PROYECTO HUMANO

Estimado Visitante , este es un foro de estudio y preparación para el Nuevo Proyecto Humano , el de aprender a Pensar .
Verás que hacemos un especial incapie en las enseñanzas provenientes del Librepensamiento , debido a la compleja interrelación entre la realidad y lo que verdaderamente percibimos . Y la capacidad de éste , en poder develar el funcionamiento de ambas .
" El Nuevo Paradigma es no seguir sosteniendo ideas heredadas por obligación , inculcadas mediante el miedo y por reiteración , debemos crear nuestro propio pensamiento e ideas dentro de una Libertad Humana y Espiritual "
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    La Isla Secreta.

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    FranciscoBU
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    La Isla Secreta.

    Mensaje por FranciscoBU el Mar Mar 05, 2013 10:31 am


    La Isla Secreta.













    Debajo de la isla de
    Pohnpei (o Ponape), en el océano Pacífico, se esconde una página secreta
    de la historia de la Humanidad. Por esta razón, los iniciados de la
    hermandad de los 'tsamoro' le dan a su isla justamente este nombre:
    "Sobre el secreto".





    Un lugar que le sigue ocultando al extraño gran parte, precisamente, de sus conocimientos secretos.




    El único que ha
    trascendido más allá de sus límites, sigue sin estar resuelto: frente a
    sus costas se asientan las ruinas de la enigmática ciudad acuática de
    Nan Madol, construida - nadie sabe cuándo ni por quién - con gigantescos
    bloques de basalto sobre 91 islotes artificiales.





    Invadida por la jungla y
    los manglares, continúa siendo para los nativos una ciudad prohibida,
    que - de acuerdo con su tradición - acecha con la muerte a quien osa
    permanecer en ella después de la caída del Sol.





    En este enclave de las
    Carolinas orientales, en la Micronesia, averigüé sobre el terreno cuanto
    allí se esconde. Acumulando vivencias en la jungla de los montes y en
    los manglares de las aguas litorales, conviviendo con los transmisores
    del conocimiento de la isla, he ido recomponiendo el rompecabezas de la
    desafiante historia de Pohnpei - descubierta por navegantes españoles en
    el siglo XVI - que mantiene a muerte un solo principio: no revelar
    jamás todo lo que alberga.





    En 1939 había aparecido
    en la Prensa alemana una curiosa noticia: afirmaba ésta que
    submarinistas japoneses habían efectuado inmersiones en la isla carolina
    de Ponape (la antigua Pohnpei) y habían sacado del lecho del mar trozos
    de platino. Pero no de alguna formación natural recubierta de coral,
    sino de un tesoro submarino.





    Noticias posteriores
    afirmaban que en la costa oriental de Pohnpei se hallaban diseminadas en
    una amplia área misteriosas construcciones cubiertas por la jungla: un
    sistema de canales, muros ciclópeos, ruinas de fortificaciones, ruinas
    de palacios...











    UNA CIUDAD SUMERGIDA




    Ya mucho antes de la
    primera gran guerra - explicaron los nativos - buscadores de perlas y
    comerciantes japoneses habían efectuado sondeos clandestinos en el fondo
    del mar.





    Hasta que los
    submarinistas regresaron con narraciones fabulosas: allí abajo se habían
    podido pasear por calles en parte bien conservadas, si bien recubiertas
    por moluscos, colonias de corales y otros habitantes marinos, amén de
    algún que otro vestigio de ruinas. Desconcertante había sido, según
    ellos, la visión de numerosas bóvedas de piedra, columnas y monolitos.





    Esta misteriosa ciudad
    submarina albergaba tesoros concretos, debiéndose hallar en el centro de
    la misma una especie de panteón de los nobles del lugar, cuyas momias
    yacían allí. Pero aquí viene lo asombroso: cada una de estas momias
    estaría encerrada en un sarcófago de platino. Estos son los sarcófagos
    que - ya en época de la dominación japonesa de la isla, o sea entre las
    dos guerras mundiales - habrían localizado los submarinistas nipones.





    De acuerdo con estos
    testimonios, habrían ido extrayendo platino del fondo marino hasta el
    momento en que dos submarinistas ya no volvieron a emerger.





    Desaparecieron sin dejar rastro, llevándose consigo su moderno equipo de inmersión y de trabajo: jamás nadie volvió a verlos.










    RUMBO AL ENIGMA




    Pohnpei se presentaba
    como un reto fascinante. Pero quedaba una sola duda: ¿se trataba de
    comentarios fantasiosos de gente ávida de sensacionalismo?





    Para despejarla, valía la pena estar volando, como lo estábamos haciendo Miquel Amat y yo, en pos del Sol.

    "Allí la gente no va".

    Que esto no lo hacía nadie, que la gente se iba, pues... a Hawaii o a las Fidji, pero allí no:

    "Allí se comen a la gente", me decía un oficial de inmigración en el aeropuerto neoyorquino John F. Kennedy.



    Mal informado estaba el
    funcionario yanqui sobre las actuales preferencias culinarias de los
    pohnpeyanos, pero menos aún sabían en las agencias de viaje de la otra
    costa americana:


    "¿Y eso dónde cae? Es la primera vez que lo oigo", me confiesa un veterano empleado de la 'Western Airlines' en Los Angeles.

    En eso, parecía evidente que el inquisidor de New York había tenido razón: a Pohnpei la gente no iba.




    Ya en pleno Pacífico, a
    mitad de camino entre Los Angeles y Pohnpei, con más de 15.000 km de
    vuelo a las espaldas desde nuestra partida de Barcelona y con todavía
    algo más de 4.200 km de sobrevuelo del océano Pacífico por delante,
    tampoco habían oído hablar nunca de Pohnpei.





    Ni siquiera el
    experimentado taxista hawaiiano que nos llevó del aeropuerto de Honolulu
    a la playa de Waikiki. Únicamente el gerente del restaurante 'Tahitian
    Lanai' en Waikiki supo aportar algo concreto; conocía Pohnpei: que si lo
    nuestro era el masoquismo, que fuéramos allí.





    Pero que el Pacífico ofrecía mil rincones para visitar antes que éste.










    EL NOVENO ATERRIZAJE




    Al día siguiente nos
    esperaba por fin nuestro noveno y definitivo aterrizaje desde que
    partimos de Barcelona. El volante correo del Pacífico nos había llevado
    de Honolulu al atolón de Johnston, de allí al de Majuro, y de éste a la
    base de misiles de Kwajalein.





    Después de haber estado
    sobrevolando y aterrizando en atolones que eran superficies desérticas y
    absolutamente planas que a duras penas rebasaban en algún metro el
    nivel del mar, el espectáculo que hora y media más tarde se ofreció a
    nuestros ojos a la izquierda del avión, cuando surgimos por debajo de la
    capa de nubes, fue realmente impresionante: una lúgubre mole de
    montañas totalmente cubierta de espesa jungla de un pegajoso color verde
    oscuro, aparecía envuelta en sus cúspides más elevadas por neblinas y
    nubarrones blancos, grises, pesados.





    Sobrevolamos los
    arrecifes de coral del extremo norte de la isla, e inmediatamente surgió
    un poco más a la izquierda el islote sobre el que se extiende el campo
    de aterrizaje de Pohnpei.








    VIGILANTES SOMBRAS NOCTURNAS




    Al segundo día nos
    instalamos en una cabaña de madera con cubierta de hoja de palma, cuyos
    lados ofrecían amplias franjas abiertas por las que pasaba el aire pero
    nunca la lluvia, abundante lluvia en esta isla, que cae
    intermitentemente durante 300 de los 365 días del año.





    A una temperatura media permanente de 27-28°C, este tipo de alojamiento es el único idóneo para el lugar.




    Tuvimos que
    acostumbrarnos a compartir el interior del habitáculo con lagartos,
    lagartijas, sapos, caracoles gigantes y la visita diaria de una rata.
    Pero todo esto quedaba compensado por la magnífica vista tropical que
    desde nuestra cabaña disfrutábamos sobre la Bahía de la Mala Acogida,
    como la bautizaron cuando la descubrieron en enero de 1828 unos
    navegantes rusos, a causa del poco hospitalario carácter de sus
    moradores.





    En la primera noche de
    estancia en la isla ya tuvimos una clara muestra de que allí nos
    preguntarían más de lo que nos dirían. Fuimos a dar una vuelta a pie
    para la primera toma de contacto con el nuevo entorno. La oscuridad,
    total. Solamente la tenue luz de alguna vela o quinqué en las cabañas
    cercanas. Sin previo aviso rompió a llover bastante torrencialmente, a
    lo cual no tardaríamos a acostumbrarnos.





    De la oscuridad surgió
    una figura igual de oscura que nos invitó por señas a seguirla. Nos
    ofreció cobijo en la cercana cabaña de reunión de los hombres del lugar.





    Estaba ocupada por unos
    quince individuos que nos fueron estudiando en silencio, mientras dos de
    ellos se alternaban en hacernos preguntas concretas sobre nuestra
    estancia en Pohnpei: qué habíamos venido a hacer aquí, cuándo habíamos
    llegado, qué lugares pensábamos visitar, y - algo que parecía
    interesarles especialmente - cuándo volvíamos a abandonar la isla.
    Intenté ganar tiempo con respuestas evasivas hasta que paró de llover.





    Continuamos nuestro
    solitario deambular de exploración nocturna del terreno, cuando un
    silencioso movimiento oscuro a mi espalda coincidió con una pregunta:


    "¿Me das fuego?"

    Volvía a ser el mismo
    individuo que nos había invitado a la cabaña de los hombres, ahora
    acompañado de uno de nuestros interrogadores:


    "¿A dónde os dirigís por este camino?"

    Estaba claro que, al igual que en el Kim de Rudyard Kipling, también la noche de Pohnpei iba a estar llena de ojos...










    SUS ANTEPASADOS APLICABAN TECNOLOGÍAS MÁGICAS




    Entre aventuras, con
    tiento y con paciencia, logré conectar con el paso de los días con
    algunos de los transmisores del conocimiento ancestral de la isla - a la
    que James Churchward consideraba asentamiento del santuario del
    supuesto continente hundido de Mu.





    El enigma principal que
    ofrece son las ruinas de Nan Madol. Con respecto a ellas, la arqueología
    oficial reconoce abiertamente su desconocimiento absoluto sobre la
    finalidad de las más impresionantes ruinas del océano Pacífico; es más,
    de la única ciudad en ruinas que puede visitarse en los 166 millones de
    km2 de dicho océano.





    Pero además de este
    enigma principal, arqueológico, existe un foco mágico de la isla, oculto
    en la abrupta espesura de la jungla de Salapwuk, en las alturas
    montañosas del reino de Kiti, en el suroeste de Pohnpei. Allí y en otros
    puntos de la isla, la memoria de los pohnpeyanos perpetúa hasta hoy el
    recuerdo de gigantes, el recuerdo de personas que sabían volar, el
    recuerdo de una raza que recurría a asombrosos poderes mágicos que
    permitían el transporte aéreo de grandes bloques de piedra.





    El recuerdo claro de la conexión celeste y de la realidad del vuelo posible, en la antigüedad.










    ORÍGENES INICIATICOS




    Pero vayamos a los
    orígenes de esta isla absolutamente mágica: Pensile Lawrence, uno de los
    transmisores vivos de la historia esotérica de Pohnpei, me contó por
    fin, al cabo de dos interminables semanas de evasivas y de negativas a
    la ansiada entrevista, esta historia de sus orígenes:


    "Nueve parejas - nueve
    mujeres y nueve hombres - erraban en una canoa por el ancho mar,
    buscando una tierra nueva en la que establecerse. En esto pensaban
    cuando se toparon con un pulpo hembra de nombre Letakika.





    Cuando éste averiguó el
    motivo de su viaje, les indicó un lugar del océano en el que había una
    roca que surgía por encima de las olas. Las nueve parejas prosiguieron
    su camino y hallaron la roca. Sobre ella comenzaron a construir la isla.





    Luego, dejaron en ella a
    una pareja, un hombre y una mujer, mientras que el resto volvieron a
    marchar. El nombre del hombre que se quedó en la isla no tiene
    importancia; no tenía nombre. Sí lo tenía el de la mujer: se llamaba
    Lemuetu. Lemuetu es la primera madre de Pohnpei. Por ello sus habitantes
    se asientan sobre un matriarcado. En su canoa, las nueve parejas
    llevaban alimentos para comer y para plantar en la nueva tierra."


    Este escueto y a la vez
    completo relato iniciático sobre los orígenes de la roca prima de
    Pohnpei, es un compendio de conocimientos ocultos.





    Aquí, en el breve
    espacio de un artículo, no ha lugar para explicaciones más amplias, que
    sí están recogidas en cambio en mi libro Sobre el secreto (Plaza &
    Janés Editores, 1985). Apuntaré aquí solamente que el 9 es - para las
    empresas de la especie humana - el símbolo del nacimiento.





    Entre otras, lo refleja
    así claramente por ejemplo la cábala lingüística de las voces
    "nueve-nuevo-nave-huevo" ("novem-novum-navis-ovum"), que cobra todo su
    vigor en el gay saber de los argotiers, en el argot de aquellos que
    construían la obra en el país del gallo, en la Galia:
    "neuf-neuf-nef-oeuf".





    En el relato pohnpeyano
    reaparecen estos mismos elementos: la nave, tripulada por nueve parejas,
    para construir un país nuevo, lo cual significa un nacimiento,
    simbolizado por el huevo.











    EL VIAJE DE NOÉ




    Ahora bien, las
    características de la nave-canoa, con alimentos y plantas parta sembrar
    en el país nuevo, el hallazgo de una roca de tierra firme sobre la cual
    establecer un nuevo núcleo humano, la indicación de la cercanía de la
    nueva tierra por parte de un animal - aquí es un pulpo - la equiparan a
    la nave-arca de Noé que navega igualmente en busca de la nueva tierra.





    Y en la misma cábala
    lingüística de quienes construyen bajo el signo del gallo, Noé es la
    radical de Noëlle, la natividad, el nacimiento. Con lo que seguimos en
    la constante 9 indicada en el relato primo de Pohnpei: en 9 ciclos
    (=meses) se forma (= nace) el ser humano.





    Y - como no podía ser
    menos - exactamente cada 9 meses se reunían en Salapwuk - en cuyas
    espesuras se conserva la roca original de la isla, aquella que sirvió
    para su nacimiento - el principal lugar de culto de Pohnpei, todos los
    iniciados, para unas celebraciones a las cuales estaba vedada la
    asistencia a todo extraño.











    EN EL SECRETO SANTUARIO DEL PACIFICO




    Aventurarse en las
    espesuras de los montes de Salapwuk, en el reino de Kiti, puede llegar a
    constituir una de las experiencias más cautivantes en la vida de
    cualquier persona que busca. Como puede también convertirse en un
    sendero sin retorno. O ser simplemente una excursión por la jungla. Todo
    depende de la motivación con que uno emprende la ascensión hasta el
    núcleo habitado más elevado de Pohnpei.





    Allí se halla el germen inicial de todo cuanto tiene que ver con los misterios de la isla.




    La lenta ascensión a pie
    a través de la jungla propicia el que solamente llegue hasta Salapwuk
    aquél a quien los celadores del santuario se lo permiten. Tanto es así,
    que Miquel y yo fuimos los primeros extranjeros que han llegado a pisar
    aquellos parajes vírgenes.





    En busca del lago de agua dulce en el que, en las alturas de Kiti, crecía la misma hierba que crece abajo en el mar.










    LA AVENTURA DE LA BÚSQUEDA




    Días antes le había preguntado a Masao - uno de los iniciados de la isla - por el significado del nombre 'Salapwuk':

    "Allí hay una roca.
    Cuando la veas, sabrás por qué se llama Salapwuk", me contestó
    escuetamente, para advertirme a renglón seguido: "Si logras subir con
    los contactos adecuados a las montañas, los celadores del lugar te
    mostrarán algo si creen que eres merecedor de ello; pero jamás te
    permitirán acceder a las cosas secretas que allí hay."


    Pronto tendría que darle la razón.




    Tras el largo ascenso
    hacia las cabañas de Pernis Washndon - el celador visible (que no
    máximo) de los selváticos montes de Kiti - la primera condición que éste
    me impuso fue el mutuo silencio sobre lo que allí hablaríamos,
    compromiso que por supuesto no voy a romper, por lo cual solamente
    reflejaré aquí parte de aquello que no atañe al mismo.





    Después de lo cual
    comprobaría que los distintos vigías de la jungla montañosa estaban
    informados de nuestra presencia. Entrada ya la noche, acudieron una
    serie de hombres, con alguno de los cuales nos habíamos cruzado ya en
    nuestro camino de ascenso. Pero otros acudieron de zonas aún más altas.





    En un momento nos vimos
    acosados por primero tres, e inmediatamente dos más, en total cinco de
    aquellos guardianes de Salapwuk que, machete en mano y a dos palmos de
    nosotros - que estábamos hombro con hombro intentando captar aquella
    situación - imponían la prudencia por encima de cualquier otra reacción.





    Tuvimos el segundo justo
    para confirmarnos mutuamente que aquello se salía de lo normal y podía
    derivar en algo feo si dábamos un paso en falso, cuando comenzaron a
    someterme alternativamente los cinco a un severo interrogatorio acerca
    del motivo auténtico de nuestra presencia en Salapwuk.





    Sólo al cabo de un buen
    rato de esfuerzos por no perder parte del terreno tan pacientemente
    ganado, logré restarle gravedad a la tensión que evidentemente se había
    creado.





    Miquel y yo nos turnamos
    para dormir aquella noche tan fascinantemente intrigante como incómoda y
    al día siguiente nos internamos desarmados en las espesuras de la parte
    superior de Salapwuk, guiados por lugareños armados, circunstancia que
    nos impidió adoptar una postura de fuerza cuando se repitió un grave
    episodio de tensión entre ellos y nosotros.


    "Un comentario más y os
    pueden matar aquí mismo", nos avisó la bonita Carmelida, que nos hacía
    de intérprete y que la víspera, advertida por Pernis Washndon de que
    guardara silencio sobre el contenido de nuestra conversación, comentó:
    "Si estuviera loca, hablaría."


    Los guardianes
    cumplieron perfectamente su cometido, puesto que regresamos después de
    un día de caminata a pie descalzo por la jungla, sin haber visto el
    enclave que yo buscaba.





    El lugar en el que, en
    épocas pasadas, cuando se producía alguna sequía anómala, los chamanes
    invocaban la llegada de la lluvia, que no tardaba en presentarse,
    después de haber clavado el sacerdote una vara en una abertura del
    terreno.





    Era exactamente la
    historia que ocho años antes me había contado el superior del santuario
    de Aishmuqam, en la antigua ruta de los mercaderes que desde el
    Afganistán se dirigían a la capital de Cachemira, Srinagar.





    Guardaban allí el bastón
    de Musa (Moisés), que solamente se usaba en aquel extremo norteño de la
    India para invocar la llegada de la lluvia, o el fin de una epidemia,
    siempre con inmediato resultado positivo.











    EL TAPÓN DEL MISTERIO




    De cuanto se puede
    explicar, lo más importante que me traje de las espesuras de Salapwuk
    fue la explicación de su celador visible, Pernis Washndon, de que estos
    montes y la isla misma no constituían más - como su propio nombre
    esotérico ("Sobre el secreto") indica - que un tapón que esconde, al
    tiempo que señaliza, el emplazamiento del auténtico misterio que se
    oculta en sus profundidades.





    No tardaría en averiguar
    que este misterio guardaba estrecha relación con las noticias
    aparecidas a finales de los años 30 en la Prensa alemana.





    De regreso del reino de
    Kiti pude ya, con lo averiguado en Salapwuk, poner todo mi empeño en
    averiguar el motivo de la existencia en la isla de una ciudad construida
    sobre islotes artificiales, aprovechando su arrecife coralífero.





    Para ello había que
    remontarse a la aparición en la isla, en épocas remotas, de una pareja
    de instructores llegados desde el aire, en una nube, con la finalidad de
    buscar un emplazamiento idóneo para la construcción de una
    ciudad-santuario.





    Hallaron este
    emplazamiento en un lugar en el que vieron luces bajo el agua, en el
    mar. Supieron por ellas que era éste el lugar en el que debían construir
    una ciudad provocativamente distinta, sobre islotes artificiales, para
    señalizar la singularidad de aquel lugar.





    Porque las luces que
    vieron les indicaban la existencia, allí, de construcciones artificiales
    muchísimo más antiguas, sumergidas bajo las aguas litorales de Pohnpei.
    Allí estaba el inicio del ovillo que conducía al secreto que daba
    nombre y significado a la isla.





    Todo un reto para esoteristas, arqueólogos e historiadores.










    LOS GRANDES INICIADOS




    El Corán, en la Sura 18, habla de Al Raqim, la tabla que contiene las claves de la iniciación en la cueva.




    En Pohnpei los Sau Rakim
    fueron antiguamente los grandes iniciados - ya no queda ninguno hoy en
    día - que guardaban los secretos y no los compartían con las demás
    personas. Los mantenían ocultos, ya que de otra forma eran castigados
    con la muerte.





    Cuenta la tradición que
    conocían todas las antiguas historias de Pohnpei, y que cuando morían
    comenzaba a llover, a relampaguear y a tronar. Algo similar - se suceden
    en esta isla las conexiones planetarias - a lo que sucedió con motivo
    de la crucifixión de Jesús.











    LOS TSAMORO, SOCIEDAD SECRETA DE POHNPEI




    Por debajo de los Sau
    Rakim, que eran los máximos iniciados de la isla, existía una sociedad
    secreta, la sociedad de los tsamoro.





    Los jefes de tribu se
    constituían automáticamente en miembros de esta sociedad, mientras que a
    los demás tsamoro se les exigía una demostración de sus aptitudes en el
    plazo de un tiempo de prueba de varios años de duración. Esta
    demostración consistía en el conocimiento de la lengua de la sociedad,
    que no era la del pueblo. Era por lo tanto un argot, una lengua de los
    argotiers, por lo tanto de los argo-nautas.





    Los tsamoro se reunían
    una vez al año en un lugar sagrado, rodeado de muros de piedra. El
    acceso les estaba vedado a los no iniciados, bajo pena de muerte
    inmediata. Durante sus reuniones secretas, los elegidos bebían sakau y
    cada uno ofrecía un recipiente de esta bebida sagrada a los seres
    superiores.





    Explicaré enseguida en qué consiste esta bebida.




    Valga decir antes aún
    que el jefe de la hermandad secreta de los tsamoro tenía su sede en
    estos montes de Salapwuk en cuya jungla me hallaba, y en donde cada
    nueve meses se reunían todos los iniciados para un encuentro de cuatro
    días de duración.











    UNA VEZ MAS EL CLICHÉ DEL DILUVIO




    Averigüé en las oscuras
    noches de la jungla que existen allí narraciones legendarias que apuntan
    claramente hacia el recuerdo de una inundación total de la isla, o sea
    de un diluvio (para ellos obviamente universal).





    Literalmente:

    "Las inundaciones arrancaron toda la tierra de la isla" - dicen las tradiciones.

    Después de haberse
    retirado nuevamente las aguas, alguien procedió a reconstruir un túmulo
    de rocas en Salapwuk, en el reino de Kiti.





    Pernis Washndon (el
    celador de los misterios de estos montes) me dijo en este contexto que
    Salapwuk no era más que el tapón que tapaba un secreto que se encerraba
    debajo del lugar que estábamos pisando.





    Y considerando que
    Salapwuk debe su razón de ser - como ya vimos en el anterior número de
    "Más Allá" - a la primera piedra, a la piedra angular, obligado es
    aportar aquí el dato de que en el texto apócrifo Testamento de Salomón,
    la piedra angular es aquella que se pone encima de la puerta del templo.











    EL RITUAL DEL SAKAU




    La ceremonia del sakau
    es celebrada por todos los pohnpeyanos diariamente, al anochecer. Según
    ellos, es una bebida proporcionada antiguamente por los seres
    superiores, como vehículo de comunicación con ellos. Tanto es así, que
    en el escudo o emblema oficial del actual estado de Pohnpei aparecen
    juntas las ruinas de Nan Madol y un cuenco de coco conteniendo el sakau.





    Nosotros tomamos nuestro
    primer trago en el marco de un festivo agasajo del que nos hizo objeto
    una familia que ocupaba el pequeño islote de Takaieu, en los arrecifes
    que rodean a la isla central de Pohnpei.





    El ritual ancestral que
    seguimos para tomar la bebida de la conexión celeste fue el siguiente:
    en primer lugar, durante el día fuimos recogiendo raíces de sakau
    (kawa-kawa, cuyo nombre botánico es 'piper methysticum'). Al anochece,
    fuimos disponiendo hojas de banana debajo de una gran piedra plana, de
    hecho una plancha de piedra.





    La cantidad de hojas de
    palma depende siempre del mayor o menor rango del personaje principal
    que asiste a la ceremonia. Inmediatamente después lavamos cuidadosamente
    con agua las raíces y la plancha de piedra, hasta dejarla completamente
    limpia.





    Mientras esto hacíamos
    en el interior de la amplia cabaña, en el exterior otros lugareños se
    encargaron simultáneamente de arrancar largas tiras de corteza de
    hibisco. Inmediatamente comenzó el ritual de ir machacando con piedras
    las raíces de sakau, dispuestas sobre la plancha de piedra. Esta plancha
    - de basalto - tiene un sonido metálico al golpearla con las piedras
    que sirven para machacar las raíces de sakau, y los oficiantes
    comenzaron por golpearla para señalar el inicio de la ceremonia en sí.





    Cuando las raíces ya
    estuvieron prácticamente trituradas - en cuyo proceso intervinieron seis
    oficiantes sentados alrededor de la piedra-base - se hizo perceptible
    el ritmo del repiqueteo de las piedras. Este ritmo, aplicado al unísono
    por todos los que están machacando las raíces, depende a su vez también
    del rango de la persona principal presente en la ceremonia, siendo el
    ritmo final idéntico al que se percibe escuchando el tamborcillo de mano
    de cualquier oficiante en cualquier lamasería del área Himalaya.





    Cuando ya estuvo
    completamente triturada la raíz de sakau, la salpicamos con agua fresca,
    al igual que las tiras de corteza de hibisco. Inmediatamente nuestros
    anfitriones pasaron a amasar las raíces trituradas con agua, mientras
    otros ya habían dispuesto la corteza en un extremo de la piedra de
    sakau, para irla rellenando con la masa de raíces.





    Esta fue envuelta -
    liada - completamente en la corteza, hasta formar un largo y grueso
    canuto que luego uno de ellos fue exprimiendo con lentitud y fuerza para
    que el jugo resultante se escurriera en un cuenco de coco. Nos lo
    tendieron para iniciar la ingestión, tras lo cual lo fuimos ofreciendo a
    cada uno de los presentes, como es costumbre entre ellos.





    Es un jugo espeso,
    marrón, amargo y refrescante, que tiene la ventaja de no contener las
    fibras de la yuca masticada por las mujeres de la tribu, que ingerí con
    la chicha durante mi convivencia con los jívaros del curso alto del río
    Santiago, en la selva ecuatoriana.





    Lo que ingerimos aquí,
    en Pohnpei, es una droga adormecedora, la kawaína, cuyos efectos se
    comienzan a advertir en una insensibilización de los labios y de la
    punta de la lengua. Es un principio activo modificador del sistema
    nervioso, que produce la parálisis de las fibras centrípedas. El abuso
    de su ingesta puede conducir finalmente a una caquexia mortal.





    De todas formas, esto no se da entre los habitantes de Pohnpei, que saben dosificarse perfectamente su ración diaria de sakau.




    Precisamente porque no
    toman el sakau por drogadicción, sino porque constituye para ellos
    ancestralmente un vehículo de comunicación sagrado. De comunicación con
    seres superiores.





    Vayamos pues a la comunicación celeste de los antiguos habitantes de esta pequeña isla - más pequeña que, por ejemplo, Ibiza.










    PADRE EXTRATERRESTRE Y MADRE TERRESTRE




    Comienza la conexión
    celeste de los antiguos pohnpeyanos con un hombre llamado Kanekin
    Zapatan, descendido de las alturas, de un lugar desconocido, a Pohnpei,
    acompañado de un grupo de personas que sabían volar.





    Kanekin Zapatan se fija
    en la hija de un jefe nativo. Tenemos así a un hombre descendido del
    cielo que se casa con una mujer terrestre. Ya conocemos eso de los
    textos bíblicos.





    Urgido para el regreso
    por sus acompañantes, reclama sus alas y su aditivo capilar - un casco
    que llevaba - para poder reunirse en las alturas con los suyos.





    Le acompaña también su mujer, y literalmente dice la tradición:

    "Metió a la mujer en el cabello y alrededor de él ajustó el nudo".

    ¿Cabría en aquella remota época mejor concreción para indicar que le puso un casco, imprescindible para levantar el vuelo?




    Huye pues con la hija
    del jefe nativo, que en el trayecto da a luz a un niño distinto, dotado
    de grandes poderes mágicos. Este niño se llamará Luk, al que dejan en
    tierra mientras ellos prosiguen su vuelo. Más adelante Luk enciende una
    hoguera, para ascender en su humo, sobre un tambor, al cielo, imagen
    ésta que puede equipararse a la del despegue de un cohete portador de
    una cápsula tripulada.





    Al reencontrarse con sus padres les recuerda que "me engendrasteis en la Tierra".




    La narración también afirma de él que "sabía andar sobre el mar". Se suceden los símiles con pasajes bíblicos.










    DOMINABAN LA TÉCNICA DEL VUELO

    "En aquella época" - me
    cuenta Masao al pie del camino que conduce hacia Nan Madol - "la raza de
    los hombres era distinta. Estaban más dotados, ya que eran capaces de
    transformar la piedra y de efectuar trabajos muy difíciles en la misma,
    pero esta gente habilidosa ya no existe hoy en Pohnpei. Hoy ya no son
    como la gente de antes, son distintos, ya que aquéllos poseían poderes
    mágicos y eran fuertes."


    Un curioso invento lo
    constituyen los sacos voladores que aparecen en algún que otro relato de
    los tiempos antiguos de la isla. Se trataba de vehículos volantes de
    gran movilidad con capacidad para un solo tripulante. Incluso quedan
    narraciones que refieren combates entre varios de estos sacos voladores.





    En relación con este tema, le pregunté a Masao si antiguamente habían existido en la isla hombres voladores.

    "¿Hombres volantes? No.
    No volaban propiamente, sino que penetraban en grandes pájaros,
    pronunciaban palabras mágicas, el pájaro se alzaba y volaba con ellos
    dentro. Construyeron pájaros voladores con árboles."








    DOS HERMANOS CON PODERES MÁGICOS




    Es hora ya de que me refiera al principal enigma que plantea esta isla: la ciudad muerta de Nan Madol.




    Para ello hay que
    remontarse nuevamente a los relatos tradicionales de los nativos.
    Cuentan éstos que muchísimo tiempo después de la llegada de la primera
    canoa con las nueve parejas (ver "Más Allá" n°...), hacen aparición en
    la isla dos hermanos: Olosipe y Olosaupa. Con ellos comienza el enigma
    de la ciudad de Nan Madol.





    El único recuerdo
    ancestral que los nativos conservan sobre la construcción de dicha
    ciudad, es el que refiere su origen a la actuación, absolutamente
    mágica, de estos dos personajes.





    Nadie sabe de dónde
    vinieron; llegaron en una nube y descendieron en Sokehs, en el norte de
    la isla. Eran constructores, ingenieros, arquitectos extraordinariamente
    inteligentes y dotados de poderosos recursos mágicos. Pero además
    sacerdotes e instructores, que sacaron a los pohnpeyanos de su
    ignorancia y de su primitivismo.





    Llegaron a Pohnpei para
    edificar allí un santuario consagrado a un protector de la tierra y del
    mar: la anguila, desde entonces el animal totémico por excelencia de
    Pohnpei.





    Hay que tener en cuenta
    que el pohnpeyano no adora a la anguila misma como animal, sino por lo
    que éste representa: en su cuerpo habita el espíritu, la divinidad. La
    anguila es así un vehículo de la divinidad. Como lo es la serpiente para
    los aborígenes australianos y para los pueblos mesoamericanos, entre
    otros. ¿Y por qué en Pohnpei no aparece la figura de la serpiente,
    cobrando vigor, en su lugar, la de la anguila? Pues porque es el único
    animal que el nativo pohnpeyano puede asimilar a la imagen de una
    serpiente, por la sencilla razón de que en su pequeña isla las
    serpientes no existen.





    Pero volvamos al propósito de Olosipe y Olosaupa: erigirle un santuario a esta anguila sagrada.




    Siendo la anguila una
    serpiente acuática, el santuario debía erigirse en un lugar que fuera a
    la vez mar y tierra: el arrecife coralífero que rodea a la isla.











    EL FEUDO DE LOS REYES DEL SOL




    Recorrieron, pues, la
    costa de la isla desde el promontorio de Sokehs, en el Norte, en busca
    de un lugar idóneo. Lo hallaron en un lugar llamado Sau Nalan, cuyo
    significado era el Sol. El santuario debía recibir el nombre de
    Nanisounsap, que significa "lugar del rey del Sol".





    Pensile Lawrence, transmisor ya citado del conocimiento esotérico de Pohnpei, me confesaría:

    "Se decidieron por el actual enclave de Nan Madol, puesto que en aquel lugar preciso observaron luces extrañas en el mar."

    De acuerdo también con la versión esotérica, debajo de Nan Madol yace Kanimeiso, la "ciudad de nadie".




    Por ende, cabe comentar
    aquí que todo el simbolismo de la construcción del santuario apunta
    hacia el feudo de los reyes del Sol: Nan Tauas, la construcción
    principal del conjunto, se halla en el vértice oriental (hacia donde
    sale el Sol) de Nanisounsap (el lugar del rey del Sol), erigido a su vez
    en el extremo oriental de Sau Nalan (el Sol), que a su vez constituye
    el flanco oriental, o sea de la salida del Sol, de la isla de Pohnpei.











    TRANSPORTE AÉREO




    Cuando regresamos de la
    jungla de Salapwuk, nos instalamos pues en el minúsculo y paradisíaco
    islote de Joy Island (antiguamente Nahnningi, el "pedazo de tierra
    pescado del fondo del mar", o sea un trozo del paraíso, puesto que eso
    es para los pohnpeyanos el fondo del mar).





    En el islote sólo vivía Nahzy Susumu.




    Con él, con nuestra
    compañera, guía e intérprete Carmelida Gargina, con los grandes
    cangrejos cocoteros, dos perros y algunos cerdos, con las rayas y con
    las crías y algún que otro padre de tiburón y con la desdichada morena
    que pescó Carmelida a golpe limpio de mi machete para cocerla luego aún
    medio viva en las brasas de nuestra hoguera, compartimos las
    inolvidables y solitarias noches de este mágico arrecife coralífero del
    Pacífico.





    ¿Mágico?: Absolutamente
    mágico. De día, íbamos a visitar desde allí las cercanas ruinas de Nan
    Madol: 91 islotes artificiales construidos sobre el arrecife, a base de
    la superposición - única en el mundo - de enormes columnas de basalto.
    Analizamos todas las posibilidades que podían ofrecerse de transportar
    estas columnas desde la cantera que se hallaba al norte de la isla,
    hasta el enclave en que habían sido apiladas en Nan Madol.





    Por tierra, imposible,
    dado que la espesa jungla que cubría toda la isla, y los intrincados
    manglares que se extendían a lo largo de la costa, hacían imposible el
    transporte de estos enormes bloques de piedra.





    Cabía la posibilidad de un transporte por mar, a lo largo del arrecife.




    Miquel Amat, experto
    navegante, me comentó sin embargo que la única posibilidad habría sido,
    en época tan lejana, el sujetar cada columna de piedra debajo de una
    enorme balsa, para evitar que esta zozobrara y se hundiera.





    Pero entonces, ¿cómo
    habrían podido salvar la barrera coralífera con la que habrían topado?
    El transporte era a todas luces imposible. Excepto para los iniciados,
    aquellos privilegiados isleños que conocían la historia auténtica de su
    tierra.





    A la luz de la hoguera,
    en noche de plenilunio, un descendiente de tsamoro me confió que para
    ellos no es ningún secreto el que Olosipe y Olosaupa, los dos hermanos
    constructores, estaban dotados de un extraordinario poder mágico:


    "Convocaron a todas las
    piedras para que vinieran por sí solas y formaran las imponentes
    construcciones. Olosipe y Olosaupa llamaron a las piedras que estaban en
    Sokehs. Estas oyeron su llamada mágica y acudieron volando junto a los
    dos hermanos.





    Por procedimientos
    mágicos éstos ordenaron a cada uno de los grandes bloques de piedra que
    ocupara su sitio correspondiente en las construcciones. Tal es la forma
    en que se construyó Nan Madol."


    Quien se sonría ante mi
    ingenuidad, recuerde las palabras del jefe hopi White Bear, cuando
    explica - sin tener ni la más remota idea de lo que cuentan los
    transmisores del conocimiento en Pohnpei - que exactamente este corte y
    trasporte de enormes bloques de piedra es lo que los katchinas - seres
    que dominaban el secreto del vuelo - enseñaron a los antepasados de los
    indios hopi, hoy asentados en Arizona, y que por su parte afirman
    proceder del Pacífico.





    Es más: vimos que en la
    relación solar de todo el simbolismo construccional y de emplazamiento
    del santuario del rey del Sol - Nanisounsap - el edificio principal, Nan
    Tauas, ocupaba el vértice más oriental, o sea dirigido al Sol naciente.





    Pues bien, Tauas significa en lenguaje hopi exactamente esto mismo: Sol.










    EL MISTERIO ESTA DEBAJO




    Todo esto no son más que
    los testimonios visibles y averiguables - cuando se pregunta con tiento
    - de los enigmas que presenta la isla de Pohnpei. Ocultos quedan sus
    auténticos misterios. O su auténtico misterio.





    Aquél que está implícito en el propio nombre de Pohnpei: "Sobre el secreto".




    Tuve que desandar la
    selva monte arriba para que en lo alto del reino de Kiti, en Salapwuk,
    uno de los principales celadores del secreto me dijera que la isla que
    estábamos pisando no era más que el tapón puesto encima de un gran
    secreto que se escondía debajo, razón y origen de la sociedad secreta
    que allí funcionaba.





    Tuve que cruzar luego
    los manglares y navegar hasta Nahnningi, y por ende explorar las ya
    devastadas ruinas de la ciudad prohibida de Nan Madol, para ir
    arrancándoles a algunos nativos iniciados la confesión de que Nan Madol
    no es más que una señal en forma de desafiante ciudad que indica que
    frente a su muralla externa, allí donde moran los tiburones, se esconde
    bajo las aguas otra ciudad de construcción muchísimo más antigua.





    Sendas expediciones
    australiana, norteamericana y japonesa confirman que allí, a nueve
    metros de profundidad, descubrieron los vértices superiores de diez
    columnas verticales de 20 metros de altura cada una.





    Nadie explica lo que ha
    encontrado agua abajo de estas diez columnas submarinas, de una cultura
    absolutamente distinta a la de los constructores de Nan Madol: éstos
    dispusieron la totalidad de los bloques de basalto en forma horizontal,
    mientras que las mencionadas columnas submarinas se hallan todas en
    posición vertical.





    Pero eso es solamente el
    principio de lo que allí se esconde. Quedan para el recuerdo más
    reciente los sarcófagos de platino extraídos de allí entre las dos
    guerras mundiales por los buzos japoneses. Y para el más remoto, las
    luces vistas en este punto del mar por los instructores y constructores
    Olosipe y Olosaupa, que supieron así en dónde debían erigirle un
    santuario a la anguila sagrada.





    El motivo de este
    artículo ahora, al cabo de siete años de haber visitado la isla, no es
    otro que el de remozar la memoria y dejar constancia de este misterio
    para las generaciones futuras, para las que Pohnpei no será más que una
    diminuta isla en el Pacífico, invadida por el moderno turismo motorizado
    japonés.





    Les debía este homenaje a
    los Sau Rakim de Pohn Pei, que supieron desaparecer sin haber narrado
    más que una parte de su saber, testimoniando así su pertenencia a la
    universal comunidad de iniciados.





    El buen amigo,
    periodista, viajero, buscador y aventurero catalán Jorge Juan Sánchez
    García, que visitó Pohnpei en el mes de octubre de 1990, me comunica que
    desde mi estancia en la isla murió el celador de Salapwuk, Pernis
    Washndon, y se suicidó el joven y solitario Nahzy Susumu, que registraba
    el paso de cualquier extranjero a Nan Madol.





    La sociedad secreta de los tsamoro no traiciona sus principios.




    fuente/
    http://www.bibliotecapleyades.net/vida_alien/alien_faber08.htm
    http://sabiens2.blogspot.com/


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    Re: La Isla Secreta.

    Mensaje por @guille el Miér Mar 06, 2013 1:56 pm

    Muy interesante como siempre. Muchas felicidades por la nueva imagen esta padrisima me encanto. Un abrazo a todos.

      Fecha y hora actual: Vie Abr 28, 2017 2:57 pm