PROYECTO HUMANO

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    * VISIÓN DE LA CREACIÓN Y EL UNIVERSO EN DISTINTAS CULTURAS *

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    * VISIÓN DE LA CREACIÓN Y EL UNIVERSO EN DISTINTAS CULTURAS *

    Mensaje por Invitado el Sáb Jun 30, 2012 8:39 am

    * VISIÓN DE LA CREACIÓN Y EL UNIVERSO EN DISTINTAS CULTURAS *

    1. Astronomía maya

    En América durante la época precolombina se desarrolló un estudio astronómico bastante extenso. Algunas observaciones mayas son bien conocidas, como el eclipse lunar del 15 de febrero de 3379 a.C. Tenían su propio calendario solar y conocían la periodicidad de los eclipses. Inscribieron en monumentos de piedra fórmulas para predecir eclipses solares y la salida heliaca de Venus.

    Al igual que otros pueblos, los mayas creían en la existencia de siete cielos, planos y superpuestos, y de otros tantos niveles subterráneos, donde residían dioses y demonios, respectivamente.

    El mundo había sido creado por Hun ab ku (literalmente: uno-existir-dios) a partir de aguas primordiales inicialmente en completo reposo. Antes del mundo actual, habían existido otros mundos que acabaron en respectivos diluvios.

    Si los distintos pueblos del México antiguo llegaron hasta la fase jeroglífica, los mayas lograron la fase silábico-alfabética en su escritura. La numeración iniciada por los olmecas con base vigesimal, la perfeccionan los mayas, en los siglos III y IV a. C.

    Los mayas conocieron desde el tercer milenio a. C. como mínimo un desarrollo astronómico muy polifacético.

    El calendario comienza en una fecha cero que posiblemente sea el 8 de junio de 8498 a. C. en nuestro cómputo del tiempo, aunque no es del todo seguro. Los mayas tenían además un año de 365 días (con dieciocho meses de veinte días y un mes intercalado de cinco días).

    Los estudios sobre los astros que realizaron los mayas siguen sorprendiendo a los científicos. Su obsesión por el movimiento de los cuerpos celestes se basaba en la concepción cíclica de la historia, y la astronomía fue la herramienta que utilizaron para conocer la influencia de los astros sobre el mundo.

    El calendario solar maya era más preciso que el que hoy utilizamos. Todas las ciudades del periodo clásico están orientadas respecto al movimiento de la bóveda celeste. Muchos edificios fueron construidos con el propósito de escenificar fenómenos celestes en la Tierra, como El Castillo de Chichén Itzá, donde se observa el descenso de Kukulkán, serpiente formada por las sombras que se crean en los vértices del edificio durante los solsticios.

    Las cuatro escaleras del edificio suman 365 peldaños, los días del año. En el Códice Dresde y en numerosas estelas se encuentran los cálculos de los ciclos lunar, solar, venusiano y las tablas de periodicidad de los eclipses.

    Muchas de sus observaciones han llegado hasta nuestros días (por ejemplo un eclipse lunar del 15 de febrero de 3379 a. C.) y se conocían con gran exactitud las revoluciones sinódicas de los planetas, la periodicidad de los eclipses etc.

    2. La Astronomía en el antiguo Egipto

    Para los egipcios, el Universo era una caja, alargada de norte a sur tal como su país; alrededor de la Tierra fluía el río Ur-Nes, uno de cuyos brazos era el Nilo, que nacía en el sur. Durante el día, el Sol recorría el cielo de oriente a poniente y, durante la noche, rodeaba la Tierra por el norte en un barco que navegaba por el río Ur-Nes, escondida su luz de los humanos detrás de las altas montañas del valle Dait.

    Los egipcios observaron que las estrellas realizan un giro completo en poco más de 365 días. Además, este ciclo de 365 días del Sol concuerda con el de las estaciones, y ya antes del 2500 a.C. los egipcios usaban un calendario basado en ese ciclo, por lo que cabe suponer que utilizaban la observación astronómica de manera sistemática desde el cuarto milenio.

    El año civil egipcio tenía doce meses de treinta días, más cinco días llamados epagómenos. La diferencia, pues, era de un cuarto de día respecto al año solar. No utilizaban años bisiestos: 120 años después se adelantaba un mes, de tal forma que 1456 años después el año civil y el astronómico volvían a coincidir de nuevo.

    El Nilo empezaba su crecida más o menos en el momento en que la estrella Sothis, nuestro Sirio (el Sepedet de los egipcios), tras haber sido mucho tiempo invisible bajo el horizonte, podía verse de nuevo poco antes de salir el Sol.

    El calendario egipcio tenía tres estaciones de cuatro meses cada una:

    -Inundación o Akhet.

    -Invierno o Peret, es decir, "salida" de las tierras fuera del agua.

    -Verano o Shemú, es decir, "falta de agua".

    La apertura del año egipcio ocurría el primer día del primer mes de la Inundación, aproximadamente cuando la estrella Sirio comenzaba de nuevo a observarse un poco antes de la salida del Sol.

    De finales de la época egipcia (144 d.C.) son los llamados papiros de Carlsberg, donde se recoge un método para determinar las fases de la Luna, procedente de fuentes muy antiguas. En ellos se establece un ciclo de 309 lunaciones por cada veinticinco años egipcios, de tal forma que estos 9.125 días se disponen en grupos de meses lunares de 29 y 30 días. El conocimiento de este ciclo permite a los sacerdotes egipcios situar en el calendario civil las fiestas móviles lunares.

    La orientación de templos y pirámides es otra prueba del tipo de conocimientos astronómicos de los egipcios. Se construyeron pirámides como las de Gizeh, alineadas con la estrella Polar, con la que les era posible determinar el inicio de las estaciones usando para ello la posición de la sombra de las pirámides. También utilizaron las estrellas para guiar la navegación.

    El legado de la astronomía egipcia llega hasta nuestros días bajo la forma del calendario. Heródoto, en sus Historias dice: "los egipcios fueron los primeros de todos los hombres que descubrieron el año, y decían que lo hallaron a partir de los astros".

    La perspicaz observación del movimiento estelar y planetario permitió a los egipcios la elaboración de dos calendarios, uno lunar y otro civil. El calendario Juliano y, más tarde, el Gregoriano —el que usamos actualmente—, no son más que una modificación del calendario civil egipcio.

    3. Astronomía en la antigua Grecia

    En Grecia comenzó a desarrollarse lo que ahora conocemos como astronomía occidental. En los primeros tiempos de la historia de Grecia se consideraba que la tierra era un disco en cuyo centro se hallaba el Olimpo y en torno suyo el Okeanos, el mar universal. Las observaciones astronómicas tenían como fin primordial servir como guía para los agricultores por lo que se trabajó intensamente en el diseño de un calendario que fuera útil para estas actividades.

    La Odisea de Homero ya se refiere a constelaciones como la Osa Mayor y Orión, y describe cómo las estrellas pueden servir de guía en la navegación. La obra "Los trabajos y los días" de Hesíodo informa sobre las constelaciones que salen antes del amanecer en diferentes épocas del año, para indicar el momento oportuna para arar, sembrar y recolectar.

    Las aportaciones científicas griegas más importantes se asocian con los nombres de los filósofos Tales de Mileto y Pitágoras, pero no se conserva ninguno de sus escritos. La leyenda de que Tales predijo un eclipse total de Sol el 28 de mayo de 585 a.C., parece ser apócrifa.

    Hacia el año 450 a.C., los griegos comenzaron un fructífero estudio de los movimientos planetarios. Filolao (siglo V a.C.), discípulo de Pitágoras, creía que la Tierra, el Sol, la Luna y los planetas giraban todos alrededor de un fuego central oculto por una ‘contratierra’ interpuesta. De acuerdo con su teoría, la revolución de la Tierra alrededor del fuego cada 24 horas explicaba los movimientos diarios del Sol y de las estrellas.

    El más original de los antiguos observadores de los cielos fue otro griego, Aristarco de Samos. Creía que los movimientos celestes se podían explicar mediante la hipótesis de que la Tierra gira sobre su eje una vez cada 24 horas y que junto con los demás planetas gira en torno al Sol.

    Esta explicación fue rechazada por la mayoría de los filósofos griegos que contemplaban a la Tierra como un globo inmóvil alrededor del cual giran los ligeros objetos celestes. Esta teoría, conocida como sistema geocéntrico, permaneció inalterada unos 2.000 años. Sus bases eran:
    - Los Planetas, el Sol, la Luna y las Estrellas se mueven en orbitas circulares perfectas.
    -La velocidad de los Planetas, el Sol, la Luna y las estrellas son perfectamente uniformes.
    -La Tierra se encuentra en el centro exacto del movimiento de los cuerpos celestes.

    Bajo estos principios Eudoxo (408 - 355 a.C) fue el primero en concebir el universo como un conjunto de 27 esferas concéntricas que rodean la tierra, la cual a su vez también era una esfera. Platón y uno de sus mas adelantados alumnos Aristóteles (384 - 322 a.C.) mantuvieron el sistema ideado por Eudoxo agregándole no menos de cincuenta y cinco esferas en cuyo centro se encontraba la Tierra inmóvil.

    Pero el centro de la vida intelectual y científica se trasladó de Atenas a Alejandría, ciudad fundada por Alejandro Magno u y modelada según el ideal griego.

    4. La astronomía en la europa antigua

    Antiguos pueblos que habitaron Europa tuvieron conocimientos avanzados tanto de los movimientos de los astros como de matemática y geometría. Realizaron grandes construcciones para la práctica de la astronomía realizada a simple vista (sin instrumentos), y así determinaron los solsticios y equinoccios y pudieron predecir los eclipses.

    Los astrónomos de las culturas megalíticas tuvieron unos conocimientos realmente sorprendentes de los movimientos de los astros y de la geometría práctica. Lo demuestran los grupos de grandes piedras erectas (megalitos, algunos de más de veinticinco toneladas de peso), dispuestas de acuerdo con esquemas geométricos regulares, hallados en muchas partes del mundo.

    Algunos de esos círculos de piedras fueron erigidos de modo que señalasen la salida y la puesta del Sol y de la Luna en momentos específicos del año; señalan especialmente las ocho posiciones extremas de la Luna en sus cambios de declinación del ciclo de veintiún días que media entre una luna llena y la siguiente.

    Varios de estos observatorios se han preservado hasta la actualidad siendo los más famosos los de Stonehenge en Inglaterra y Carnac en Francia.

    Stonehenge ha sido uno de los más extensamente estudiados. Se construyó en varias fases entre los años 2200 y 1600 a.C. Su utilización como instrumento astronómico permitió al hombre del megalítico realizar un calendario bastante preciso y predecir eventos celestes como eclipses lunares y solares.

    Stonehenge fue erigido a 51º de latitud norte y se tuvo en cuenta el hecho de que el ángulo existente entre el punto de salida del Sol en el solsticio de verano y el punto más meridional de salida de la Luna es un ángulo recto.

    El círculo de piedras, que se dividía en 56 segmentos, podía utilizarse para determinar la posición de la Luna en el transcurso del año. Y también para averiguar las fechas de los solsticios de verano e invierno y para predecir los eclipses solares.

    Los círculos de piedras le dieron al hombre del megalítico en Europa un calendario bastante seguro, requisito esencial para su asentamiento en comunidades organizadas agrícolas tras el último periodo glacial, unos diez mil años antes de Cristo.

    Pero, aunque el europeo primitivo aprendió a servirse del firmamento para regular su vida, siguió adorando los astros, considerados como residencia o incluso como manifestación de poderosos dioses que lo controlaban todo.

    5. Astronomía azteca

    La civilización azteca surgió a partir del siglo X. Su máximo esplendor lo obtuvo entre los siglos XIV al XVI. Los aztecas no solo desarrollaron la astronomía y el calendario, sino que estudiaron y desarrollaron la meteorología, como una consecuencia lógica de la aplicación de sus conocimientos para facilitar sus labores agrícolas.

    La representación del cielo (masculino) y Tierra (femenino) estaban determinados por Ometecuhtli y Omecíhuatl, respectivamente. Las eras en la cosmología azteca están definidas por soles, cuyo final estaba marcado por cataclismos.

    El primer Sol, Nahui-Oceloti (Jaguar) era un mundo poblado por gigantes, que fue destruido por jaguares. El segundo Sol, Nahui-Ehécati (Viento) fue destruido por un huracán. El tercer Sol, Nahuiquiahuitl, por una lluvia de fuego. El cuarto Sol, Nahui-Ati (agua) fue destruido por un diluvio. Y el quinto, Nahui-Ollin (movimiento) está destinado a desaparecer por movimientos de la Tierra.

    El calendario azteca, o Piedra del Sol, es el monolito más antiguo que se conserva de la cultura prehispánica. Se cree que fue esculpido alrededor del año 1479. Se trata de un monolito circular con cuatro círculos concéntricos. En el centro se distingue el rostro de Tonatiuh (Dios Sol), adornado con Jade y sosteniendo un cuchillo en la boca. Los cuatro soles o eras anteriores, se encuentran representados por figuras de forma cuadrada que flanquean al quinto sol, en el centro. El círculo exterior está formado por veinte áreas que representan los días de cada uno de los dieciocho meses que constaba el calendario azteca.

    Para completar los 365 días del año solar, los aztecas incorporaban cinco días aciagos o nemontemi.

    Para los aztecas, la sucesión del día y la noche se explicaba por las constantes luchas entre los astros principales. Dado que durante el día es muy difícil observar la Luna e imposible a las estrellas, los aztecas interpretaban que el sol naciente (Huitzilopochtli) mataba a la Luna (Coyolxauhqui) y a las estrellas.

    Para los aztecas, la astronomía era muy importante, ya que formaba parte de la religión. Construyeron observatorios que les permitieron realizar observaciones muy precisas, hasta el punto que midieron con gran exactitud las revoluciones sinódicas del Sol, la Luna y los planetas Venus y Marte.

    Al igual que casi todos los pueblos antiguos, los aztecas agruparon las estrellas brillantes en asociaciones aparentes (constelaciones). Los cometas fueron denominados "las estrellas que humean".


    6. La astronomía en la antigüedad


    La curiosidad humana con respecto al día y la noche, al Sol, la Luna y las estrellas, llevó a los hombres primitivos a la conclusión de que los cuerpos celestes parecen moverse de forma regular. La primera utilidad de esta observación fue, por lo tanto, definir el tiempo y orientarse.

    La astronomía solucionó los problemas inmediatos de las primeras civilizaciones: la necesidad de establecer con precisión las épocas adecuadas para sembrar y recoger las cosechas y para las celebraciones, y la de orientarse en los desplazamientos y viajes.

    Para los pueblos primitivos el cielo mostraba una conducta muy regular. El Sol que separaba el día de la noche salía todas las mañanas desde una dirección, el Este, se movía uniformemente durante el día y se ponía en la dirección opuesta, el Oeste. Por la noche se podían ver miles de estrellas que seguían una trayectoria similar.

    En las zonas templadas, comprobaron que el día y la noche no duraban lo mismo durante el año. En los días largos, el Sol salía más al Norte y ascendía más alto en el cielo al mediodía. En los días con noches más largas el Sol salía más al Sur y no ascendía tanto.

    Pronto, el conocimiento de los movimientos cíclicos del Sol, la Luna y las estrellas mostraron su utilidad para la predicción de fenómenos como el ciclo de las estaciones, de cuyo conocimiento dependía la supervivencia de cualquier grupo humano.

    Cuando la actividad principal fue la caza, era trascendental predecir el instante en que se producía la migración estacional de los animales que les servían de alimento y, posteriormente, cuando nacieron las primeras comunidades agrícolas, era fundamental conocer el momento oportuno para sembrar y recoger las cosechas.

    La alternancia del día y la noche debe haber sido un hecho explicado de manera obvia desde un principio por la presencia o ausencia del Sol en el cielo y el día fue seguramente la primera unidad de tiempo universalmente utilizada.

    Debió ser importante también desde un principio el hecho de que la calidad de la luz nocturna dependiera de la fase de la Luna, y el ciclo de veintinueve a treinta días ofrece una manera cómoda de medir el tiempo. De esta forma los calendarios primitivos casi siempre se basaban en el ciclo de las fases de la Luna. En cuanto a las estrellas, para cualquier observador debió ser obvio que las estrellas son puntos brillantes que conservan un esquema fijo noche tras noche.

    Los primitivos, naturalmente, creían que las estrellas estaban fijas en una especie de bóveda sobre la Tierra. Pero el Sol y la Luna no deberían estar incluidos en ella.

    Del Megalítico se conservan grabados en piedra de las figuras de ciertas constelaciones: la Osa Mayor, la Osa Menor y las Pléyades. En ellos cada estrella está representada por un alvéolo circular excavado en la piedra.

    Del final del Neolítico nos han llegado menhires y alineamientos de piedras, la mayor parte de ellos orientados hacia el sol naciente, aunque no de manera exacta sino siempre con una desviación de algunos grados hacia la derecha. Este hecho hace suponer que suponían fija la estrella Polar e ignoraban la precesión de los equinoccios.


    7. Astronomía de los incas

    En América del Sur, en los Andes centrales, culturas preincaicas realizaron obras como las Líneas de Nazca, o la Puerta del Sol en Tiahuanaco. En realidad, aún es mucho lo que falta por investigar en este aspecto y en la actualidad científicos de diferentes partes del mundo han vuelto a mirar a América, porque sin duda, a pesar del saqueo realizado por los conquistadores europeos, se pueden descubrir muchas cosas más.

    Sin duda alguna, los Incas es el imperio más representativo de América del Sur. Es precisamente en Cuzco, en donde muchos investigadores han encontrado documentos de colonizadores españoles que describen el Templo del Sol, del cual irradiaban cuarenta y un ejes llamados ceques, cuya disposición implicaba lineamientos geománticos o astronómicos, que definían el valle en 328 huacas las cuales cumplían funciones rituales y políticas.

    Los Incas conocían la revolución sinódica del los planetas. Construyeron un calendario Lunar para las fiestas religiosas y uno solar para la agricultura. Utilizaron elementos como mojones alrededor de los pueblos para realizar astronomía visual (solo por observación directa). Los Chibchas conocían la constelación de Orión y reconocían la relación entre la salida heliacal de Sirio con el comienzo de la temporada de lluvias.

    El calendario consistía en un año solar de 365 días, repartidos en doce meses de treinta días y con cinco días intercalados. Se sabe que el calendario era determinado observando al Sol y a la Luna. Para fijar las fechas exactas del año y meses, Pachacútec dispuso la edificación de doce torres o pilares localizados al Este de la llacta del Cusco, llamados sucangas.

    Los Incas daban mucha importancia a las constelaciones y estaban muy interesados en la medición del tiempo para fines agrícolas. Poseían sus propias constelaciones entre las cuales, se destacan la Cruz del Sur y el Centauro. Para ellos las Vía Láctea era oscurecida por sacos de carbón. La Astronomía jugó un papel muy importante para la construcción de sus ciudades.


    8. Astronomía en Roma

    El imperio Romano, tanto en sus épocas paganas como cristiana, dio poco o ningún impulso al estudio de las ciencias. Roma era una sociedad práctica que respetaba la técnica pero consideraba la ciencia tan poco útil como la pintura y la poesía.

    Los conocimientos astronómicos durante este período son los que ya se conocían en época helena; es decir, algunas teorías geocéntricas (Aristóteles) y la existencia de los planetas visibles a simple vista Venus, Marte, Júpiter y Saturno, con especial mención a nuestro satélite natural, la Luna conocida desde siempre y considerada como un Dios.

    No podemos dejar de mencionar al filósofo romano Lucrecio, del siglo I a.C., y su famosa obra "De Rerum Natura", en la que encontramos una concepción del Universo muy cercana a la moderna, en algunos sentidos, y extrañamente retrógrada, en otros.

    Según Lucrecio, la materia estaba constituida de átomos imperecederos. Éstos se encuentran eternamente en movimiento, se unen y se separan constantemente, formando y deshaciendo tierras y soles, en una sucesión sin fin.

    Nuestro mundo es sólo uno entre un infinito de mundos coexistentes; la Tierra fue creada por la unión casual de innumerables átomos y no está lejano su fin, cuando los átomos que la forman se disgreguen.

    Pero Lucrecio no podía aceptar que la Tierra fuera redonda. En realidad, cuando Lucrecio hablaba de un número infinito de mundos se refería a sistemas semejantes a los que creía era el nuestro: una tierra plana contenida en una esfera celeste. Pero indudablemente, a pesar de sus desaciertos, la visión cósmica de Lucrecio no deja de ser curiosamente profética.

    Se cree que los cristianos fanáticos destruyeron la Biblioteca de Alejandría en donde se concentraba el saber de la humanidad hasta ese momento, la academia de Platón fue cerrada, el Serapetum de Alejandría, centro del saber, fue destruido y fueron asesinados muchos de los sabios que se encontraban en sus campos.

    Los estudiosos huyeron de Alejandría y Roma hacia Bizancio y la ciencia tuvo una nueva etapa de desarrollo en el ámbito del Islam.


    9. Cosmogonía budista

    La Cosmología Budista es la descripción de la forma y evolución del universo de acuerdo con los escritos y comentarios canónicos Budistas. No es solamente la forma de múltiples mundos o esferas en un espacio, sino su evolución en el tiempo.

    La visión del mundo presentada en las descripciones de la cosmología budista no se debe interpretar como una descripción literal del universo.

    Es inconsistente, y no se puede hacer consistente, con la información astronómica que era ya conocida en la antigua India. Sin embargo, no es la intención de ser una descripción de como los humanos ordinarios perciben su mundo; más bien, es el universo como es visto a través del "Ojo Divino", por el cual un Buda o Arhat que ha cultivado esta facultad puede percibir todos los demás mundos y seres naciendo y muriendo dentro de estos, y saber sus renacimientos pasados y futuros. Esta cosmología también ha sido interpretada de manera simbólica o alegórica.

    La Cosmología Budista puede ser dividida en dos clases relacionadas: cosmología espacial, que describe la organización de los distintos mundos dentro del universo, y cosmología temporal, que describe los ciclos de estos mundos empezando y terminando su existencia.


    10. Cosmogonía judeo-cristiana

    En la cosmogonía judeo-cristiana, el origen del mundo está presente en el Génesis (el primer libro de la Biblia), que relata cómo Yahvé empezó a crear el mundo «en un principio». En el texto original no aparece mención explícita a un proceso de creación partiendo de la nada. La creación es un proceso que tiene lugar por separación: la tierra de los cielos, la tierra de las aguas, la luz de la oscuridad. Es decir, se procede por separación de componentes partiendo del caos primigenio.

    Génesis (Capítulo 1):

    1:1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
    1:2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
    1:3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
    1:4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.
    1:5 Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.
    1:6 Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.
    1:7 E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.
    1:8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.
    1:9 Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.
    1:10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.
    1:11 Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así.
    1:12 Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.
    1:13 Y fue la tarde y la mañana el día tercero.
    1:14 Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años,
    1:15 y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.
    1:16 E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.
    1:17 Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,
    1:18 y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.
    1:19 Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.
    1:20 Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.
    1:21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.
    1:22 Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra.
    1:23 Y fue la tarde y la mañana el día quinto.
    1:24 Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.
    1:25 E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.
    1:26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.
    1:27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
    1:28 Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.
    1:29 Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.
    1:30 Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.
    1:31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.


    11. Astronomía en China

    Sabemos poco de la astronomía en la antigua China. Sin embargo, se sabe que es más antigua que la astronomía occidental y que, por estar tan alejada de ella, tuvo un desarrollo totalmente independiente.

    Los chinos consideraban al universo como una naranja que colgaba de la estrella polar ubicando sus 284 constelaciones en 28 segmentos o casas en que dividían el universo. La antigua astronomía estelar china difiere mucho de la babilónica y de la occidental. El ecuador celeste se dividía en 28 «casas» y el número de constelaciones ascendía al final a 284.

    La concepción del Universo en la China antigua se encuentra expuesta en el Chou pi suan ching, un tratado escrito alrededor del siglo IV a.C.

    Según la teoría del Kai t'ien (que significa: el cielo como cubierta), el cielo y la Tierra son planos y se encuentran separados por una distancia de 80.000 li —un li equivale aproximadamente a medio kilómetro—. El Sol, cuyo diámetro es de 1.250 li, se mueve circularmente en el plano del cielo; cuando se encuentra encima de China es de día, y cuando se aleja se hace noche.

    Posteriormente, se tuvo que modificar el modelo para explicar el paso del Sol por el horizonte; según la nueva versión del Kai t'ien, el cielo y la Tierra son semiesferas concéntricas, siendo el radio de la semiesfera terrestre de 60.000 li.

    El texto no explica cómo se obtuvieron las distancias mencionadas; al parecer, el modelo fue diseñado principalmente para calcular, con un poco de geometría, la latitud de un lugar a partir de la posición del Sol.

    El Kai t'ien era demasiado complicado para cálculos prácticos y cayó en desuso con el paso del tiempo. Alrededor del siglo II d.C., se empezó a utilizar la esfera armilar como un modelo mecánico de la Tierra y el cielo.

    Al mismo tiempo surgió una nueva concepción del Universo: la teoría del hun t'ien (cielo envolvente), según la cual: "... el cielo es como un huevo de gallina, tan redondo como una bala de ballesta; la Tierra es como la yema del huevo, se encuentra sola en el centro. El cielo es grande, y la Tierra, pequeña."

    Además, se asignó el valor de 1.071.000 li a la circunferencia de la esfera celeste, pero el texto no explica cómo fue medida.

    Posteriormente, las teorías cosmogónicas en China girarán alrededor de la idea de que el Universo estaba formado por dos sustancias: el yang y el yin, asociados al movimiento y al reposo, respectivamente.

    De acuerdo con la escuela neoconfucionista, representada principalmente por Chu Hsi en el siglo XII, el yang y el yin se encontraban mezclados antes de que se formara el mundo, pero fueron separados por la rotación del Universo.

    El yang móvil fue arrojado a la periferia y formó el cielo, mientras que el yin inerte se quedó en el centro y formó la Tierra; los elementos intermedios, como los seres vivos y los planetas, guardaron proporciones variables de yang y yin.

    Al igual que en Babilonia, el antiguo calendario chino de principios del siglo II a. C. es un año lunisolar, con ciclos bisiestos de diecinueve años. La obra "Calendario de tres ciclos", aparecida hacia el principio de nuestra era y cuyo autor es Liu Hsin, describe la historia de la astronomía china desde el tercer milenio.

    Los astrónomos de la corte imperial china observaron fenómenos celestes extraordinarios cuya descripción ha llegado en muchos casos hasta nuestros días. Estas crónicas son para el investigador una fuente valiosísima porque permiten comprobar la aparición de nuevas estrellas, cometas, etc. También los eclipses se controlaban de esta manera.

    Por el contrario, el estudio de los planetas y de la Luna no estuvo hasta el siglo I a. C. en condiciones de proporcionar predicciones suficientemente exactas de los fenómenos celestes.

    Se cuenta la historia de los desdichados astrónomos de la corte, Hsi y Ho, éstos fueron ejecutados por haber puesto en peligro la seguridad del mundo, al dejar de predecir un eclipse de Sol.


    12. Astronomía en Babilonia

    El mito babilónico de la creación es el más antiguo que ha llegado a nuestros días. El Enuma elis (Cuando arriba), escrito quince siglos antes de la era cristiana, relata el nacimiento del mundo a partir de un caos primordial.

    En el principio, cuenta el mito, estaban mezcladas el agua del mar, el agua de los ríos y la niebla, cada una personificada por tres dioses: la madre Ti'amat, el padre Apsu y el sirviente (¿?) Mummu.

    El agua del mar y el agua de los ríos engendraron a Lahmu y Lahamu, dioses que representaban el sedimento, y éstos engendraron a Anshar y Kishar, los dos horizontes —entendidos como el límite del cielo y el límite de la Tierra—.

    En aquellos tiempos, el cielo y la Tierra estaban unidos; según la versión más antigua del mito, el dios de los vientos separó el cielo de la Tierra; en la versión más elaborada, esa hazaña le correspondió a Marduk, dios principal de los babilonios.

    Marduk se enfrentó a Ti'amat, diosa del mar, la mató, cortó su cuerpo en dos y, separando las dos partes, construyó el cielo y la Tierra. Posteriormente, creó el Sol, la Luna y las estrellas, que colocó en el cielo.

    Así, para los babilonios, el mundo era una especie de bolsa llena de aire, cuyo piso era la Tierra, y el techo, la bóveda celeste. Arriba y abajo se encontraban las aguas primordiales, que a veces se filtraban, produciendo la lluvia y los ríos.

    Como todos los mitos, la cosmogonía babilonia estaba basada en fenómenos naturales que fueron extrapolados a dimensiones fabulosas: Mesopotamia se encuentra entre los ríos Tigris y Éufrates, que desembocan en el golfo Pérsico; allí depositan su sedimento, de modo tal que la tierra gana lentamente espacio al mar. Seguramente fue ese hecho el que sugirió a los babilonios la creación de la tierra firme a partir de las aguas primordiales.

    Los babilonios estudiaron los movimientos del Sol y de la Luna para perfeccionar su calendario. Solían designar como comienzo de cada mes el día siguiente a la luna nueva, cuando aparece el primer cuarto lunar. Al principio este día se determinaba mediante la observación, pero después los babilonios trataron de calcularlo anticipadamente.

    Las primeras actividades astronómicas que se conocen de los babilonios datan del siglo VIII a.C. Se conoce que midieron con precisión el mes y la revolución de los planetas.

    La observación más antigua de un eclipse solar procede también de los babilonios y se remonta al 15 de junio del 763 a.C. Los babilonios calcularon la periodicidad de los eclipses, describiendo el ciclo de Saros, el cual aun hoy se utiliza. Construyeron un calendario lunar y dividieron el día en venticuatro horas. Finalmente nos legaron muchas de las descripciones y nombres de las constelaciones.

    Hacia el 400 a.C. comprobaron que los movimientos aparentes del Sol y la Luna de Oeste a Este alrededor del zodíaco no tienen una velocidad constante. Parece que estos cuerpos se mueven con velocidad creciente durante la primera mitad de cada revolución hasta un máximo absoluto y entonces su velocidad disminuye hasta el mínimo originario.

    Los babilonios intentaron representar este ciclo aritméticamente dando por ejemplo a la Luna una velocidad fija para su movimiento durante la mitad de su ciclo y una velocidad fija diferente para la otra mitad.

    Perfeccionaron además el método matemático representando la velocidad de la Luna como un factor que aumenta linealmente del mínimo al máximo durante la mitad de su revolución y entonces desciende al mínimo al final del ciclo. Con estos cálculos los astrónomos babilonios podían predecir la luna nueva y el día en que comenzaría el nuevo mes. Como consecuencia, conocían las posiciones de la Luna y del Sol todos los días del mes.

    De forma parecida calculaban las posiciones planetarias, tanto en su movimiento hacia el Este como en su movimiento retrógrado. Los arqueólogos han desenterrado tablillas cuneiformes que muestran estos cálculos. Algunas de estas tablillas, que tienen su origen en las ciudades de Babilonia y Uruk, a las orillas del río Éufrates, llevan el nombre de Naburiannu (hacia 491 a.C.) o Kidinnu (hacia 379 a.C.), astrólogos que debieron ser los inventores de los sistemas de cálculo.


    13. Astronomía Visigoda

    San Isidoro de Sevilla (560-636) escribió un tratado científico titulado "De rerum natura" (Sobre la naturaleza), a inicios del siglo VII, a petición del rey Sisebuto, que reinó en la Hispania visigoda entre los años 612 y 621.

    Seguramente Sisebuto no tuvo que insistirle demasiado al obispo sevillano para que escribiera este tratado, ya que Isidoro nunca había hecho ascos al estudio de algunas cuestiones científicas, es más, en algunos de sus libros anteriores ya había dejado caer algunas nociones que indicaban sus conocimientos sobre el mundo natural.

    Como es normal, y a diferencia de los clásicos, como Lucrecio (de cuya obra más famosa copia el título), la obra de Isidoro está llena de referencias cristianas, y está adaptada a la concepción teológica del autor.

    Este libro, que pronto fue conocido en toda Europa, trataba de sintetizar el conocimiento científico en su tiempo, y abarcaba diversas materias, con un especial hincapié en la divulgación de la astronomía.

    El propio rey Sisebuto, en la respuesta a San Isidoro tras recibir el libro, trató de dar una explicación a los eclipses de Luna y de Sol. A partir de entonces, el libro de Isidoro y la carta de Sisebuto fueron conocidos de forma conjunta.

    Pese a que hay discusiones, en el caso de Sisebuto, su creencia en una tierra esférica, parece desprenderse de la lectura de su texto, ya que habla de umbra rotae (sombra redonda) y de globus.

    El proceso de un eclipse en su conjunto (un Sol que al girar ocasiona siempre una forma igual en la sombra que es cortada por la Luna) también implica una tierra en forma de esfera.

    Pese a su admiración al sabio hispalense, Sisebuto no siguió al pie de la letra sus teorías, y así su creencia en la luminosidad propia de las estrellas y de los planetas contradice a San Isidoro, que pensaba que éstas no tenían luz propia y que eran iluminadas por el Sol, al igual que lo era la Luna.


    14. Cosmogonía hindú

    En el Veda de los antiguos hindúes se encuentran varias versiones de la creación del mundo. La idea común en ellas es que el Universo nació de un estado primordial indefinible; después de pasar por varias etapas, habrá de morir cuando el tiempo llegue a su fin; entonces se iniciará un nuevo ciclo de creación, evolución y destrucción, y así sucesivamente.

    Según el Rig Veda, en el principio había el no-ser, del que surgió el ser al tomar conciencia de sí mismo: el demiurgo Prajapati, creador del cielo y la Tierra, el que separó la luz de las tinieblas y creó el primer hombre.

    En otro mito, el dios Visnu flotaba sobre las aguas primordiales, montado sobre la serpiente sin fin Ananta; de su ombligo brotó una flor de loto, del que nació Brahma para forjar el mundo.

    Según los mitos hindúes el Universo era una superposición de tres mundos: el cielo, el aire y la Tierra. La Tierra era plana y circular, y en su centro se encontraba el mítico monte Sumeru (probablemente identificado con el Himalaya), al sur del cual estaba la India, en un continente circular rodeado por el océano. El cielo tenía siete niveles y el séptimo era la morada de Brahma; otros siete niveles tenía el infierno, debajo de la Tierra.

    A raíz de la conquista de la India por Alejandro Magno en el siglo IV a.C., las ideas cosmológicas de los hindúes fueron modificadas sustancialmente.

    Así, en los libros llamados Siddharta, se afirma que la Tierra es esférica y no está sostenida en el espacio, y que el Sol y los planetas giran alrededor de ella. Como dato curioso, se menciona a un tal Aryabhata, quien en el siglo V d.C., sostuvo que las estrellas se encuentran fijas y la Tierra gira; desgraciadamente, el texto no da más detalles que los necesarios para refutar tan extraña teoría.


    15. Astronomía árabe

    Los árabes fueron quienes después de la decadencia de los estudios griegos y la entrada de occidente en una fase de oscurantismo durante los siglos X a XV, continuaron con las investigaciones en astronomía dejando un importante legado: tradujeron el "Almagesto" y catalogaron muchas estrellas con los nombres que se utilizan aun en la actualidad, como Aldebarán, Rigel y Deneb.

    Entre los astrónomos árabes mas destacados se encuentran Al Batani, Al Sufi y Al Farghani, una autoridad en el sistema solar que calculó que la distancia a Saturno era de 130 millones de kilómetros (su distancia es diez veces mayor).

    Los omeyas, una de las tribus fronterizas árabes, que habían servido como soldados auxiliares romanos y se habían helenizado, constituyen la punta de lanza para la introducción de la actividad científica en el mundo árabe.

    En el año 700 los omeyas fundaron en Damasco un observatorio astronómico. En 773 Al-Mansur mandó traducir las obras astronómicas hindúes, los Siddhantas.

    En el año 829 Al-Mamúm fundó el observatorio astronómico de Bagdad, en donde se desarrollaron estudios sobre la oblicuidad de la Eclíptica. Por su parte, Al-Farghani confecciona, poco después, "El libro de reunión de las estrellas", un extraordinario catálogo con medidas muy precisas de las estrellas.

    Al-Battani, uno de los genios astronómicos de la época, trabajó en su observatorio Ar-Raqqa, a orillas del río Eufrates, para determinar y corregir las principales constantes astronómicas. Sus mediciones sobre la oblicuidad de la Eclíptica y Precesión de los Equinoccios, fueron más exactas que las de Claudio Ptolomeo.

    En 995 Al-Hakin fundó en la ciudad de El Cairo, la "Casa de la Ciencia" y, poco después, alrededor del año 1000, Ibn Yunis recopiló las observaciones astronómicas de los últimos doscientos años y publicó las "Tablas Hakenitas", llamadas así por su protector, Al-Hakin. Al mismo tiempo, Avicena o Ibn Sina elaboró su "Compendio del Almagesto" y un ensayo sobre "la inutilidad de la adivinación astrológica".

    En 1080 Azarquiel elaboró las "Tablas Toledanas", utilizadas durante más de un siglo para establecer el movimiento de los planetas.

    Los astrónomos árabes comenzaron a rechazar la concepción de los Epiciclos de Ptolomeo mucho antes del renacimiento en Europa, ya que según sus estudios, los planetas debían girar alrededor de un cuerpo central y no en torno a un punto. En esta concepción jugaron especial papel Averroes, Abúqueber y Alpetragio.

    En 1262 Nasir al-Din al-Tusi (Mohammed Ibn Hassan), asistido con astrónomos chinos, culminó con éxito la construcción del observatorio de Maragheh. Modificó el modelo de Ptolomeo, realizando trazados de gran precisión de los movimientos de los planetas.

    http://listas.20minutos.es/lista/vision-de-la-creacion-y-el-universo-en-distintas-culturas-335360/

    Invitado
    Invitado

    Re: * VISIÓN DE LA CREACIÓN Y EL UNIVERSO EN DISTINTAS CULTURAS *

    Mensaje por Invitado el Sáb Jun 30, 2012 7:27 pm

    yoga escribió:* VISIÓN DE LA CREACIÓN Y EL UNIVERSO EN DISTINTAS CULTURAS *

    1. Astronomía maya

    En
    América durante la época precolombina se desarrolló un estudio
    astronómico bastante extenso. Algunas observaciones mayas son bien
    conocidas, como el eclipse lunar del 15 de febrero de 3379 a.C. Tenían
    su propio calendario solar y conocían la periodicidad de los eclipses.
    Inscribieron en monumentos de piedra fórmulas para predecir eclipses
    solares y la salida heliaca de Venus.

    Al igual que otros pueblos,
    los mayas creían en la existencia de siete cielos, planos y
    superpuestos, y de otros tantos niveles subterráneos, donde residían
    dioses y demonios, respectivamente.

    El mundo había sido creado
    por Hun ab ku (literalmente: uno-existir-dios) a partir de aguas
    primordiales inicialmente en completo reposo. Antes del mundo actual,
    habían existido otros mundos que acabaron en respectivos diluvios.

    Si
    los distintos pueblos del México antiguo llegaron hasta la fase
    jeroglífica, los mayas lograron la fase silábico-alfabética en su
    escritura. La numeración iniciada por los olmecas con base vigesimal, la
    perfeccionan los mayas, en los siglos III y IV a. C.

    Los mayas conocieron desde el tercer milenio a. C. como mínimo un desarrollo astronómico muy polifacético.

    El
    calendario comienza en una fecha cero que posiblemente sea el 8 de
    junio de 8498 a. C. en nuestro cómputo del tiempo, aunque no es del todo
    seguro. Los mayas tenían además un año de 365 días (con dieciocho meses
    de veinte días y un mes intercalado de cinco días).

    Los estudios
    sobre los astros que realizaron los mayas siguen sorprendiendo a los
    científicos. Su obsesión por el movimiento de los cuerpos celestes se
    basaba en la concepción cíclica de la historia, y la astronomía fue la
    herramienta que utilizaron para conocer la influencia de los astros
    sobre el mundo.

    El calendario solar maya era más preciso que el
    que hoy utilizamos. Todas las ciudades del periodo clásico están
    orientadas respecto al movimiento de la bóveda celeste. Muchos edificios
    fueron construidos con el propósito de escenificar fenómenos celestes
    en la Tierra, como El Castillo de Chichén Itzá, donde se observa el
    descenso de Kukulkán, serpiente formada por las sombras que se crean en
    los vértices del edificio durante los solsticios.

    Las cuatro
    escaleras del edificio suman 365 peldaños, los días del año. En el
    Códice Dresde y en numerosas estelas se encuentran los cálculos de los
    ciclos lunar, solar, venusiano y las tablas de periodicidad de los
    eclipses.

    Muchas de sus observaciones han llegado hasta nuestros
    días (por ejemplo un eclipse lunar del 15 de febrero de 3379 a. C.) y se
    conocían con gran exactitud las revoluciones sinódicas de los planetas,
    la periodicidad de los eclipses etc.

    2. La Astronomía en el antiguo Egipto

    Para
    los egipcios, el Universo era una caja, alargada de norte a sur tal
    como su país; alrededor de la Tierra fluía el río Ur-Nes, uno de cuyos
    brazos era el Nilo, que nacía en el sur. Durante el día, el Sol recorría
    el cielo de oriente a poniente y, durante la noche, rodeaba la Tierra
    por el norte en un barco que navegaba por el río Ur-Nes, escondida su
    luz de los humanos detrás de las altas montañas del valle Dait.

    Los
    egipcios observaron que las estrellas realizan un giro completo en poco
    más de 365 días. Además, este ciclo de 365 días del Sol concuerda con
    el de las estaciones, y ya antes del 2500 a.C. los egipcios usaban un
    calendario basado en ese ciclo, por lo que cabe suponer que utilizaban
    la observación astronómica de manera sistemática desde el cuarto
    milenio.

    El año civil egipcio tenía doce meses de treinta días,
    más cinco días llamados epagómenos. La diferencia, pues, era de un
    cuarto de día respecto al año solar. No utilizaban años bisiestos: 120
    años después se adelantaba un mes, de tal forma que 1456 años después el
    año civil y el astronómico volvían a coincidir de nuevo.

    El Nilo
    empezaba su crecida más o menos en el momento en que la estrella
    Sothis, nuestro Sirio (el Sepedet de los egipcios), tras haber sido
    mucho tiempo invisible bajo el horizonte, podía verse de nuevo poco
    antes de salir el Sol.

    El calendario egipcio tenía tres estaciones de cuatro meses cada una:

    -Inundación o Akhet.

    -Invierno o Peret, es decir, "salida" de las tierras fuera del agua.

    -Verano o Shemú, es decir, "falta de agua".

    La
    apertura del año egipcio ocurría el primer día del primer mes de la
    Inundación, aproximadamente cuando la estrella Sirio comenzaba de nuevo a
    observarse un poco antes de la salida del Sol.

    De finales de la
    época egipcia (144 d.C.) son los llamados papiros de Carlsberg, donde se
    recoge un método para determinar las fases de la Luna, procedente de
    fuentes muy antiguas. En ellos se establece un ciclo de 309 lunaciones
    por cada veinticinco años egipcios, de tal forma que estos 9.125 días se
    disponen en grupos de meses lunares de 29 y 30 días. El conocimiento de
    este ciclo permite a los sacerdotes egipcios situar en el calendario
    civil las fiestas móviles lunares.

    La orientación de templos y
    pirámides es otra prueba del tipo de conocimientos astronómicos de los
    egipcios. Se construyeron pirámides como las de Gizeh, alineadas con la
    estrella Polar, con la que les era posible determinar el inicio de las
    estaciones usando para ello la posición de la sombra de las pirámides.
    También utilizaron las estrellas para guiar la navegación.

    El
    legado de la astronomía egipcia llega hasta nuestros días bajo la forma
    del calendario. Heródoto, en sus Historias dice: "los egipcios fueron
    los primeros de todos los hombres que descubrieron el año, y decían que
    lo hallaron a partir de los astros".

    La perspicaz observación del
    movimiento estelar y planetario permitió a los egipcios la elaboración
    de dos calendarios, uno lunar y otro civil. El calendario Juliano y, más
    tarde, el Gregoriano —el que usamos actualmente—, no son más que una
    modificación del calendario civil egipcio.

    3. Astronomía en la antigua Grecia

    En
    Grecia comenzó a desarrollarse lo que ahora conocemos como astronomía
    occidental. En los primeros tiempos de la historia de Grecia se
    consideraba que la tierra era un disco en cuyo centro se hallaba el
    Olimpo y en torno suyo el Okeanos, el mar universal. Las observaciones
    astronómicas tenían como fin primordial servir como guía para los
    agricultores por lo que se trabajó intensamente en el diseño de un
    calendario que fuera útil para estas actividades.

    La Odisea de
    Homero ya se refiere a constelaciones como la Osa Mayor y Orión, y
    describe cómo las estrellas pueden servir de guía en la navegación. La
    obra "Los trabajos y los días" de Hesíodo informa sobre las
    constelaciones que salen antes del amanecer en diferentes épocas del
    año, para indicar el momento oportuna para arar, sembrar y recolectar.

    Las
    aportaciones científicas griegas más importantes se asocian con los
    nombres de los filósofos Tales de Mileto y Pitágoras, pero no se
    conserva ninguno de sus escritos. La leyenda de que Tales predijo un
    eclipse total de Sol el 28 de mayo de 585 a.C., parece ser apócrifa.

    Hacia
    el año 450 a.C., los griegos comenzaron un fructífero estudio de los
    movimientos planetarios. Filolao (siglo V a.C.), discípulo de Pitágoras,
    creía que la Tierra, el Sol, la Luna y los planetas giraban todos
    alrededor de un fuego central oculto por una ‘contratierra’ interpuesta.
    De acuerdo con su teoría, la revolución de la Tierra alrededor del
    fuego cada 24 horas explicaba los movimientos diarios del Sol y de las
    estrellas.

    El más original de los antiguos observadores de los
    cielos fue otro griego, Aristarco de Samos. Creía que los movimientos
    celestes se podían explicar mediante la hipótesis de que la Tierra gira
    sobre su eje una vez cada 24 horas y que junto con los demás planetas
    gira en torno al Sol.

    Esta explicación fue rechazada por la
    mayoría de los filósofos griegos que contemplaban a la Tierra como un
    globo inmóvil alrededor del cual giran los ligeros objetos celestes.
    Esta teoría, conocida como sistema geocéntrico, permaneció inalterada
    unos 2.000 años. Sus bases eran:
    - Los Planetas, el Sol, la Luna y las Estrellas se mueven en orbitas circulares perfectas.
    -La velocidad de los Planetas, el Sol, la Luna y las estrellas son perfectamente uniformes.
    -La Tierra se encuentra en el centro exacto del movimiento de los cuerpos celestes.

    Bajo
    estos principios Eudoxo (408 - 355 a.C) fue el primero en concebir el
    universo como un conjunto de 27 esferas concéntricas que rodean la
    tierra, la cual a su vez también era una esfera. Platón y uno de sus mas
    adelantados alumnos Aristóteles (384 - 322 a.C.) mantuvieron el sistema
    ideado por Eudoxo agregándole no menos de cincuenta y cinco esferas en
    cuyo centro se encontraba la Tierra inmóvil.

    Pero el centro de la
    vida intelectual y científica se trasladó de Atenas a Alejandría,
    ciudad fundada por Alejandro Magno u y modelada según el ideal griego.

    4. La astronomía en la europa antigua

    Antiguos
    pueblos que habitaron Europa tuvieron conocimientos avanzados tanto de
    los movimientos de los astros como de matemática y geometría. Realizaron
    grandes construcciones para la práctica de la astronomía realizada a
    simple vista (sin instrumentos), y así determinaron los solsticios y
    equinoccios y pudieron predecir los eclipses.

    Los astrónomos de
    las culturas megalíticas tuvieron unos conocimientos realmente
    sorprendentes de los movimientos de los astros y de la geometría
    práctica. Lo demuestran los grupos de grandes piedras erectas
    (megalitos, algunos de más de veinticinco toneladas de peso), dispuestas
    de acuerdo con esquemas geométricos regulares, hallados en muchas
    partes del mundo.

    Algunos de esos círculos de piedras fueron
    erigidos de modo que señalasen la salida y la puesta del Sol y de la
    Luna en momentos específicos del año; señalan especialmente las ocho
    posiciones extremas de la Luna en sus cambios de declinación del ciclo
    de veintiún días que media entre una luna llena y la siguiente.

    Varios
    de estos observatorios se han preservado hasta la actualidad siendo los
    más famosos los de Stonehenge en Inglaterra y Carnac en Francia.

    Stonehenge
    ha sido uno de los más extensamente estudiados. Se construyó en varias
    fases entre los años 2200 y 1600 a.C. Su utilización como instrumento
    astronómico permitió al hombre del megalítico realizar un calendario
    bastante preciso y predecir eventos celestes como eclipses lunares y
    solares.

    Stonehenge fue erigido a 51º de latitud norte y se tuvo
    en cuenta el hecho de que el ángulo existente entre el punto de salida
    del Sol en el solsticio de verano y el punto más meridional de salida de
    la Luna es un ángulo recto.

    El círculo de piedras, que se
    dividía en 56 segmentos, podía utilizarse para determinar la posición de
    la Luna en el transcurso del año. Y también para averiguar las fechas
    de los solsticios de verano e invierno y para predecir los eclipses
    solares.

    Los círculos de piedras le dieron al hombre del
    megalítico en Europa un calendario bastante seguro, requisito esencial
    para su asentamiento en comunidades organizadas agrícolas tras el último
    periodo glacial, unos diez mil años antes de Cristo.

    Pero,
    aunque el europeo primitivo aprendió a servirse del firmamento para
    regular su vida, siguió adorando los astros, considerados como
    residencia o incluso como manifestación de poderosos dioses que lo
    controlaban todo.

    5. Astronomía azteca

    La
    civilización azteca surgió a partir del siglo X. Su máximo esplendor lo
    obtuvo entre los siglos XIV al XVI. Los aztecas no solo desarrollaron
    la astronomía y el calendario, sino que estudiaron y desarrollaron la
    meteorología, como una consecuencia lógica de la aplicación de sus
    conocimientos para facilitar sus labores agrícolas.

    La
    representación del cielo (masculino) y Tierra (femenino) estaban
    determinados por Ometecuhtli y Omecíhuatl, respectivamente. Las eras en
    la cosmología azteca están definidas por soles, cuyo final estaba
    marcado por cataclismos.

    El primer Sol, Nahui-Oceloti (Jaguar)
    era un mundo poblado por gigantes, que fue destruido por jaguares. El
    segundo Sol, Nahui-Ehécati (Viento) fue destruido por un huracán. El
    tercer Sol, Nahuiquiahuitl, por una lluvia de fuego. El cuarto Sol,
    Nahui-Ati (agua) fue destruido por un diluvio. Y el quinto, Nahui-Ollin
    (movimiento) está destinado a desaparecer por movimientos de la Tierra.

    El
    calendario azteca, o Piedra del Sol, es el monolito más antiguo que se
    conserva de la cultura prehispánica. Se cree que fue esculpido alrededor
    del año 1479. Se trata de un monolito circular con cuatro círculos
    concéntricos. En el centro se distingue el rostro de Tonatiuh (Dios
    Sol), adornado con Jade y sosteniendo un cuchillo en la boca. Los cuatro
    soles o eras anteriores, se encuentran representados por figuras de
    forma cuadrada que flanquean al quinto sol, en el centro. El círculo
    exterior está formado por veinte áreas que representan los días de cada
    uno de los dieciocho meses que constaba el calendario azteca.

    Para completar los 365 días del año solar, los aztecas incorporaban cinco días aciagos o nemontemi.

    Para
    los aztecas, la sucesión del día y la noche se explicaba por las
    constantes luchas entre los astros principales. Dado que durante el día
    es muy difícil observar la Luna e imposible a las estrellas, los aztecas
    interpretaban que el sol naciente (Huitzilopochtli) mataba a la Luna
    (Coyolxauhqui) y a las estrellas.

    Para los aztecas, la astronomía
    era muy importante, ya que formaba parte de la religión. Construyeron
    observatorios que les permitieron realizar observaciones muy precisas,
    hasta el punto que midieron con gran exactitud las revoluciones
    sinódicas del Sol, la Luna y los planetas Venus y Marte.

    Al igual
    que casi todos los pueblos antiguos, los aztecas agruparon las
    estrellas brillantes en asociaciones aparentes (constelaciones). Los
    cometas fueron denominados "las estrellas que humean".


    6. La astronomía en la antigüedad


    La
    curiosidad humana con respecto al día y la noche, al Sol, la Luna y las
    estrellas, llevó a los hombres primitivos a la conclusión de que los
    cuerpos celestes parecen moverse de forma regular. La primera utilidad
    de esta observación fue, por lo tanto, definir el tiempo y orientarse.

    La
    astronomía solucionó los problemas inmediatos de las primeras
    civilizaciones: la necesidad de establecer con precisión las épocas
    adecuadas para sembrar y recoger las cosechas y para las celebraciones, y
    la de orientarse en los desplazamientos y viajes.

    Para los
    pueblos primitivos el cielo mostraba una conducta muy regular. El Sol
    que separaba el día de la noche salía todas las mañanas desde una
    dirección, el Este, se movía uniformemente durante el día y se ponía en
    la dirección opuesta, el Oeste. Por la noche se podían ver miles de
    estrellas que seguían una trayectoria similar.

    En las zonas
    templadas, comprobaron que el día y la noche no duraban lo mismo durante
    el año. En los días largos, el Sol salía más al Norte y ascendía más
    alto en el cielo al mediodía. En los días con noches más largas el Sol
    salía más al Sur y no ascendía tanto.

    Pronto, el conocimiento de
    los movimientos cíclicos del Sol, la Luna y las estrellas mostraron su
    utilidad para la predicción de fenómenos como el ciclo de las
    estaciones, de cuyo conocimiento dependía la supervivencia de cualquier
    grupo humano.

    Cuando la actividad principal fue la caza, era
    trascendental predecir el instante en que se producía la migración
    estacional de los animales que les servían de alimento y,
    posteriormente, cuando nacieron las primeras comunidades agrícolas, era
    fundamental conocer el momento oportuno para sembrar y recoger las
    cosechas.

    La alternancia del día y la noche debe haber sido un
    hecho explicado de manera obvia desde un principio por la presencia o
    ausencia del Sol en el cielo y el día fue seguramente la primera unidad
    de tiempo universalmente utilizada.

    Debió ser importante también
    desde un principio el hecho de que la calidad de la luz nocturna
    dependiera de la fase de la Luna, y el ciclo de veintinueve a treinta
    días ofrece una manera cómoda de medir el tiempo. De esta forma los
    calendarios primitivos casi siempre se basaban en el ciclo de las fases
    de la Luna. En cuanto a las estrellas, para cualquier observador debió
    ser obvio que las estrellas son puntos brillantes que conservan un
    esquema fijo noche tras noche.

    Los primitivos, naturalmente,
    creían que las estrellas estaban fijas en una especie de bóveda sobre la
    Tierra. Pero el Sol y la Luna no deberían estar incluidos en ella.

    Del
    Megalítico se conservan grabados en piedra de las figuras de ciertas
    constelaciones: la Osa Mayor, la Osa Menor y las Pléyades. En ellos cada
    estrella está representada por un alvéolo circular excavado en la
    piedra.

    Del final del Neolítico nos han llegado menhires y
    alineamientos de piedras, la mayor parte de ellos orientados hacia el
    sol naciente, aunque no de manera exacta sino siempre con una desviación
    de algunos grados hacia la derecha. Este hecho hace suponer que
    suponían fija la estrella Polar e ignoraban la precesión de los
    equinoccios.


    7. Astronomía de los incas

    En
    América del Sur, en los Andes centrales, culturas preincaicas
    realizaron obras como las Líneas de Nazca, o la Puerta del Sol en
    Tiahuanaco. En realidad, aún es mucho lo que falta por investigar en
    este aspecto y en la actualidad científicos de diferentes partes del
    mundo han vuelto a mirar a América, porque sin duda, a pesar del saqueo
    realizado por los conquistadores europeos, se pueden descubrir muchas
    cosas más.

    Sin duda alguna, los Incas es el imperio más
    representativo de América del Sur. Es precisamente en Cuzco, en donde
    muchos investigadores han encontrado documentos de colonizadores
    españoles que describen el Templo del Sol, del cual irradiaban cuarenta y
    un ejes llamados ceques, cuya disposición implicaba lineamientos
    geománticos o astronómicos, que definían el valle en 328 huacas las
    cuales cumplían funciones rituales y políticas.

    Los Incas
    conocían la revolución sinódica del los planetas. Construyeron un
    calendario Lunar para las fiestas religiosas y uno solar para la
    agricultura. Utilizaron elementos como mojones alrededor de los pueblos
    para realizar astronomía visual (solo por observación directa). Los
    Chibchas conocían la constelación de Orión y reconocían la relación
    entre la salida heliacal de Sirio con el comienzo de la temporada de
    lluvias.

    El calendario consistía en un año solar de 365 días,
    repartidos en doce meses de treinta días y con cinco días intercalados.
    Se sabe que el calendario era determinado observando al Sol y a la Luna.
    Para fijar las fechas exactas del año y meses, Pachacútec dispuso la
    edificación de doce torres o pilares localizados al Este de la llacta
    del Cusco, llamados sucangas.

    Los Incas daban mucha importancia a
    las constelaciones y estaban muy interesados en la medición del tiempo
    para fines agrícolas. Poseían sus propias constelaciones entre las
    cuales, se destacan la Cruz del Sur y el Centauro. Para ellos las Vía
    Láctea era oscurecida por sacos de carbón. La Astronomía jugó un papel
    muy importante para la construcción de sus ciudades.


    8. Astronomía en Roma

    El
    imperio Romano, tanto en sus épocas paganas como cristiana, dio poco o
    ningún impulso al estudio de las ciencias. Roma era una sociedad
    práctica que respetaba la técnica pero consideraba la ciencia tan poco
    útil como la pintura y la poesía.

    Los conocimientos astronómicos
    durante este período son los que ya se conocían en época helena; es
    decir, algunas teorías geocéntricas (Aristóteles) y la existencia de los
    planetas visibles a simple vista Venus, Marte, Júpiter y Saturno, con
    especial mención a nuestro satélite natural, la Luna conocida desde
    siempre y considerada como un Dios.

    No podemos dejar de mencionar
    al filósofo romano Lucrecio, del siglo I a.C., y su famosa obra "De
    Rerum Natura", en la que encontramos una concepción del Universo muy
    cercana a la moderna, en algunos sentidos, y extrañamente retrógrada, en
    otros.

    Según Lucrecio, la materia estaba constituida de átomos
    imperecederos. Éstos se encuentran eternamente en movimiento, se unen y
    se separan constantemente, formando y deshaciendo tierras y soles, en
    una sucesión sin fin.

    Nuestro mundo es sólo uno entre un infinito
    de mundos coexistentes; la Tierra fue creada por la unión casual de
    innumerables átomos y no está lejano su fin, cuando los átomos que la
    forman se disgreguen.

    Pero Lucrecio no podía aceptar que la
    Tierra fuera redonda. En realidad, cuando Lucrecio hablaba de un número
    infinito de mundos se refería a sistemas semejantes a los que creía era
    el nuestro: una tierra plana contenida en una esfera celeste. Pero
    indudablemente, a pesar de sus desaciertos, la visión cósmica de
    Lucrecio no deja de ser curiosamente profética.

    Se cree que los
    cristianos fanáticos destruyeron la Biblioteca de Alejandría en donde se
    concentraba el saber de la humanidad hasta ese momento, la academia de
    Platón fue cerrada, el Serapetum de Alejandría, centro del saber, fue
    destruido y fueron asesinados muchos de los sabios que se encontraban en
    sus campos.

    Los estudiosos huyeron de Alejandría y Roma hacia
    Bizancio y la ciencia tuvo una nueva etapa de desarrollo en el ámbito
    del Islam.


    9. Cosmogonía budista

    La
    Cosmología Budista es la descripción de la forma y evolución del
    universo de acuerdo con los escritos y comentarios canónicos Budistas.
    No es solamente la forma de múltiples mundos o esferas en un espacio,
    sino su evolución en el tiempo.

    La visión del mundo presentada en
    las descripciones de la cosmología budista no se debe interpretar como
    una descripción literal del universo.

    Es inconsistente, y no se
    puede hacer consistente, con la información astronómica que era ya
    conocida en la antigua India. Sin embargo, no es la intención de ser una
    descripción de como los humanos ordinarios perciben su mundo; más bien,
    es el universo como es visto a través del "Ojo Divino", por el cual un
    Buda o Arhat que ha cultivado esta facultad puede percibir todos los
    demás mundos y seres naciendo y muriendo dentro de estos, y saber sus
    renacimientos pasados y futuros. Esta cosmología también ha sido
    interpretada de manera simbólica o alegórica.

    La Cosmología
    Budista puede ser dividida en dos clases relacionadas: cosmología
    espacial, que describe la organización de los distintos mundos dentro
    del universo, y cosmología temporal, que describe los ciclos de estos
    mundos empezando y terminando su existencia.


    10. Cosmogonía judeo-cristiana

    En
    la cosmogonía judeo-cristiana, el origen del mundo está presente en el
    Génesis (el primer libro de la Biblia), que relata cómo Yahvé empezó a
    crear el mundo «en un principio». En el texto original no aparece
    mención explícita a un proceso de creación partiendo de la nada. La
    creación es un proceso que tiene lugar por separación: la tierra de los
    cielos, la tierra de las aguas, la luz de la oscuridad. Es decir, se
    procede por separación de componentes partiendo del caos primigenio.

    Génesis (Capítulo 1):

    1:1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
    1:2
    Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre
    la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las
    aguas.
    1:3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.
    1:4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.
    1:5 Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.
    1:6 Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.
    1:7
    E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la
    expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.
    1:8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.
    1:9 Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.
    1:10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.
    1:11
    Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé
    semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla
    esté en él, sobre la tierra. Y fue así.
    1:12 Produjo, pues, la
    tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol
    que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que
    era bueno.
    1:13 Y fue la tarde y la mañana el día tercero.
    1:14
    Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para
    separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones,
    para días y años,
    1:15 y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.
    1:16
    E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que
    señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche;
    hizo también las estrellas.
    1:17 Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,
    1:18 y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.
    1:19 Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.
    1:20 Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.
    1:21
    Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se
    mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según
    su especie. Y vio Dios que era bueno.
    1:22 Y Dios los bendijo,
    diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y
    multiplíquense las aves en la tierra.
    1:23 Y fue la tarde y la mañana el día quinto.
    1:24
    Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género,
    bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue
    así.
    1:25 E hizo Dios animales de la tierra según su género, y
    ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra
    según su especie. Y vio Dios que era bueno.
    1:26 Entonces dijo Dios:
    Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y
    señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias,
    en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.
    1:27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
    1:28
    Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la
    tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de
    los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.
    1:29
    Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que
    está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da
    semilla; os serán para comer.
    1:30 Y a toda bestia de la tierra, y a
    todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la
    tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue
    así.
    1:31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.


    11. Astronomía en China

    Sabemos
    poco de la astronomía en la antigua China. Sin embargo, se sabe que es
    más antigua que la astronomía occidental y que, por estar tan alejada de
    ella, tuvo un desarrollo totalmente independiente.

    Los chinos
    consideraban al universo como una naranja que colgaba de la estrella
    polar ubicando sus 284 constelaciones en 28 segmentos o casas en que
    dividían el universo. La antigua astronomía estelar china difiere mucho
    de la babilónica y de la occidental. El ecuador celeste se dividía en 28
    «casas» y el número de constelaciones ascendía al final a 284.

    La
    concepción del Universo en la China antigua se encuentra expuesta en el
    Chou pi suan ching, un tratado escrito alrededor del siglo IV a.C.

    Según
    la teoría del Kai t'ien (que significa: el cielo como cubierta), el
    cielo y la Tierra son planos y se encuentran separados por una distancia
    de 80.000 li —un li equivale aproximadamente a medio kilómetro—. El
    Sol, cuyo diámetro es de 1.250 li, se mueve circularmente en el plano
    del cielo; cuando se encuentra encima de China es de día, y cuando se
    aleja se hace noche.

    Posteriormente, se tuvo que modificar el
    modelo para explicar el paso del Sol por el horizonte; según la nueva
    versión del Kai t'ien, el cielo y la Tierra son semiesferas
    concéntricas, siendo el radio de la semiesfera terrestre de 60.000 li.

    El
    texto no explica cómo se obtuvieron las distancias mencionadas; al
    parecer, el modelo fue diseñado principalmente para calcular, con un
    poco de geometría, la latitud de un lugar a partir de la posición del
    Sol.

    El Kai t'ien era demasiado complicado para cálculos
    prácticos y cayó en desuso con el paso del tiempo. Alrededor del siglo
    II d.C., se empezó a utilizar la esfera armilar como un modelo mecánico
    de la Tierra y el cielo.

    Al mismo tiempo surgió una nueva
    concepción del Universo: la teoría del hun t'ien (cielo envolvente),
    según la cual: "... el cielo es como un huevo de gallina, tan redondo
    como una bala de ballesta; la Tierra es como la yema del huevo, se
    encuentra sola en el centro. El cielo es grande, y la Tierra, pequeña."

    Además, se asignó el valor de 1.071.000 li a la circunferencia de la esfera celeste, pero el texto no explica cómo fue medida.

    Posteriormente,
    las teorías cosmogónicas en China girarán alrededor de la idea de que
    el Universo estaba formado por dos sustancias: el yang y el yin,
    asociados al movimiento y al reposo, respectivamente.

    De acuerdo
    con la escuela neoconfucionista, representada principalmente por Chu Hsi
    en el siglo XII, el yang y el yin se encontraban mezclados antes de que
    se formara el mundo, pero fueron separados por la rotación del
    Universo.

    El yang móvil fue arrojado a la periferia y formó el
    cielo, mientras que el yin inerte se quedó en el centro y formó la
    Tierra; los elementos intermedios, como los seres vivos y los planetas,
    guardaron proporciones variables de yang y yin.

    Al igual que en
    Babilonia, el antiguo calendario chino de principios del siglo II a. C.
    es un año lunisolar, con ciclos bisiestos de diecinueve años. La obra
    "Calendario de tres ciclos", aparecida hacia el principio de nuestra era
    y cuyo autor es Liu Hsin, describe la historia de la astronomía china
    desde el tercer milenio.

    Los astrónomos de la corte imperial
    china observaron fenómenos celestes extraordinarios cuya descripción ha
    llegado en muchos casos hasta nuestros días. Estas crónicas son para el
    investigador una fuente valiosísima porque permiten comprobar la
    aparición de nuevas estrellas, cometas, etc. También los eclipses se
    controlaban de esta manera.

    Por el contrario, el estudio de los
    planetas y de la Luna no estuvo hasta el siglo I a. C. en condiciones de
    proporcionar predicciones suficientemente exactas de los fenómenos
    celestes.

    Se cuenta la historia de los desdichados astrónomos de
    la corte, Hsi y Ho, éstos fueron ejecutados por haber puesto en peligro
    la seguridad del mundo, al dejar de predecir un eclipse de Sol.


    12. Astronomía en Babilonia

    El
    mito babilónico de la creación es el más antiguo que ha llegado a
    nuestros días. El Enuma elis (Cuando arriba), escrito quince siglos
    antes de la era cristiana, relata el nacimiento del mundo a partir de un
    caos primordial.

    En el principio, cuenta el mito, estaban
    mezcladas el agua del mar, el agua de los ríos y la niebla, cada una
    personificada por tres dioses: la madre Ti'amat, el padre Apsu y el
    sirviente (¿?) Mummu.

    El agua del mar y el agua de los ríos
    engendraron a Lahmu y Lahamu, dioses que representaban el sedimento, y
    éstos engendraron a Anshar y Kishar, los dos horizontes —entendidos como
    el límite del cielo y el límite de la Tierra—.

    En aquellos
    tiempos, el cielo y la Tierra estaban unidos; según la versión más
    antigua del mito, el dios de los vientos separó el cielo de la Tierra;
    en la versión más elaborada, esa hazaña le correspondió a Marduk, dios
    principal de los babilonios.

    Marduk se enfrentó a Ti'amat, diosa
    del mar, la mató, cortó su cuerpo en dos y, separando las dos partes,
    construyó el cielo y la Tierra. Posteriormente, creó el Sol, la Luna y
    las estrellas, que colocó en el cielo.

    Así, para los babilonios,
    el mundo era una especie de bolsa llena de aire, cuyo piso era la
    Tierra, y el techo, la bóveda celeste. Arriba y abajo se encontraban las
    aguas primordiales, que a veces se filtraban, produciendo la lluvia y
    los ríos.

    Como todos los mitos, la cosmogonía babilonia estaba
    basada en fenómenos naturales que fueron extrapolados a dimensiones
    fabulosas: Mesopotamia se encuentra entre los ríos Tigris y Éufrates,
    que desembocan en el golfo Pérsico; allí depositan su sedimento, de modo
    tal que la tierra gana lentamente espacio al mar. Seguramente fue ese
    hecho el que sugirió a los babilonios la creación de la tierra firme a
    partir de las aguas primordiales.

    Los babilonios estudiaron los
    movimientos del Sol y de la Luna para perfeccionar su calendario. Solían
    designar como comienzo de cada mes el día siguiente a la luna nueva,
    cuando aparece el primer cuarto lunar. Al principio este día se
    determinaba mediante la observación, pero después los babilonios
    trataron de calcularlo anticipadamente.

    Las primeras actividades
    astronómicas que se conocen de los babilonios datan del siglo VIII a.C.
    Se conoce que midieron con precisión el mes y la revolución de los
    planetas.

    La observación más antigua de un eclipse solar procede
    también de los babilonios y se remonta al 15 de junio del 763 a.C. Los
    babilonios calcularon la periodicidad de los eclipses, describiendo el
    ciclo de Saros, el cual aun hoy se utiliza. Construyeron un calendario
    lunar y dividieron el día en venticuatro horas. Finalmente nos legaron
    muchas de las descripciones y nombres de las constelaciones.

    Hacia
    el 400 a.C. comprobaron que los movimientos aparentes del Sol y la Luna
    de Oeste a Este alrededor del zodíaco no tienen una velocidad
    constante. Parece que estos cuerpos se mueven con velocidad creciente
    durante la primera mitad de cada revolución hasta un máximo absoluto y
    entonces su velocidad disminuye hasta el mínimo originario.

    Los
    babilonios intentaron representar este ciclo aritméticamente dando por
    ejemplo a la Luna una velocidad fija para su movimiento durante la mitad
    de su ciclo y una velocidad fija diferente para la otra mitad.

    Perfeccionaron
    además el método matemático representando la velocidad de la Luna como
    un factor que aumenta linealmente del mínimo al máximo durante la mitad
    de su revolución y entonces desciende al mínimo al final del ciclo. Con
    estos cálculos los astrónomos babilonios podían predecir la luna nueva y
    el día en que comenzaría el nuevo mes. Como consecuencia, conocían las
    posiciones de la Luna y del Sol todos los días del mes.

    De forma
    parecida calculaban las posiciones planetarias, tanto en su movimiento
    hacia el Este como en su movimiento retrógrado. Los arqueólogos han
    desenterrado tablillas cuneiformes que muestran estos cálculos. Algunas
    de estas tablillas, que tienen su origen en las ciudades de Babilonia y
    Uruk, a las orillas del río Éufrates, llevan el nombre de Naburiannu
    (hacia 491 a.C.) o Kidinnu (hacia 379 a.C.), astrólogos que debieron ser
    los inventores de los sistemas de cálculo.


    13. Astronomía Visigoda

    San
    Isidoro de Sevilla (560-636) escribió un tratado científico titulado
    "De rerum natura" (Sobre la naturaleza), a inicios del siglo VII, a
    petición del rey Sisebuto, que reinó en la Hispania visigoda entre los
    años 612 y 621.

    Seguramente Sisebuto no tuvo que insistirle
    demasiado al obispo sevillano para que escribiera este tratado, ya que
    Isidoro nunca había hecho ascos al estudio de algunas cuestiones
    científicas, es más, en algunos de sus libros anteriores ya había dejado
    caer algunas nociones que indicaban sus conocimientos sobre el mundo
    natural.

    Como es normal, y a diferencia de los clásicos, como
    Lucrecio (de cuya obra más famosa copia el título), la obra de Isidoro
    está llena de referencias cristianas, y está adaptada a la concepción
    teológica del autor.

    Este libro, que pronto fue conocido en toda
    Europa, trataba de sintetizar el conocimiento científico en su tiempo, y
    abarcaba diversas materias, con un especial hincapié en la divulgación
    de la astronomía.

    El propio rey Sisebuto, en la respuesta a San
    Isidoro tras recibir el libro, trató de dar una explicación a los
    eclipses de Luna y de Sol. A partir de entonces, el libro de Isidoro y
    la carta de Sisebuto fueron conocidos de forma conjunta.

    Pese a
    que hay discusiones, en el caso de Sisebuto, su creencia en una tierra
    esférica, parece desprenderse de la lectura de su texto, ya que habla de
    umbra rotae (sombra redonda) y de globus.

    El proceso de un
    eclipse en su conjunto (un Sol que al girar ocasiona siempre una forma
    igual en la sombra que es cortada por la Luna) también implica una
    tierra en forma de esfera.

    Pese a su admiración al sabio
    hispalense, Sisebuto no siguió al pie de la letra sus teorías, y así su
    creencia en la luminosidad propia de las estrellas y de los planetas
    contradice a San Isidoro, que pensaba que éstas no tenían luz propia y
    que eran iluminadas por el Sol, al igual que lo era la Luna.


    14. Cosmogonía hindú

    En
    el Veda de los antiguos hindúes se encuentran varias versiones de la
    creación del mundo. La idea común en ellas es que el Universo nació de
    un estado primordial indefinible; después de pasar por varias etapas,
    habrá de morir cuando el tiempo llegue a su fin; entonces se iniciará un
    nuevo ciclo de creación, evolución y destrucción, y así sucesivamente.

    Según
    el Rig Veda, en el principio había el no-ser, del que surgió el ser al
    tomar conciencia de sí mismo: el demiurgo Prajapati, creador del cielo y
    la Tierra, el que separó la luz de las tinieblas y creó el primer
    hombre.

    En otro mito, el dios Visnu flotaba sobre las aguas
    primordiales, montado sobre la serpiente sin fin Ananta; de su ombligo
    brotó una flor de loto, del que nació Brahma para forjar el mundo.

    Según
    los mitos hindúes el Universo era una superposición de tres mundos: el
    cielo, el aire y la Tierra. La Tierra era plana y circular, y en su
    centro se encontraba el mítico monte Sumeru (probablemente identificado
    con el Himalaya), al sur del cual estaba la India, en un continente
    circular rodeado por el océano. El cielo tenía siete niveles y el
    séptimo era la morada de Brahma; otros siete niveles tenía el infierno,
    debajo de la Tierra.

    A raíz de la conquista de la India por
    Alejandro Magno en el siglo IV a.C., las ideas cosmológicas de los
    hindúes fueron modificadas sustancialmente.

    Así, en los libros
    llamados Siddharta, se afirma que la Tierra es esférica y no está
    sostenida en el espacio, y que el Sol y los planetas giran alrededor de
    ella. Como dato curioso, se menciona a un tal Aryabhata, quien en el
    siglo V d.C., sostuvo que las estrellas se encuentran fijas y la Tierra
    gira; desgraciadamente, el texto no da más detalles que los necesarios
    para refutar tan extraña teoría.


    15. Astronomía árabe

    Los
    árabes fueron quienes después de la decadencia de los estudios griegos y
    la entrada de occidente en una fase de oscurantismo durante los siglos X
    a XV, continuaron con las investigaciones en astronomía dejando un
    importante legado: tradujeron el "Almagesto" y catalogaron muchas
    estrellas con los nombres que se utilizan aun en la actualidad, como
    Aldebarán, Rigel y Deneb.

    Entre los astrónomos árabes mas
    destacados se encuentran Al Batani, Al Sufi y Al Farghani, una autoridad
    en el sistema solar que calculó que la distancia a Saturno era de 130
    millones de kilómetros (su distancia es diez veces mayor).

    Los
    omeyas, una de las tribus fronterizas árabes, que habían servido como
    soldados auxiliares romanos y se habían helenizado, constituyen la punta
    de lanza para la introducción de la actividad científica en el mundo
    árabe.

    En el año 700 los omeyas fundaron en Damasco un
    observatorio astronómico. En 773 Al-Mansur mandó traducir las obras
    astronómicas hindúes, los Siddhantas.

    En el año 829 Al-Mamúm
    fundó el observatorio astronómico de Bagdad, en donde se desarrollaron
    estudios sobre la oblicuidad de la Eclíptica. Por su parte, Al-Farghani
    confecciona, poco después, "El libro de reunión de las estrellas", un
    extraordinario catálogo con medidas muy precisas de las estrellas.

    Al-Battani,
    uno de los genios astronómicos de la época, trabajó en su observatorio
    Ar-Raqqa, a orillas del río Eufrates, para determinar y corregir las
    principales constantes astronómicas. Sus mediciones sobre la oblicuidad
    de la Eclíptica y Precesión de los Equinoccios, fueron más exactas que
    las de Claudio Ptolomeo.

    En 995 Al-Hakin fundó en la ciudad de El
    Cairo, la "Casa de la Ciencia" y, poco después, alrededor del año 1000,
    Ibn Yunis recopiló las observaciones astronómicas de los últimos
    doscientos años y publicó las "Tablas Hakenitas", llamadas así por su
    protector, Al-Hakin. Al mismo tiempo, Avicena o Ibn Sina elaboró su
    "Compendio del Almagesto" y un ensayo sobre "la inutilidad de la
    adivinación astrológica".

    En 1080 Azarquiel elaboró las "Tablas
    Toledanas", utilizadas durante más de un siglo para establecer el
    movimiento de los planetas.

    Los astrónomos árabes comenzaron a
    rechazar la concepción de los Epiciclos de Ptolomeo mucho antes del
    renacimiento en Europa, ya que según sus estudios, los planetas debían
    girar alrededor de un cuerpo central y no en torno a un punto. En esta
    concepción jugaron especial papel Averroes, Abúqueber y Alpetragio.

    En
    1262 Nasir al-Din al-Tusi (Mohammed Ibn Hassan), asistido con
    astrónomos chinos, culminó con éxito la construcción del observatorio de
    Maragheh. Modificó el modelo de Ptolomeo, realizando trazados de gran
    precisión de los movimientos de los planetas.

    http://listas.20minutos.es/lista/vision-de-la-creacion-y-el-universo-en-distintas-culturas-335360/


    Excelente yoga!!

    study

      Fecha y hora actual: Vie Dic 02, 2016 8:29 pm