses ocupaban gran parte de Europa Occidental y el país no poseía colonias -al menos del mismo tipo que las del Imperio francés o británico- que defender de los procesos de independencia en curso. Los bombardeos nucleares realizados un par de años antes en Japón habían escenificado convenientemente su absoluta primacía militar, tal y como se ha mencionado en el primer capítulo. Aquella presunta condición de los Estados Unidos como potencia sola y amenazada, enfrentada a un mundo hostil, no parecía corresponderse con su verdadera situación en el mundo, sino con un discurso artificioso y alambicado: aquel que, según el informe de Lewin, servía para fines muy distintos de los que decía perseguir.

    Pero la amenaza exterior podía ser también magnificada de una manera directa, sin necesidad de recurrir a la exageración de la propia debilidad. Hoy se sabe que los datos oficiales estadounidenses sobre la existencia de 175 divisiones soviéticas y 75 de los países satélites de Europa Oriental, prestas a echarse encima de los indefensos aliados europeos, no eran ciertos. Fue precisamente su falsedad lo que contribuyó a crear el clima de amenaza necesario que justificó el rearme estadounidense y la propia fundación de la OTAN en 1949. Stalin, pese a lo que entonces sostenía la propaganda oficial aliada, había empezado a desmovilizar gran parte de sus tropas del escenario europeo ya desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sus ejércitos no eran ni mucho menos tan numerosos ni estaban tan bien pertrechados como denunciaban los servicios de información estadounidenses, es de suponer que con conocimiento de los datos reales que pretendían ocultar. Aparte de esto, esas tropas tenían una función propia que nada tenía que ver con una hipotética y no menos delirante invasión de Europa Occidental: la de asegurar el orden en los territorios ocupados en Europa Central y Oriental y reprimir a las minorías nacionales de la Unión Soviética, entre ellas al pueblo checheno, que en febrero de 1944 había sido deportado a la república de Kazajstán. Por no hablar de su uso como fuerza de trabajo y de reconstrucción en el Estado que más coste humano y económico había sufrido en su enfrentamiento con las fuerzas del Eje.

    El mito de la marea humana del Ejército Rojo amenazando Europa, que durante los cuarenta años de guerra fría serviría de coartada y acicate para el rearme de Estados Unidos y de la OTAN, respondía cabalmente a los requisitos de la amenaza exterior que había perfilado Lewin: creíble, poderosa y como pesando sobre la sociedad entera. Pero la imagen de la oposición irreconciliable entre las dos potencias alcanzaría su máxima simplificación en 1950 -vísperas de la Guerra de Corea- de la mano de Paul Nitze, sucesor de George Kennan en la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado. En el documento NSC68 -considerado una especie de texto fundacional del discurso de la Guerra Fría, desclasificado en 1972- Nitze terminaba reduciendo el enfrentamiento entre bloques a un combate a muerte entre dos Ideas, con mayúsculas:

    “Hay un conflicto básico entre la idea de libertad bajo un gobierno de leyes y la idea de esclavitud bajo la siniestra oligarquía del Kremlin (…). La idea de libertad, por otra parte, es característica e insoportablemente subversiva de la idea de esclavitud. Pero la conversión no es cierta. El implacable propósito del Estado esclavo de eliminar el desafío de la libertad ha situado a los dos grandes poderes en polos opuestos (…) Ningún otro sistema de valores es tan irreconciliable con el nuestro, tan implacable en su propósito de destruir el nuestro, tan capaz de aprovechar en su propio beneficio las más peligrosas y divisionarias tendencias de nuestra propia sociedad, ninguno evoca tan hábil y poderosamente los elementos de irracionalidad en la naturaleza humana por doquier, y ninguno tiene el apoyo de un gran y creciente centro de poder militar”.

    Si la doctrina de contención de Kennan había apuntado hacia la última “conversión” del enemigo soviético, en lo que constituía el horizonte final de victoria de Estados Unidos y sus aliados, Nitze daba un paso más allá al negar incluso esa misma posibilidad, más o menos remota. Frente a la Unión Soviética, la única relación posible era la de destrucción. La oposición devenía absoluta, los términos incompatibles. Frente a la Libertad, la Esclavitud; frente al Interés Nacional de Estados Unidos, el Plan Maligno -Evil Design- del Kremlin. Se había gestado no sólo un enemigo, sino toda una mitología, un cuerpo de pensamiento simplista que reducía el mundo a dos fuerzas, dos entes vehiculados por una relación de violencia y destrucción. Un Nosotros y un Ellos -el Enemigo- que quedaba satanizado y deshumanizado a la vez, reducido a una pura idea de maldad: los rasgos básicos del proceso de militarización mencionado en el capítulo anterior.

    Proyectar en el otro una imagen del Mal absoluto generaba el efecto paralelo e indirecto de absolutizar la posición propia en la idea del Bien. Como si se tratara de un juego de espejos, cuanto más demonizada quedaba la imagen del enemigo, más se encumbraba e idealizaba simultáneamente la propia, la de la sociedad supuestamente amenazada. De hecho, ese mismo acento en la idea de Libertad, encarnada en la Nación estadounidense, resultaba una virtud tan excelsa que, como los bienes más preciados, conllevaba al mismo tiempo una peligrosa debilidad. Nitze era bien consciente de ello cuando afirmaba que…

    “Una sociedad libre es vulnerable cuando resulta fácil para la gente caer en excesos: los excesos de una mente permanentemente abierta esperando con nostalgia la prueba de que el Plan Maligno -Evil Design- pueda llegar a convertirse en noble propósito, el exceso de la fe convirtiéndose en prejuicio, el exceso de la tolerancia degenerando en indulgencia con la conspiración…”

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    Re: Hace muchos años que el Genocidio Mundial está sucediendo ...

    Mensaje por Carol el Lun Feb 21, 2011 12:18 pm



    Incluso la esperanza de que el Enemigo pudiera llegar a reformarse se convertía en un exceso que podía causar la derrota de la posición propia, y era, por tanto, punible. No por casualidad fue este mismo discurso el que legitimó la caza de brujas de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, cuando el senador McCarthy y el secretario de Estado Acheson aireaban el espantajo de la Marea Roja -the Red Tide- el enemigo interior que infectaba el cuerpo social estadounidense. Paradójicamente, la defensa de la Libertad en abstracto exigía el recorte de las libertades civiles tan duramente conquistadas, por medio de leyes tan restrictivas como las de Seguridad Interna y de Inmigración, aprobadas al calor de la nueva Guerra de Corea. La imagen esgrimida del Enemigo servía así a los gobiernos para cohesionar la sociedad en torno al proyecto político propio, asegurarse la lealtad de sus ciudadanos en un siempre oportuno clima patriótico y librarse al mismo tiempo de los elementos menos leales y más críticos con el orden establecido.

    Por cierto que, al otro lado del Telón de Acero, el clima de guerra servía asimismo al poder soviético para apuntalar sus prácticas represivas y de control social. Una nueva oleada de purgas estalinianas recorrió a los países satélites de la URSS durante este mismo período: desde el proceso Rajk, en Hungría -1948- hasta el proceso Husak-Slansky, que se prolongaría hasta 1952. Todo indicaba que detrás de la imagen deformada del Enemigo Soviético -la que aparecía a los ojos del “mundo libre”- habitaba otro militarismo no menos sombrío, que esgrimía a su vez, en su propio beneficio, una amenaza de rasgos igualmente grotescos y magnificados. La “utilidad de la amenaza” como vertebrador de un orden social y político dado -al margen de su ideología- parecía ilustrar en los hechos históricos las llamadas funciones políticas y sociológicas del sistema fundamentado sobre la guerra, pergeñadas en el Informe de la Montaña de Hierro. 3

    5. Keinesianismo militar.

    Pero también era posible encontrar un asidero real a las funciones económicas de la guerra descritas en la sátira-ficción de Leonard Lewin. Su propio autor se había mostrado singularmente interesado por este asunto, ya que parece ser que fue la noticia de una caída de los índices de bolsa por un fenómeno de “Miedo a la paz” -peace scare-, en vísperas de una ronda de negociaciones de distensión entre bloques, lo que lo animó a escribir el falso informe. Las recomendaciones de Paul Nitze en el NSC68 recogían un aumento del gasto militar en tiempo de paz sin precedentes en la historia de los Estados Unidos. Era una apuesta novedosa. Frente a la creencia tradicional de que el gasto militar era improductivo y perjudicial para la riqueza de un país, Nitze pretendía justificarlo no solamente por criterios políticos, sino también por su funcionalidad económica.

    “Desde el punto de vista de la economía como un todo, el programa [militar] no redundaría en un descenso del nivel de vida, sino que sus efectos económicos podrían incrementar el Producto Nacional Bruto en una cantidad mayor que la absorbida por los objetivos de gasto militar y ayuda a otros países.”

    Se trataba de trasladar al capítulo del gasto militar las mismas nociones de la teoría keynesiana: las inversiones públicas, aunque se tratara de algo tan socialmente inútil como las armas, podían dinamizar la economía al estimular la producción y el consumo privados, absorbiendo excedentes productivos y creando puestos de trabajo. El Pentágono, como principal cliente de la industria armamentística, se afirmaba así en su papel de agente impulsor de la economía privada. Cuando en abril de 1950 el presidente Truman recibió el NSC68, su primera reacción fue la desestimarlo, para disgusto del Secretario de Estado Acheson. Fue el clima de tensión bélica y patriótica provocado por la guerra de Corea lo que decidió a Truman a aprobarlo -en el mes de septiembre- convirtiéndolo en el modelo de estrategia política a seguir durante los próximos años. Los efectos fueron inmediatos. Si en el año fiscal de 1950 el gasto militar de Estados Unidos ascendía a 13 millardos (miles de millones) de dólares, en 1953 se elevaba a casi 49. El conflicto de Corea proporcionó la coartada necesaria para el empujón definitivo del incremento del gasto militar, iniciado a principios de los cuarenta. La tendencia proseguiría año tras año, escalonándose en cada conflicto y acrisolando esa especie de subsistema social autónomo, mezcla de negociantes, políticos y militares, que con el tiempo se daría en llamar el Complejo Militar-Industrial.

    Pero para principios de los sesenta eran ya numerosas las voces que denunciaban el Complejo Militar-Industrial como instrumento de un capitalismo de Estado que vulneraba las reglas del libremercado que la administración estadounidense, con su ejército a la cabeza, decía defender en todo el mundo. Los gastos militares habían servido para impulsar procesos de innovación tecnológica, así como para inducir y estimular la demanda privada, poniendo en práctica una suerte de keinesianismo militar. Sin embargo, el proceso había estado viciado desde el principio: durante toda la década de los sesenta, el 80% de los pedidos de armamento del gobierno no se hizo sobre una base de competencias, por concurso, sino por adjudicación directa. La hipertrofia del gasto militar y el colosal crecimiento de corporaciones multinacionales como Lockeed Martin, Boeing, McDonnell Douglas o General Electric fueron procesos simultáneos. Las consecuencias de este tipo de prácticas oligopolísticas fueron la fijación de precios excesivos, la generación de costes adicionales y, a la postre, la profundización de la espiral inflacionaria que forzaría la brusca devaluación del dólar en 1971. El resultado fue que el keinesianismo militar terminó revelando graves puntos débiles: ni siquiera pudo argumentar en su favor la creación de empleo, dada la bajísima ratio o proporción entre inversión de capital y puestos de trabajo generados que siempre ha caracterizado a la industria de defensa dada su altísima tecnologización. 4

    6. La percepción de la amenaza.

    El Enemigo Soviético o Comunista sirvió como eficaz imaginario de amenaza para el poder estadounidense y sus aliados durante cerca de cuarenta años de guerra fría -con períodos de mayor o menor calentamiento- alimentando durante todo el proceso el crecimiento del gasto militar mundial. Por lo que se refiere a Estados Unidos, el funcionamiento del Complejo Militar-Industrial como subsistema social autónomo, sometido a sus propias reglas, acabó provocando una total confusión entre percepciones y realidades más o menos constatables. Dado que los servicios de información formaban parte de este sistema, cuya supervivencia se fundamentaba y justificaba en la continua percepción de la amenaza por parte de los ciudadanos, se generó una curiosa situación de autismo. Las informaciones que servían para sustentar esa sensación de amenaza -a partir de datos manipulados y exagerados- se convirtieron en las únicas relevantes para los poderes gobernantes, ya que justificaban aquello que desde un principio se buscaba: el gasto en armamento y el clima necesario de cohesión social -nacional o internacional- en torno al proyecto político propio.

    Eso fue lo que sucedió con el mito de la marea humana de las tropas soviéticas amenazando Europa Occidental recién finalizada la Segunda Guerra Mundial, tal y como se ha visto más arriba. Pero no fue ese el único caso. Durante toda la guerra fría, los gobiernos estadounidenses recurrieron periódicamente al argumento del presunto desfase en armamento frente a la maquinaria militar de la URSS para justificar nuevos repuntes en su gasto de defensa. Uno de los ejemplos más escandalosos fue el llamado desfase o “brecha” de los misiles -missile gap- utilizado por el gobierno Kennedy en su campaña electoral de 1961, en la que presentó de manera alarmista a una América vulnerable por primera vez a los misiles intercontinentales soviéticos. Al explotar una presunta situación de inferioridad, se encubría mejor lo que no era sino un comportamiento agresivo, ya que a principios de la década de los sesenta Estados Unidos dio un paso de gigante en la cristalización definitiva del Complejo Militar-Industrial por medio del rearme intensivo en fuerzas nucleares y convencionales. En realidad, hacia 1961 la URSS aún no había desarrollado la tecnología necesaria para que sus misiles pudieran alcanzar el territorio estadounidense. La alcanzaría, sin embargo, años después, obligada en parte por aquel nuevo empuje en la carrera armamentística.

    Dando un brusco salto a la situación actual, caracterizada por las diversas guerras capitaneadas por George W. Bush contra el terrorismo internacional en Afganistán e Irak, no es posible menos que descubrir acusadas semejanzas entre el lenguaje de la administración estadounidense y el del maniqueo discurso de la Guerra Fría. Es como si, finalizado el vacilante período de los primeros diez años de posguerra fría, con la crisis resultante de la brusca desaparición del enemigo secular y la búsqueda desesperada de otras amenazas de recambio, el gobierno Bush hubiera recuperado la rotunda seguridad de los códigos de antaño. Evidentemente esta seguridad se ha visto reforzada por los dramáticos acontecimientos del Once de Septiembre de 2001, pero ya antes de esa fecha la administración Bush había perfilado los términos claves de su visión militarista, llamativamente binaria, del mundo. Durante su campaña electoral de la primavera del año anterior, el futuro presidente había puesto ya un singular empeño en recuperar las viejas coordenadas absolutas del Bien y el Mal, con el fin de justificar el programa de rearme intensivo que proponía:

    “Este es un mundo mucho más incierto que en el pasado… Pero, aunque es un mundo incierto, estamos seguros de algunas cosas. Estamos seguros de que, a pesar de que haya muerto el imperio del mal, el mal sigue existiendo. Estamos seguros de que hay gente que no puede soportar lo que representa América… Estamos seguros de que hay locos en el mundo, y terror, y misiles”.

    El Mal, en abstracto, seguía existiendo, aunque sin un Imperio como el de la URSS de la Guerra Fría. Por aquel entonces estaba representado de una manera especialmente concreta por un rosario de países calificados como Rogue States -“Estados Delincuentes”, “Canallas”, “Granujas”- que poseedores de una maldad innata y de armas de destrucción masiva, amenazaban presuntamente no sólo a Estados Unidos, sino a todo Occidente. 5

    7. El Escudo Antimisiles y los “Estados Delincuentes”

    Antes de los sucesos del Once de septiembre, la existencia de estos Estados Delincuentes -que incluían a Corea del Norte, Libia, Irak e Irán- fue el recurso más utilizado a favor de un rearme estadounidense, cuyo proyecto estrella era el Programa Nacional de Defensa Antimisiles -NMD, National Missile Defense- a la sazón todavía en mantillas. La ejecución de esta modalidad de escudo antimisiles -que ya había sido aprobada por la Administración Clinton en julio de 1999- cuyo coste se calculaba en unos 30 millardos de dólares -casi unos seis billones de ptas.- suponía tanto un paso de gigante en la escalada del gasto militar de Estados Unidos como un suculento bocado para las empresas contratatantes, encabezadas por Boeing y Raytheon.

    Los argumentos utilizados para justificar el desarrollo de este proyecto -cuyo presupuesto parecía estirarse indefinidamente y reclamar incluso la colaboración de los aliados europeos, a los que se intentó convencer de que también ellos estaban amenazados- no podían ser más delirantes en su evocación de los tiempos de la Guerra Fría. Se decía, por ejemplo, que Corea del Norte podía alcanzar el territorio estadounidense con misiles intercontinentales. Exactamente el mismo falsario argumento del que se sirvió Kennedy en su campaña electoral de 1971, sólo que entre la URSS de principios de los setenta y la empobrecida Corea del Norte de 1999, la diferencia en términos de capacidad militar era ciertamente abrumadora. En la historia del armamento nuclear, el gran desafío tecnológico lo ha constituido siempre la capacidad de proyección de la carga -convencional, química o nuclear- sea mediante aviones, submarinos o plataformas de lanzamiento de misiles. Por ello, hoy por hoy, pertenece al subgénero de la política-ficción que un país como Corea del Norte, sujeto a periódicas crisis alimentarias, posea o llegue a poseer en un futuro cercano o lejano la capacidad tecnológica para proyectar una carga nuclear al otro lado del Océano Pacífico.

    Por lo demás, la amenaza esgrimida de los misiles de los Estados Delincuentes parecía ciertamente extemporánea, ya que actualmente existen en el mundo menos programas de misiles balísticos en marcha que los que había hace quince años, y de los treinta y tres Estados con capacidad para fabricarlos, solamente seis podrían desarrollar por sí mismos misiles con un alcance superior a los mil kilómetros. Pero lo curioso del caso es que después de los atentados del Once de septiembre, que demostraron en la práctica la inanidad de un escudo antimisiles -de haber estado ya construido, de nada habría servido para evitarlos- la administración Bush ha continuado defendiendo el proyecto, que hasta la fecha ha venido consumiendo un presupuesto anual de unos 8 millardos de dólares. Las razones hay que buscarlas tanto en los suculentos contratos en juego como en el renovado keinesianismo militar al que está recurriendo la administración republicana. En su Discurso sobre el estado de la Unión, pronunciado en enero de 2002, George W. Bush no vaciló en justificar recientemente el enorme aumento del gasto militar para combatir los síntomas de recesión que venía arrastrando la economía estadounidense desde el año anterior.

    En sintonía con el empuje de este discurso maniqueo de los “Estados Delincuentes”, y varios años antes de los atentados del Once de Septiembre, el gasto militar estadounidense había empezado a exhibir un renovado vigor tras la resaca provocada por el final de la Guerra Fría. Si los noventa fueron años de vacas flacas para los programas de armamento, dada la desaparición del secular Enemigo Soviético con la disolución del Pacto de Varsovia en 1990 y de la propia URSS en 1991, la tendencia a la baja del gasto militar mostró señales de invertirse en los umbrales de la nueva década. El tímido repunte de 1999, hacia el final del último mandato del presidente Clinton, marcó el fin de una etapa de descenso en picado que se remontaba a 1987; un repunte al que sin duda contribuyó tanto la aprobación del propio proyecto del Escudo Antimisiles como la intensa campaña de bombardeos realizada por la OTAN en Serbia y Kosova. Para entonces, y en sustitución del antiguo Enemigo, ya había comenzado a abrirse paso un abigarrado imaginario conformado por una auténtica galería de ellos: desde los “Estados Delincuentes” hasta una singular percepción del islam -groseramente asimilado y reducido a sus versiones más fundamentalistas y agresivas- pasando por el narcotráfico o la presunta amenaza que suponían las migraciones del Sur para los ricos países del Norte. Coincidiendo con el final de la Administración Clinton, un documento público oficial elaborado por la CIA, el Informe Tendencias Globales 2015, preveía un escenario muy semejante al “mundo peligroso” en el que tanto hincapié haría George W. Bush durante la campaña electoral del año siguiente:

    “(…) estados desafectos, terroristas, proliferadores [de armas de destrucción masiva] y criminales organizados se aprovecharán del nuevo entorno de la información de alta velocidad y de otros avances en tecnología para integrar sus actividades ilegales y combinar sus amenazas contra la estabilidad y seguridad en todo el mundo”.

    El informe se ocupaba de señalar asimismo que Rusia, China y Corea del Norte estarían en condiciones de alcanzar territorio estadounidense con sus misiles balísticos, en un claro guiño a los poderes impulsores del proyecto del Escudo Antimisiles. Pero lo que dio un empuje definitivo a este discurso de la amenaza fueron los atentados del Once de Septiembre, al acabar de golpe con el sentimiento de invulnerabilidad que desde siglos atrás habían disfrutado los Estados Unidos. Unos atentados para los que, por cierto, no fueron necesarios misiles intercontinentales ni tecnología especialmente sofisticada, como sostenían los expertos de la CIA. En cualquier caso, a partir de este momento el lenguaje de la administración estadounidense exhibiría casi miméticamente los antiguos códigos del de la Guerra Fría. 6

    8. El Eje del Mal y la nueva Guerra Fría.

    “En el seno de cada comunidad herida aparecen evidentemente cabecillas. Airados o calculadores, manejan expresiones extremas que son un bálsamo para las heridas. (…) Prometen victoria o venganza, inflaman los ánimos y a veces recurren a métodos extremos con los que quizá pudieron soñar en secreto algunos de sus afligidos hermanos. A partir de este momento, con el escenario ya dispuesto, puede empezar la guerra. Pase lo que pase, “los otros” se lo habrán merecido, y “nosotros” recordaremos con precisión “todo lo que hemos tenido que soportar” desde el comienzo de los tiempos. Todos los crímenes, todos los abusos, todas las humillaciones, todos los miedos, los nombres, las fechas, las cifras”.

    El escritor libanés Amin Maalouf escribió este texto en 1998 pensando en “comunidades heridas” como la judía, la palestina, la serbia o la ruandesa, en las que surgieron discursos agresivos que se alimentaban del victimismo. Sin embargo, tras los sucesos del Once de Septiembre de 2001 y las sucesivas campañas militares conducidas por Estados Unidos en Afganistán e Irak, quizá sea precisamente este país el que actualmente mejor encaje en este modelo. La herida del Once de Septiembre, por obra y gracia de la Administración Bush, se ha convertido en el gran argumento justificador del rebrote de una política militarista y mixtificadora de rancia tradición, cuyas consecuencias trascienden y desbordan ampliamente el agravio inicial, utilizándolo al mismo tiempo como pretexto.

    Pocas horas después de los atentados, el presidente Bush declaró el estado de guerra. ¿Contra quién? El enemigo aparecía todavía rodeado de una nebulosa incertidumbre, pero la famosa frase del presidente “con nosotros o contra nosotros” instaló al país en una lógica binaria, maniquea, militarista en su estado más puro. Al calor de la venganza, la ofensiva militar de octubre contra Afganistán -tras la pista de la organización terrorista Al Quaeda- que provocaría más muertos civiles que los propios atentados, demostró que el “estado de guerra” no era una metáfora, sino una realidad. El gobierno hablaba de una “guerra larga y dura”: un estado de lucha constante, con pequeños episodios calientes, como el afgano. La imagen del derrumbe de las torres del World Trade Center devino icono necesario en el frontispicio de la nueva guerra secular contra el terrorismo: el casus belli que marcaba un antes y un después, un umbral entre dos eras, como el ataque japonés contra Pearl Harbor, recurrentemente utilizado como término de comparación.

    Pero si el “estado de guerra” quedaba nítidamente perfilado con los sucesos del Once de Septiembre, no podía decirse lo mismo de la Amenaza destinada a sustituir al antiguo Enemigo soviético, o comunista. Durante los diez primeros años de posguerra fría se habían apuntado una serie de amenazas tan terribles como variadas, frecuentemente ligadas a un concepto reductor del islam y asociadas a países del Sur. A esa voluntad de definición respondería el polémico concepto de “Eje del Mal”, estrenado en el discurso del presidente sobre el estado de la Unión en enero de 2002, el mismo que justificó el rearme para combatir la recesión económica. Por aquellas fechas, y una vez cerrada con éxito la primera guerra contra el terrorismo mediante la campaña militar afgana, los halcones republicanos -Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, todos ellos antiguos colaboradores de Ronald Reagan y de George Bush padre durante la última etapa de la guerra fría- parecían singularmente decididos a apoderarse de Irak al objeto de articular un nuevo mapa político en Oriente Medio y el Golfo Pérsico, más favorable a los intereses geoestratégicos estadounidenses.

    La idea original no era otra que la de asociar de manera falsaria y oportunista al régimen iraquí con la organización Al Quaeda -acusándolo de patrocinar el terrorismo internacional- aludiendo el mismo tiempo a las potencias del Eje Berlín-Roma-Tokio de la Segunda Guerra Mundial, de infausto recuerdo. La consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, propuso incluir también al régimen iraní, ignorando el proceso democratizador abanderado por los líderes moderados. No por casualidad Irán constituía otra pieza maestra en el mapa geoestratégico del Golfo, a la vez que permitía la reductora evocación del islam antes apuntada. El papel de tercer enemigo fue finalmente adjudicado a Corea del Norte, otro de los “Estados Delincuentes” que habían justificado la inversión del Escudo Antimisiles. La expresión “Eje del Mal” permitía de este modo individualizar una serie de enemigos concretos a batir, como presuntos patrocinadores de un multiforme “submundo terrorista” que operaba “en remotas junglas y desiertos” y se ocultaba “en el corazón de las grandes ciudades”, según la gráfica descripción desplegada por Bush en su discurso.

    Era, sin embargo, el concepto de “terrorismo internacional” -inevitablemente asociado al islam y representado por el icono de Ben Laden- el que aglutinaba a tan rica colección de amenazas. Aquellos que durante los diez primeros años de la posguerra fría habían buscado con mayor o menor éxito un recambio eficaz para el antiguo Enemigo de tiempos anteriores, podían respirar aliviados. La lógica militarista volvía finalmente a medrar, como durante la Guerra Fría, en un escenario conceptual presidido por la más grosera simplicidad: un mundo peligroso, un enemigo, el Bien contra el Mal, o conmigo o contra mí. Las siguientes palabras de la consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, reflejan cabalmente esta complacencia en un discurso simple, binario, alérgico a cualquier matiz o complejidad.

    “Para mí, la caída de la Unión Soviética y el 11-S son como dos sujetalibros, por decirlo de alguna manera. Delimitan una época específica en la que los hombres nos hemos preguntado qué peligros podían surgir tras el final de la guerra fría. Mucha gente se preguntaba: ¿se hará más poderosa otra potencia? (…) Otros se preguntaban si los pequeños conflictos étnicos afectarían a la convivencia de los pueblos. ¿Habrá crisis humanitarias? ¿Hambrunas? Y de repente todo se aclaró con el 11-S: lo que nos amenaza es el terrorismo internacional y también, posiblemente, lasarmas dedestrucciónmasivaen manos de Estados que apoyan al terrorismo si es necesario”.

    Dos guerras separadas por dos sujetalibros. En medio, un espacio vacío ocupado por gentes que a buen seguro disentirían de este planteamiento, como las víctimas de la hambruna que asoló Somalia en 1992, o las de las guerras que desangraron la antigua Yugoslavia durante toda la década. Rice hacía estas declaraciones en septiembre de 2002, en plena campaña para conseguir que los aliados europeos apoyaran una ofensiva militar contra Irak que se adivinaba inminente. Más o menos por esas fechas, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld volvía a subrayar las similitudes entre la “larga y dura” guerra contra el terrorismo y la Guerra Fría. Y se mostraba optimista respecto a la reacción de los estadounidenses ante las exigencias de aumento del gasto militar:

    “(…) Si mira a lo que hicimos durante la guerra fría: generación tras generación desde 1950 se invirtió dinero en defensa y en enviar tropas fuera que la gente hubiera preferido gastar en otras cosas. Pero en Estados Unidos los ciudadanos han demostrado que son capaces de apoyar grandes inversiones en defensa, incluso en tiempos de paz, para luchar contra amenazas serias, persistentes y expansionistas, pero invisibles. Los estadounidenses lo han apoyado y lo apoyarán esta vez”.

    Lo que estaba exigiendo Rumsfeld de sus conciudadanos era el mayor aumento del gasto en armamento desde la era Reagan: para el año 2003 se proponía un incremento del 12% en la partida militar, y del 11% en seguridad interior. La propuesta se presentaba blindada contra toda crítica. Según el jefe de la Oficina Presupuestaria de la Casa Blanca, Mitchell Daniells, no se podía “regatear con lo que hace falta para defender Estados Unidos y ganar la guerra contra el terror”. Desde entonces, la tendencia se ha acentuado todavía más: para el año 2004, el presupuesto militar alcanzará los 394 millardos de dólares, en detrimento de partidas congeladas o recortadas como las de educación o salud. Pero para conseguir el clima de adhesión necesaria a esta política belicista, no bastaba con la apelación a la venganza o al espíritu patriótico: se precisaba también el miedo. Fiel a la lógica binaria del militarismo, Rumsfeld ofrecía únicamente dos opciones a los estadounidenses: o apoyar el gasto militar o ser atacados periódicamente en atentados como los del Once de Septiembre.

    Desde entonces, el ciudadano de Estados Unidos ha vivido en el miedo: bien a la amenaza, bien a la estigmatización como “antipatriota” por sus conciudadanos, para no mencionar el acoso sufrido por minorías étnicas o religiosas como la árabe y la musulmana. En vísperas de la última ofensiva contra Irak, en febrero de 2003, el llamado Sistema Asesor de Seguridad Nacional -Homeland Security System, aprobado en marzo del año anterior- anunciaba un nivel “alto” de amenaza de ataque químico o bacteriológico, simbolizado por el color naranja. Los diversos niveles eran cinco, desde el verde hasta el rojo, correspondiéndose cada uno con diversas recomendaciones para que cada ciudadano pudiera protegerse en su hogar de un ataque terrorista, lo cual a la postre ha desatado una verdadera psicosis colectiva. A ese clima de temor generalizado han coadyuvado otras medidas de emergencia como las masivas campañas de vacunación contra la viruela -desde los soldados hasta los empleados médicos y funcionarios, hasta llegar al último vecino- que han supuesto en la práctica una auténtica militarización psicológica de todo el cuerpo social. Paradójicamente, ya se han producido las primeras restricciones a la campaña de vacunación, en pacientes con factores de riesgo, debido al rechazo experimentado en decenas de casos, con muertes incluidas.

    A la vez que cerraban filas en torno a sus soldados destacados en Irak, cientos de miles de ciudadanos estadounidenses se atrincheraban en sus casas después de haber agotado las provisiones de agua mineral o de cinta aislante, para protegerse de un hilarante, por descabellado, ataque químico en su territorio. Emboscado para justificar la agresión, siempre el miedo. Tal y como ha apuntado Michael Moore en su audaz filme Bowling for Colombine, el miedo es lo que explica que la sociedad estadounidense ostente el récord de posesión de armas de fuego, y que cerca de once mil personas mueran cada año por culpa de esas armas.

    Según el lenguaje de la administración Bush, se había abierto un “frente de guerra doméstico”, en el que los ciudadanos debían movilizarse tanto denunciando a vecinos sospechosos como participando en las asociaciones de ayuda a los soldados y a sus familias, o colaborando en los cuerpos militarizados de ayuda civil. La nación entera, y no sólo el cuerpo expedicionario de soldados profesionales y reservistas en Afganistán o en Irak, estaba en pie de guerra. De esta forma, y con el referente de la época de la Guerra Fría como espejo, la nación estadounidense adoptaba la imagen de un combatiente: un cuerpo social en armas. El sistema fundamentado sobre la guerra, descrito por Lewin en su sátira, cobraba nuevo vigor al asumir una figura aún más cruda y descarnada. El antiguo discurso de Paul Nitze sobre el Maligno Plan se reencarnaba en el Eje del Mal. Un molde exacto pero con distinto contenido: el Enemigo cambiaba de rostro. El miedo, sin embargo, como clave de bóveda del discurso militarista, era el mismo. Leonard Lewin no habría podido imaginar hasta qué punto la realidad acabaría desbordando su ficción. 7

    1.- La primera edición de Report from Iron Mountain. On the Possibility and Desirability of Peace, apareció en octubre de 1967, Dial Press, Nueva York. El libro se convirtió en un verdadero best-seller, al calor de la polémica sobre su autoría. Al año siguiente se publicó la traducción francesa: La Paix Indésirable? Rapport sur l’utilité des guerres, Calmann-Lévy, Paris, con prefacio de J. K. Galbraith. En 1996 fue reeditado por Simon & Schuster, con una nueva introducción a cargo de Victor Navasky. El texto completo en inglés está disponible en internet (www.totse.com) así como una traducción del mismo al castellano por A. Salbuchi (www.ar.geocities.com). La traducción de las citas del capítulo es mía.

    2.- El 10 de marzo de 1972, en el suplemento literario del New York Times, Lewin admitió públicamente la autoría del Informe, dando por zanjada definitivamente la polémica y repasando someramente los comentarios que había suscitado: se puede consultar el artí*** en www. astridmn.com/prouty/lewin.html. Pese a la aclaración del autor, no fueron pocos los que siguieron creyendo que el informe era verdadero: a mediados de los ochenta, un grupo ultraderechista estadounidense conocido como el Lobby de la Libertad -Lobby Liberty- publicó incluso una edición pirata de la obra. Lewin interpuso una demanda judicial y la ganó: en defensa de su autoría pudo aportar como prueba la inclusión de un par de citas bibliográficas deliberadamente falsas.
    Por lo demás, me temo que somos legión los engañados por el informe de la Montaña de Hierro. Joan Garcés lo citó como auténtico en su obra Soberanos e intervenidos (Siglo XXI, 1996) y lo mismo hice yo en Historia de la OTAN (Los Libros de la Catarata, 2000) y en el artí*** “La amenaza fantasma o cómo se vende un sistema antimisiles”, publicado en El Viejo Topo, septiembre de 2001. Un rápido recorrido por internet da idea de la cantidad de gente que aún hoy continúa en el error, un efecto -de bola de nieve- que habría sorprendido al propio Lewin.

    3.- He utilizado la versión española de Una modesta proposición y otras sátiras, Editorial Brújula, 1967, traducción de Elías Gallo y notas de Eduardo Stilman. La cita de Kennan está extraída de Memorias de un diplomático, Luis de Caralt, 1972, p. 287. Entre otros muchos estudios, el de Matthew A. Evangelista, “Stalin’s postwar reappraised” (International Security, Harvard University, invierno 1982/1983) ha resaltado el grado de absurdo y exageración de los datos suministrados por los servicios de información estadounidenses acerca de una hipotética invasión de Europa Occidental por las tropas del Ejército Rojo, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. Las citas del NSC68 proceden de The Evolution of American Strategic Doctrine: Paul H. Nitze and the Soviet Challenge, de Steven L. Rearden (Westview Press, 1984), que recoge en un apéndice el documento completo, con fecha 14 de abril de 1950. La traducción de las citas es mía.

    4.- Las cifras sobre el crecimiento del gasto militar estadounidense en los años cincuenta están tomadas de la citada obra de Rearden. El dato de los pedidos de armamento durante la década de los sesenta aparece recogido en Senghaas, 1974, p. 153 (ver bibliografía del Capítulo I).

    5.- La falsedad del “desfase de misiles” -missile gap- de 1961 está reconocida por el propio Henry Kissinger en Mis Memorias, Ed. Atlántida, 1980, p. 72. Las declaraciones de George W. Bush en campaña electoral fueron recogidas en El País, 11-2-2001.

    6.- Las cifras del presupuesto del Escudo Antimisiles proceden de la Oficina de Presupuestos del Pentágono, con fecha de abril de 2000. La versión más ambiciosa del proyecto alcanzaría los 49 millardos de dólares, aunque parece ser que la que empezará a instalarse en 2004 será algo más modesta, con un presupuesto anual de 8 millardos. El dato de los programas de misiles balísticos actualmente en marcha en el mundo procede del artí*** de Vicente Garrido Rebolledo “La guerra de las galaxias (II): ¿La amenaza fantasma?”, El País, 22-5-2000. El informe Global Trends 2015 está disponible en la página electrónica de la CIA.

    7.- La cita de Maalouf procede de Identidades asesinas, Alianza Editorial, 1999. En otra parte me he ocupado de glosar los diversos imaginarios de Enemigo -el terrorismo, el islam, los “nacionalismos ambiciosos”, las migraciones del Sur- presentes en las políticas de defensa de los países occidentales y de la Alianza Atlántica durante la década de los noventa (Historia de la OTAN, Los Libros de la Catarata). El periodista David Frum, antiguo escritor de discursos de Bush, ha relatado la génesis del concepto “Eje del Mal” en su libro The Right Man, de reciente aparición. La “declaración de los sujetalibros” de Condoleeza Rice procede de una entrevista de Der Spiegel publicada en El País, 6-9-2002. Las declaraciones de Donald Rumsfeld aparecieron en el mismo diario del día anterior. Mitchell Daniells, jefe de la Oficina Presupuestaria de la Casa Blanca, pronunció la frase citada el día de la presentación del nuevo proyecto de presupuesto militar para el 2003 (El País, 5-2-2002). La información sobre los diferentes grados de amenaza terrorista, a cargo del Homeland Security System, ocupa un lugar privilegiado en la página electrónica de la Casa Blanca.
    http://www.nodo50.org/tortuga/article.php3?id_article=2543


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